Libertad 2.0

El resentimiento de Talegón y Ada Colau no es culpa de Twitter

Escribía Ludwig von Mises en su obra “Liberalismo”, que “el resentimiento entra en juego cuando alguien, aun encontrándose en condiciones bastantes beneficiosas, odia hasta el punto de estar dispuesto a aceptar graves desventajas con tal de ver perjudicado el objeto de su odio. También muchos adversarios del capitalismo saben perfectamente que su condición sería menos favorable bajo cualquier otro sistema económico; pero aun siendo perfectamente conscientes de esto, se baten por una reforma, por ejemplo, el socialismo, porque esperan que también el rico al que envidian salga perdiendo”.

Ejemplos de lo expuesto por el economista austríaco podríamos poner infinitos y a buen seguro que ya les han venido un par de ellos a la mente. Más, desde la revolución de las redes sociales, esa forma de comunicarse entre personas del siglo XXI, que todo lo han cambiado y que no son una moda sino que han venido para quedarse, la exposición pública de tan destructor sentimiento, trae de cabeza a muchos, quienes parecen enterarse ahora de lo que Mises brillantemente describiera ya en 1927. 

En España no son pocos quienes se han ido de las redes, horrorizados ante la violencia que en ellas anida

Escandalizaron este pasado verano los mensajes enviados a Zelda, la hija del actor Robin Williams, a la pocas horas del fallecimiento de éste. En España no son pocos quienes se han ido de las redes, horrorizados ante la violencia que en ellas anida. Violencia que yo misma sufro de vez en cuando a la cual, se suele añadir por eso de ser mujer, el machismo más recalcitrante. Empero, es  un error culpar por ello a Twitter. Hacerlo vendría a ser como culpar al teléfono por recibir llamadas anónimas.  La responsabilidad no es del canal de comunicación.  El violento, el machista o el resentido, lo son dentro y fuera de la red. No existe tampoco una tipología específica de estos personajes. Los hay de derechas e izquierdas, ricos y pobres,  jóvenes y mayores, altos y bajos, hombres y mujeres, cultos e incultos, escritores o amas de casa. Nativos o inmigrantes digitales.  Eso sí, en la red se suelen retratar con mayor facilidad y rapidez. No pocas veces, por cierto, insultan escondidos detrás de un presunto anonimato, que no es real. Interpuesta la correpondiente denuncia, si la Justicia anda ágil ese día, se pilla al cobarde

Nada más conocerse el óbito de quien haya sido el poder fáctico del país, un poder que extendía sus tentáculos a todos los ámbitos de la sociedad, Emilio Botín, volvieron los resentidos, que son legión, a salir a la palestra. Entre ellos, personajes más o menos conocidos de la izquierda como Ada Colau, la inefable Beatriz Talegón o, en un plano más institucional –nuevo ejemplo de cómo organizaciones dejan la imagen de su marca en manos de personas no cualificadas-, Izquierda Unida de Béjar.

El resentimiento es la consecuencia de un sentimiento de ira mal resuelto, acaso jamás expresado, y está íntimamente  relacionado con la envidia. El pecado nacional,  Unamuno dixit, afirmación contra la cual se rebela por lo expuesto todo colectivista que se precie de serlo.  Es lo que Mises llamara “complejo de Fourier”, en recuerdo del nefasto socialista utópico francés .

Cuando la delegada del gobierno en Madrid y dicen que posible candidata del PP en los próximos comicios, Cristina Cifuentes, sufrió el tremendo accidente de tráfico que a punto estuvo de costarle la vida, no fueron pocos los individuos que aparecieron por las redes sociales y sección de comentarios de digitales mostrando el odio que les carcome. Un odio sectario, colectivista, tribal.

El odio ya estaba allí previamente. Lo único que hacen las redes, al desaparecer los intermediarios, es visibilizar lo que antes permanecía oculto, acechante

Más, como prueba irrefutable de que las redes sociales no convierten a pacíficos, solidarios y amables ciudadanos en resentidos sin escrúpulos morales, aparecieron también, envueltos en batas blancas, en el llamado off-line, manifestándose a las puertas del centro médico en donde trataba la político de recuperarse de sus lesiones, exigiendo que ésta abandonara la sanidad pública porque ellos así lo querían.  El mal no está en Twitter, como muchos parecen no querer comprender, acaso por miedo a aceptar cuál es el grado de miseria moral de la sociedad en que vivimos. El odio ya estaba allí previamente. Lo único que hacen las redes, al desaparecer los intermediarios, es visibilizar lo que antes permanecía oculto, acechante.

Y es que si algo no perdona esta legión de resentidos,  es el éxito ajeno. Personal o profesional. En el fondo, porque, incapaces de aceptar que el no haber alcanzando las metas que se han propuesto no es más que consecuencia de su propia incapacidad, les resulta más sencillo culpar por ello a supuestos graves fallos de un sistema (el de las sociedades abiertas en donde cada uno es responsable de sus actos; de sus éxitos y de sus fracasos) que ellos vienen a subvertir, cuando no a derrocar, pisoteando el orden espontáneo, la libertad individual, el libre albedrío.

Subyace en el fondo de la cuestión la ideología colectivista que actúa, como bien señalara Jean François Revel, como dispensa “moral, intelectual y práctica”.  Al fin y al cabo, lo que prometen algunos y muchos, pese a conocer lo irracional de la propuesta lo siguen, es el paraíso terrenal. Un paraíso terrenal en el cual Beatriz Talegón será igual que Goethe o Aristóteles, como Mises nos recuerda afirmara el mismísimo Trotski. La escuela comprensiva que el PSOE implantara en nuestro sistema educativo en los ochenta, por cierto, lleva décadas tratando de hacerlo realidad. Con los consabidos resultados. No es raro que un celador de hospital crea estar igualmente cualificado como el jefe de neurocirugía a la hora de tomar decisiones que afectan a la marcha de un hospital. O que un alumno pueda ser vicerrector universitario. Todo ello forma parte de la misma ideología.

 “El que ejercita la envidia puede parecer el hombre más inocuo del mundo, el ser más ingenuo, el eterno despistado o, lo que es peor, el gran idealista.” (Domingo García-Sabell).


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