Macro Matters

Putin en el laberinto ruso

Rusia, la octava economía del mundo en términos nominales y sexta en términos de paridad de poder de compra, con sus 17 millones de kilómetros cuadrados y las riquezas naturales que eso implica, que representa una superficie casi 34 veces la del territorio español y sus poco más de 140 millones de habitantes, es un factor principal de la política y la economía mundial. Tratar su caso a fondo sería una tarea equivalente a sus dimensiones, así que hoy nos limitaremos a centrarnos en su presidente y las dificultades que afronta, dejando el análisis macro de la Federación Rusa para la semana que viene, esperando que ambos artículos sean también de utilidad a quienes deseen hacer negocios allí.

Antecedentes

Tras el colapso económico y desintegración de la URSS, sucesora del Imperio Ruso, surge la Rusia independiente, antiguo corazón y motor de ambos. La caída de la URSS fue una liberación vital inigualable para sus ciudadanos pero también, para muchos, sigue siendo un verdadero cataclismo económico; para Rusia fue una forma relativamente pacífica de desprenderse de unas cargas que se le hicieron insoportables, quedando libre para desarrollar su proyección global desde sí y para sí.

Una transición de pesadilla

Ese camino comienza después de la desintegración de la URSS y del COMECON tras destruirse un área económica totalitaria con planificación centralizada desde Moscú que, con sus inmensos defectos, era un área de intercambio reglada básica para el sustento de sus pueblos; de aquello quedó una organización de transición llamada Comunidad de Estados Independientes o CEI que, en palabras de Putin, sirvió para un “divorcio civilizado” de la poligámica URSS.

La ruptura de la URSS y de su unión económica y monetaria a la soviética, con un Estado, una lengua, una política fiscal común, etc., es decir, casi todo lo que sueñan nuestros comisarios (¡!) mesiánicos de Bruselas, tuvo unos fines económicos, políticos y geoestratégicos del todo absurdos. Aunque nuestra situación económica es incomparablemente mejor, esa experiencia histórica ya debería haber detenido la madeja que nos lían desde la UE y que es una continua fuente de distracción en la solución de nuestros problemas internos.

La hiperinflación rusa

La caída del mesianismo comunista y su tremenda convulsión produjo tal desajuste general que la hiperinflación se hizo presente y, tras destruir el poder adquisitivo y los ahorros de la población, en particular de los jubilados, empleados públicos, desempleados y subempleados, su control no evitó la suspensión de pagos estatal de 1998 llegando incluso a afectar la estabilidad económica mundial.

Tras la crisis de 1998 vino un periodo de alza en los precios de las materias primas que, junto con el aumento de la inversión extranjera, ha iniciado una etapa de mejora económica y modernización del país que sólo está en sus comienzos. Hoy, la inflación oficial en Rusia está próxima al 6% y esperemos que tengan éxito en estabilizarla aunque, como veremos la semana que viene, no lo tienen fácil por toda una serie de razones estructurales e institucionales. 

Un laberinto burocrático de dimensión continental

Ese inmenso territorio tiene unas 160 etnias y unos 100 idiomas -no inventos nacionalistas como aquí- y está dividido en 83 sujetos federales, 21 de los cuales son repúblicas, 46 son provincias y el resto otras formas federadas; a eso habría que añadir estados títere y compromisos estratégicos heredados de la URSS, tras cuyo colapso, fue tal el descontrol y el 'sálvese quien pueda', que el Gobierno casi centró los escasos recursos en asegurar el control y la operatividad del armamento nuclear estratégico, última línea de defensa de la unidad territorial; tiempos terribles de emigración desesperada y frecuentes accidentes aéreos.

Esos problemas aún persisten parcialmente y una muestra de ello nos la da el profesor Moisés Naim en este vídeo (min. 1:36), que ilustra cómo la corrupción obliga a los ciudadanos de algunos territorios a llevar cámaras de vídeo a fin de protegerse de sus políticos y de la Policía, gracias a lo cual pudimos ver la caída de un meteorito.

