Macro Matters

La emergencia turca

Tranquilos, que no se trata de que estén a las puertas de Viena y haya que llamar a la caballería polaca; tampoco nos referimos a su condición de economía emergente, pues entonces hablaríamos de la emersión de Turquía. No, no se trata de eso; hablamos más bien de la que podría ser una expresión común, sobre todo en las cancillerías occidentales y en las cúpulas de las corporaciones, por la crisis económica a la que se encaminan y que se sumará a los efectos de la guerra civil en Siria, aliado de su tradicional enemigo ruso.

Una huella histórica de conquista

Sin duda los turcos han dejado su huella en la Historia. Todo arrancó hacia el siglo VII cuando los Turcos Celestes crearon una base de poder en las proximidades del macizo de Altai, en el Asia profunda. Desde allí comienzan una carrera de conquista en dirección a Occidente, apoderándose de Persia con la dinastía selyúcida y su posterior reducción a la provincia de Anatolia con el sultanato de Rüm.

En una segunda etapa, la península de Anatolia, por su orografía, se convierte en la plaza fuerte ideal para que emerja un nuevo poder turco. Desde esa situación estratégica en la Ruta de la Seda (hoy para los oleoductos del Cáucaso) se construye el Imperio Turco, último Califato, que prácticamente absorbió y substituyó casi replicando (¿Recuperatio Imperii II?) la totalidad del Imperio Romano Oriental, su caballería incluso estuvo presente en la batalla de las Navas de Tolosa.  

Aliados de fortuna y legado sangriento

Su constante histórica de continuas alianzas recuerda a esos aparejos de fortuna, armados apresuradamente tras la rotura de la arboladura por la tormenta, que terminan llevándote a un naufragio. Aliados de Bizancio contra Persia, de los franceses contra el Imperio Español, de protestantes contra el papado, de británicos y franceses contra los rusos, de alemanes contra británicos, de la OTAN contra la URSS o de Israel contra Siria y, tras todas estas alianzas de necesidad y ambición, se ha terminado creando un poder en el Próximo Oriente que hoy solo trae malos presagios.

Esa larga historia de expansión y contracción, según su máquina de matar disponía de más o menos tropa, ha dado fruto en esta última etapa a una era nacionalista en que sus aliados le han perdonado, mirado hacia otro lado, lo que al nacionalismo le es natural: el genocidio, de griegos, de asirios, pero sobre todo el de los armenios, en el que se cuenta que en Esmirna los barcos no podían zarpar pues sus hélices se atascaban con el pelo de mujeres decapitadas.

Más allá de posibles exageraciones o no de sus víctimas dolientes, la permanente negación oficial de estos hechos, cuya denuncia allí es delictiva, o la justificación en fechas muy recientes de la expulsión de los griegos de sus sentamientos milenarios, junto con el silencio culposo y continuado de la comunidad internacional, hacen prever más violencia tan pronto se combinen su crisis económica, su explosión demográfica y el fin del kemalismo, en el que trabaja el actual gobierno.

El temor a la expansión turca no viene solo de vecinos más próximos en Europa, vaciados por el suicido demográfico y con una OTAN que no les frenó en Chipre o en sus amenazas a los griegos, o de algunos analistas de Occidente, si no que también está presente en los países árabes, que recuerdan muy bien como les sometieron en el pasado y como hoy, en su nacionalismo, maltratan a sus hermanos suníes kurdos mientras ven, en sus coqueteos con Irán (chiitas), el preludio de una alianza contra el sur.   

En 1945 Turquía tenía una población equivalente a la de España en 1905, hoy casi nos doblan y el cómo reaccionaran ante la imposibilidad de la UE y nuestros aliados a integrar esa realidad es una incógnita con mal final, no digamos si se produce un descalabro económico serio.

Sus desequilibrios económicos

Tras un proceso de estabilización, su economía ha tomado un rumbo que recuerda demasiado al español en los previos del estallido de la burbuja inmobiliaria. La deuda pública es baja (línea negra siguiente gráfica), cercana al 35% del PIB, su déficit público linda el 2% del PIB y su déficit en comercio exterior por cuenta corriente está cercano a un alarmante 7% del PIB (línea roja).           

Adicionalmente, aunque han conseguido dejar atrás la etapa de alta inflación y estar hoy en el entorno del 8% anual (línea azul, siguiente gráfica), el paro oficial es alto (línea roja), próximo al 10% y enfrentarán, como todos, un período largo de bajo crecimiento una vez superen la crisis cambiaria que les espera.

El gobierno turco ha intentado en los últimos años mantener una paridad estable de la Lira turca respecto al dólar en una banda ancha, entre 1,15 y 1,65, que se rompió en 2.011, de la que progresivas devaluaciones  (¿con un patrón de 0,4?) hasta que alcancen un nuevo equilibrio en sus transacciones exteriores. Esta situación cambiaria, como las que analizamos aquí sobre Brasil o sobre México, aunque en distinto grado, no tienen nada que ver con una guerra de divisas de la que tanto ha dado por hablar y que son un fenómeno completamente distinto. 

Los países con una demografía pujante, o aquellos donde emerge una amplia clase media, son siempre sitios de interés para los negocios y la exportación, así como un buen complemento para países como el nuestro que viven el proceso contrario, pero en ellos siempre ha de contemplarse su salud cambiaria. En el caso turco, el margen antes de la devaluación es bastante justo, ya que sus casi 118.000 millones de dólares de reservas internacionales, de las cuales 18.000 millones son en oro, resultan claramente escasas para su actual déficit por cuenta corriente superior a los 60.000 millones de dólares al año.

Más allá de los riesgos geopolíticos comentados y de si, tras la próxima crisis económica, Turquía abandonará su nominal condición de república parlamentaria, constitucional y su Estado laico, social y de derecho, que tanto agrada a nuestra izquierda caviar con sus pasiones turcas, lo que está claro es que demasiadas de las inversiones directas y compromisos geopolíticos allí son más que cuestionables y uno no puede dejar de preguntarse si alguna vez hubo racionalidad en esas decisiones.


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