Libertad 2.0

El triunfo de la antipolítica

«Nación, Estado, familia, escuela, empresa, ejército, Iglesia, todo es materia a demoler» (Jean Sévillia)

En el mundo de los mitos en que vive inmersa la civilización occidental, pocos más dañinos que el culturalista del hombre nuevo, hijo de la nefasta revolución y objetivo a alcanzar por toda utopía que se precie. Y siempre con los consabidos resultados, que ahí tienen el pasado siglo XX, el siglo de los Estados Totalitarios y el Estado del Bienestar, que no deja de ser uno de ellos, pero, eso sí, enmascarado por la propaganda hasta el punto que la mal llamada política de hoy no es más que sentimentalización y márketing. Se trata de un totalitarismo nihilista que no se impone mediante el uso de la violencia, sino por la destrucción de la cultura, el modo de vida, convirtiendo las ocurrencias en creencias. Lo que Ayn Rand denominaba anticonceptos. La antipolítica típica de mayo del 68. De fondo, la sovietización de Europa, perfectamente apreciable en el arte. De Malevich a ARCO. El consenso socialdemócrata. 

Con el Estado como el gran enemigo a batir, aunque pocos lo perciben, dado que la mentalidad estatista de los españoles es absoluta. Tan es así que incluso son pocas las personas, también entre los liberales españoles, única voz discordante frente al consenso socialdemócrata, que diferencian Estado -una máquina artificial que impone su propia lógica, que tiene su propia ratio, la llamada razón de Estado- y gobierno -grupo de personas a las cuales les corresponde gobernar-. Cuando tal diferencia es básica a la hora de hablar de política. 

El Estado en España aparece tímidamente con Cánovas del Castillo y luego, ya con fuerza, con Francisco Franco, que es quien introduce eso del Estado Español que repiten con fruición los franquistas sociológicos

Política que, además, se sustituye por la economía, y ésta a su vez por las matemáticas, sin caer en la cuenta que el economicismo es otra característica de la socialdemocracia. Y eso que la tradición liberal española, frente a la europea, era antiestatista. Mises era estatista. Y es que en España, a diferencia de lo que sucedía en el resto de Europa, no había Estado-Nación, sino Imperio. La introducción en España de la idea de Estado-Nación, algo que nada tenía que ver con la Monarquía Hispánica, de forma bastante chapucera por cierto, se produce en 1812, de la mano de los liberales jacobinos de Cádiz. El Estado en España aparece tímidamente con Cánovas del Castillo y luego, ya con fuerza, con Francisco Franco, que es quien introduce eso del Estado Español que repiten con fruición los franquistas sociológicos. Sí, esos.

España sigue inmersa en una situación política desde el siglo XIX y de ahí los continuos vaivenes, el triunfo de la antipolítica, de la mano de los burócratas gestores del consenso –las elecciones en España sólo sirven para decidir quién dirigirá el consenso los próximos cuatro años-. Un consenso que está derivando en ópera bufa. Artur Mas, representante de las élites extractivas catalanas, anuncia, de la mano de Junqueras, elecciones para el próximo 27 de septiembre, día en que se cumple un año de la firma del ilegal decreto que dio lugar a la sediciosa consulta de separación. La frikada de las urnas de cartón y los quince días de votación. La campaña de septiembre, largo me lo fíais, arrancará en otra fecha vital para el imaginario nacionalista: la del 11 de septiembre, día de la Diada. Imaginario nacionalista al cual se han sumado todos los partidos en Cataluña, con la excepción de los Ciudadanos de Albert Rivera, quien no acaba de decidirse a ocupar escaño en el Congreso de los Diputados.El eterno debate de los naranjas, para quienes los vientos parecen soplar, ya era hora, a favor. Justo lo contrario de lo que le sucede a los magentas de Rosa Díez, quién se lo iba a decir a la lideresa hace unos años cuando despreciaba a Rivera, que no se encuentran a sí mismos, están inmersos en una crisis interna, y van perdiendo el favor del respetable por días, como se aprecia en las encuestas. Estancarse es lo mejor que les podría pasar.

Nadie espera que el (des)gobierno de Mariano Rajoy, una cuchipandi de burócratas que desprecian la política, adopte solución alguna. Ni saben, ni pueden. Al fin y a la postre forman parte del consenso, que ha dictaminado la necesidad de conceder la independencia a Cataluña, convirtiendo a España de facto en su protectorado, todo ello bajo el paraguas de la Corona, con el fin de salvar la Corona. Una tontería que ya pretendía llevar a cabo el anterior monarca y que parece haber hecho suyo el actual, quien ha cambiado todo un poco  en apariencia para que, en lo sustancial, todo siga igual.

Empero, a los planes separatistas parece que les ha salido un inesperado grano. Podemos. La formación de Pablo Iglesias, que podría obtener un magnífico resultado en las próximas elecciones en Cataluña, es denunciada como “españolista” por los nacionalistas, pese a que Iglesias no se define. Podrían tener razón. Podemos, el partido de los funcionarios, como revulsivo del nacionalismo. Todo ello, claro, bajo las reglas de la máquina infernal. El Estado. 


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