Macro Matters

¿Psicopatía inflacionaria alemana?

Existe la opinión general de que los alemanes siguen una línea dura en el Banco Central Europeo ya que, tras perder la Primera Guerra Mundial e imponerles unas desmesuradas reparaciones, se vieron obligados a realizar una política monetaria expansiva que produjo una hiperinflación, lo que a su vez levó al poder a Adolf Hitler, a la Segunda Guerra Mundial, al Holocausto, “60 millones de muertos”, la destrucción de Europa, y un largo etcétera.

Pues bien, hoy exploraremos otro de esos temas que se han quedado pendientes por la urgencia en nuestra crisis. Tiene su importancia no solo por lo dicho del BCE o por el peso de Alemania en UE, sino porque en el periodo entre guerras se vivieron situaciones similares a las actuales que conviene examinar y que nos sirven para calibrar la situación actual.

Las reparaciones de guerra

Uno de los temas que catapultó al economista Keynes a la fama fue su severa oposición a las reparaciones impuestas a Alemania y que plasmó en su libro Las consecuencias económicas de la paz, en 1919. ¿De verdad eran tan enormes aquellas reparaciones? Veámoslo:

Inicialmente se pedían el absurdo de 269.000 millones de marcos oro, luego bajaron a 130.000 millones, que posteriormente se quedaron en unos 50.000 millones efectivos, de los que terminaron pagando unos 19.000 millones de marcos oro según cálculos de Niall Ferguson. ¿Es eso mucho? Es muy probable que el Producto Interior Bruto o PIB de Alemania al terminar la guerra fuera cercano a esos 50.000 millones; aunque existe un vacío estadístico entre 1913 y 1925 producto de la misma guerra y de la hiperinflación posterior, sabemos que el PIB a precios de mercado de esos dos años fue de 45.693 millones y 59.978 millones de marcos respectivamente.

Cierto es que Alemania perdió territorios, colonias, y población, además de las bajas por la guerra, todo lo cual la hizo perder PIB, también hay que considerar que su potencia industrial, aumentada por el esfuerzo bélico, quedó casi intacta, pues los escenarios bélicos occidentales principales y la enorme destrucción consecuente se produjo sobre todo en Bélgica y Francia, donde todavía desactivan explosivos de la contienda.

Según las estimaciones actuales del PIB de entonces, es muy probable que las reparaciones efectivas exigidas terminaran siendo en torno al 100% del mismo, una deuda con una carga similar a la que hoy nos imponen nuestros malos gestores. A esa deuda de las reparaciones habría que agregar la que ya tuvieran y que en parte consumiría la hiperinflación. Lo cierto es que a partir de 1925, segundo año de un lustro próspero, las reparaciones no supusieron más del 9% de los ingresos públicos y no llegaron al 3% del PIB. Pensemos que España tiene hoy un déficit público cercano al 7% del PIB, así que, con posterioridad a 1924 no se puede hablar de un insufrible esfuerzo fiscal, cosa distinta es su financiación internacional.

Reparaciones y sector exterior

De nuevo, como en el caso anterior, no es fácil estimar al detalle el peso de las reparaciones en el financiamiento exterior y sus equilibrios; las estadísticas, salvo en el periodo mencionado, tienen sus dificultades pero si nos dan información suficiente para algunas conclusiones.

En 1924 las reparaciones se racionalizan con el Plan Dawes, pero aún así siguieron siendo un carga en términos de exportaciones, que al fin y al cabo debieron haber sido la fuente principal con la que haber pagado las mismas. En ese sentido, en el momento de mayor valor, 1928, fueron equivalentes a un 17,1% de la exportaciones de un país que tenía muy difícil mantener un superávit comercial. ¿Cómo las pagaron entonces? Pues con entradas de capital, principalmente americano, de inversores que adquirían activos alemanes, ya fuera por inversión directa, préstamos o depósitos; solo en 1929-1930, año del crack y comienzo de la Gran Depresión, las reparaciones superarían esas inversiones exteriores.

