OPINIÓN

La distorsión emocional de la Navidad

Aunque el consumismo y las luces en la calle nos confundan, la razón de la Navidad gira en torno al nacimiento de Jesús y, para que no nos olvidemos de ello, los ayuntamientos exponen al niño en pañales en sus plazas y calles.

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Imagen Brigitte Tohm

Hubo una época en que el tiempo corría tan rápido como yo lo hacía de la clase al recreo. La esperanza puesta casi de forma inconsciente en el futuro, esa cosa tan lejana, me oxigenaba para los años que ansiaba acumular. Luego, el tiempo no siempre transcurre a la misma velocidad y su elasticidad se ve vulnerada en nuestra madurez: comenzamos a perder parte de nuestra nobleza al dedicarnos demasiado tiempo a pensar, y el paso de las horas se va espesando. Benjamin Franklin lo entendió cuando dijo que «una olla observada nunca rompe a hervir». Pero en realidad es una distorsión emocional, porque las manillas del reloj van siempre a la misma celeridad.

Cuando mi tiempo transcurría a mayor velocidad, los meses de septiembre y diciembre tenían un tinte especial. Octubre y noviembre, ya ves tú los insulsos, eran puro trámite entre los otros dos meses. Pero también el resto de meses del calendario. Hibernaba hasta llegar a septiembre y diciembre, que los entendía como principio o fin de algo. Ni siquiera enero o agosto tenían ese protagonismo en mi reloj cognitivo. Principalmente, por mi cumpleaños y la vuelta al colegio, y por el cumpleaños de mi madre y la vuelta a la Navidad, aparte de ser meses en los que embarrarnos de sentimientos e intenciones con los que creernos más buenas personas.

Me imagino que la tradición es una forma de ilusionarnos, pero en vez de como hace la esperanza con el futuro, ésta lo hace usando el pasado

Diciembre, en especial, era eco de los recuerdos de la infancia de mi madre. Le gratificaba ver que sus hijos disfrutaban mientras ella hacía una representación de su niñez. Yo entendía la tradición navideña como ella nos había enseñado. Sin árbol, ni coronas en la puerta de la entrada, pero con gambas en la mesa, panderetas, y musgo en el belén. Era el modo de que su pasado no muriera, ella lo renovaba a porciones cada 22 de diciembre. Me imagino que la tradición es una forma de ilusionarnos, pero en vez de como hace la esperanza con el futuro, ésta lo hace usando el pasado. 

Aunque el consumismo y las luces en la calle nos confundan, la razón de la Navidad gira en torno al nacimiento de Jesús y, para que no nos olvidemos de ello, los ayuntamientos exponen al niño en pañales en sus plazas y calles. El Ayuntamiento de Barcelona cedió la responsabilidad de cómo representar el Belén a un concurso, dejándolo en manos de la idea más creativa. Los oletenses Toti Toronell y Quim Domene fueron los ganadores y los artífices de la instalación. Para los que no hayáis podido ver aún el belén de Barcelona, se trata de nueve grandes bolas de cristal, a semejanza de esas de souvenir con nieve espolvoreada en su interior. Cada una de esas bolas se basa en una lectura de los octosílabos del poema navideño Ho sap tothom i és profecia (lo saben todos y es profecía), de Josep Vicenç Foix, un clásico de las letras catalanas.

Para evitar sustos de última hora, advertir que la extravagancia de los Reyes Magos no vendrá por sus vestidos sino por quienes los representa: el propio autor del poema, J.V. Foix, Pau Casals y Joan Miró, «los reyes de la cultura de los años cincuenta», como los ha denominado el Ayuntamiento.

Los autores de la obra artística lo definen como una mezcla de «la Navidad mágica, la religiosa y la tradicional»

Es inevitable, si ya han buscado alguna imagen para curiosear lo que les describo, sospecho qué pensarán: para ustedes, y para muchos que pasen estos días por la plaza Sant Jaume y vean esas esferas gigantes ahí en medio, solo lo relacionarán con fantasía y espectáculo, y no con Navidad que es… algo que nada tiene de fantasía y espectáculo. Con tanta creatividad, dirán ustedes, se van a cargar nuestros recuerdos de nuestras tradiciones y pasado. 

Hablando de la tradición y del pasado, me ha venido a la mente la película Amarcord (una deformación de ‘A m’acord’, que es la forma de pronunciar ‘Io mi ricordo’, es decir, ‘mis recuerdos’), que se presentaba como los recuerdos de infancia de su director, Federico Fellini, del que dicen que en este film se alejó de su querida Roma para volver a sus orígenes. Es una de las películas más entrañables del director italiano. Sin embargo, decía Fellini que sus películas no eran memoria de su vida, sino que él se inventó su vida para crear sus películas. «Me la he inventado adrede para la pantalla», decía. Hermosa manera de transfigurar el orden de las cosas tienen los artistas.

Si los disfrazan de payasos a los Reyes o el niño Jesús nos sale punk en el próximo belén debería ser lo de menos. La tradición, para muchos aborrecida, se sujeta con pinzas

No sé de cuántas mentiras y verdades está compuesta la Navidad. ¿Qué más dará eso ahora? Hace unos años que la Navidad me pasa muy lenta, demasiado parsimoniosa. Si los disfrazan de payasos a los Reyes o el niño Jesús nos sale punk en el próximo belén debería ser lo de menos. La tradición, para muchos aborrecida, se sujeta con pinzas. Si perdemos demasiado tiempo en esos debates absurdos la ilusión nunca romperá a hervir. Y qué quieren que les diga, para que el tiempo vuelva a pasar rápido prefiero que vayan inventando para crear la tradición, antes que quedarnos sin ella.


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