¿Habrá Era Putin?

Usamos en término “era” en el sentido de ciclo generacional de Howe y Strauss; en cada uno de esos ciclos se establece un orden social que determina la vida en el país y que en Rusia, hoy, lo construye Putin. Rusia, como Turquía, tiende a cambiar de era generacional antes que Europa Occidental. Esto tiene su interés, porque Putin (1952), como Merkel (1954) que vino del Este, comparten arquetipo generacional y son muy distintos de, por ejemplo, los occidentales Barroso (1956), Hollande (1954) o Rajoy (1955) que responden al arquetipo generacional anterior no son de lo mejor de esa cohorte.

Vladímir Vladímirovich Putin es un nacionalista ruso, presidente del partido Rusia Unida (toda una señal), brillante abogado graduado con honores y antiguo operativo del KGB en la ciudad de Dresde, la misma que es símbolo del extremo al que se puede llegar al imponer la voluntad sobre el enemigo. El arquetipo generacional nómada es una cohorte de individuos preocupada por arreglar las cosas a base de pragmatismo según su moral y, desde que Putin tomó el poder en el 1998, ya se ve que prefiere ser temido a ser respetado (foto oficial) y ha sido implacable con sus adversarios (algunos casos hasta 2009, no incluye guerras) al dirimir la unidad rusa o la viabilidad de su proyecto.

Putin opta e impone una diarquía simulada, con una trampa a la limitación de mandatos típica de los viejos gobernadores felones de EE.UU. y unas elecciones semi-chavistas; a ese nivel está. Salvo que crea que es eterno, su labor, conseguida la modernización económica ya en marcha, debería ser impulsar una evolución natural desde el totalitarismo comunista a la oligarquía actual hasta llegar a la democracia, con separación de poderes y representatividad; sin ello, Rusia no aprovechará al máximo las grandes oportunidades que dará la economía de mercado en el próximo siglo. Lamentablemente, me temo que no hablamos de un déspota ilustrado que pase a la historia como Putin el grande.

¿Un cascarón vacío?

El pueblo ruso, como el resto de los europeos, ha estado siempre en los planes intervencionistas de intereses estratégicos de potencias y de todo tipo de partidos, grupos, ideologías, religiones, egoísmos, utopías alucinadas, sectas y mafias, que han seducido a las oligarquías locales y han dejado al continente rumbo a convertirse en un cascarón vacío y listo para la caída. Y en ello seguimos, con unas camarillas que creen que las complejidades del mundo moderno las pueden resolver cuatro listillos y a las que obviamente no les interesan poderes independientes, ya que pueden obtener contratos a dedo, leyes ad hoc y juicios amañados; como siempre, el pueblo pone los muertos y la ruina de esas ideas.

Me es muy difícil ser objetivo con el pueblo ruso, verdadero conquistador del Este, ya que probablemente sea uno de los más sufridos de Europa (enlace a unas bonitas y curiosas imágenes de hace cien años). En un siglo han padecido la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil Revolucionaria, el comunismo y sus genocidios, la Segunda Guerra Mundial con el genocidio de la ocupación nazi, el colapso de la Unión Soviética y, de siempre, un clima extremo que hace casi inhabitable y difícilmente aprovechable económicamente buena parte del territorio. El resultado de todo esto, aparte de responder a Tocqueville, ha sido una debacle demográfica (que anuncia incidentes como los de Bruselas) y que puede dejar Rusia a los pies de su verdadero rival estratégico a largo plazo: Turquía.

El gran juego

En otras ocasiones hemos tratado ese término de Arthur Conolly en Macro Matters y hoy, Rusia sigue dependiente de ese esquema, pero eso lo trataremos al hablar del Pacto de Shanghái. Dejaremos para la semana que viene su potencial de crecimiento y como mercado para la exportación, así como la estabilidad del rublo.


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