Podemos concluir que, desde el punto de vista del sector exterior, las reparaciones se podían pagar con una adecuada cadencia y distribución en el tiempo que permitiera a la economía alemana desarrollarse con cierta normalidad, algo que finalmente ocurrió cuando, tras el crack del 1929 y el Plan Young, el mismo presidente Edgar Hoover propuso en junio del 31 una moratoria por las excepcionales circunstancias de la crisis económica mundial.

No decimos que no les significara un esfuerzo importante, sin duda lo fue, como también lo fue salir adelante a las víctimas supervivientes de la guerra y sus familias, pero, a partir de 1925 está muy lejos del cliché según el cual se les puso una losa insoportable y que eso haga comprensible lo que ocurriera después.

La hiperinflación

Cuando en 1921 comenzaron los primeros pagos se empezó a emitir moneda de forma masiva a fin de “cumplir” con las desorbitadas obligaciones iniciales que les habían impuesto. Como aquello era un imposible, al final fueron a la suspensión de pagos en 1922, se produjo la ocupación del Ruhr en enero de 1923 y el pago forzado terminó desquiciando aún más la hiperinflación.

En una ocasión comentamos una conferencia del historiador Raymond A. Millen en Alemania, en el Colegio de Guerra del Ejército americano, en la que, con las carencias típicas, nos recordaba que la inteligencia alemana, a principios del siglo XX, había hecho una regresión lineal de sus necesidades de carbón y grano llegando a la conclusión de que, hacia 1918, tendrían que “adquirir” territorio en occidente y en Ucrania a fin de poder satisfacer las necesidades del Imperio. Pues bien, a las pérdidas de territorio que redujeron la oferta dichos productos se unió la ocupación del Ruhr, que agravó la oferta de carbón, con el que también pagaban las reparaciones (pág. 3 y 423). Además, al impulsar a los mineros a la huelga, el Gobierno tuvo que pagar sus salarios, agravándose su déficit y todo, junto con la expansión monetaria, llevó al desastre.

Un ejemplo ilustrativo

Para ver la escalada de los precios tomemos el caso de una commodity, el cuero, en el mercado mayorista de Fráncfort, que además está relacionada con la producción fabril y deriva de la producción de alimentos. Entre marzo de 1921 y junio de 1922, la hiperinflación de esa commodity era cercana a un 20% mensual; de ahí pasa a valores entre el 20% y 200% mensual y ya en septiembre de 1923 se llega al 4.185% mensual. No hay economía que pueda funcionar en semejante situación.

En noviembre del 23 crean el Rentenmark, quitan 12 ceros a los precios, la inflación volvió al rango 0,7-2,5% y, sorpresa (o no), hicieron una revaluación de ciertas deudas, como las hipotecarias, para compensar a los acreedores de la pérdida de valor. Obviamente, esas condiciones excepcionales hiperinflacionarias, hoy, ni por emisión de dinero y su transmisión a la economía, ni por escalada de precios, ni por restricciones de oferta en las commodities están presentes. Hemos visto casos menos severos de hiperinflaciones en Polonia, Rusia, Brasil, Turquía, Chile, Israel y Perú y esos riesgos tampoco los tenemos hoy, sino otros, como vimos.

Precisiones finales

Se han escrito ríos de tinta sobre este periodo y podríamos profundizar en infinidad de temas, como el de Keynes y la negociación de hienas del Tratado de Versalles, sobre si deben imponerse reparaciones de guerra y como nuestra sociedad gusta de perdonar criminales y menospreciar a sus víctimas, o sobre las causas de aquella guerra y si fue correcto que aún en 2010 siguieran pagando reparaciones, o las similitudes entre el aquel patrón monetario y el patrón euro, sobre expansión monetaria y despilfarro público, el efecto de las transferencias, o hacer más precisiones, etc., pero no podemos profundizar tanto en este blog.

Tampoco pretendemos hacer revisionismo histórico, ni mucho menos, pero cuando se es comprensivo con posiciones intransigentes en el BCE o en la UE, al menos pongámoslas en una perspectiva ajustada y busquemos las otras razones subyacentes; la semana que viene veremos como la crisis económica en que se aupó a Hitler al poder fue, en realidad, la deflación, más que la hiperinflación que tratamos hoy.


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