Libertad 2.0

De la desmovilización y la lógica actuación de Google

Me contaba, casi susurraba, estos días atrás un cargo del PP con mando en plaza que en “el partido, en donde somos más conscientes de lo que opina la gente de la calle que los de la Moncloa” se ha instalado una especie de parálisis, un bloqueo diríase incluso que emocional, provocado por el miedo. El miedo a perderlo todo después de haber obtenido en los últimos años de la mano de los españoles el mayor poder territorial y político que se recuerda desde 1978.  El sueño convertido en pesadilla por la gracia de las políticas socialdemócratas de Rajoy, Montoro y Soraya, a quienes no pocos coinciden en señalar como principales responsables del desastre que se avecina. Y es que si hace seis meses le hubieran dicho a los populares que Podemos aparecería como primera fuerza política [debido fundamentalmente a la desmovilización de los votantes que se sitúan en el centro y el centro-derecha] en todas las encuestas de voto, lo mismo hubieran arrojado a Pedro y Celia,  incapaces de entender el nivel de hartazgo que existe en la sociedad española, por el balcón al que, según dicen, se asomó en su día el pequeño Nicolás. Un Nicolás aficionado a las grabaciones, me cuentan que dispuesto a embestir en breve al comisario Marcelino. Y con él, a una vicepresidenta que está en horas bajas. Con el permiso de PRISA.

Nada dice Sánchez de la necesaria división de poderes o la representaciónAnda entretenido pidiendo que los sueldos de los políticos sean bajos. O sea, haciendo demagogia

Sea como fuere, lo relevante es el motivo de esa desmovilización de “votantes de centro”, es decir, de las clases medias que quieren vivir tranquilas y a ser posible sin que el dichoso Estado, su verdadero enemigo, se meta demasiado en sus vidas. Una clase media que tampoco confía en el PSOE. Pedro Sánchez está pagando, por una parte, el poco tiempo que hace de Zapatero y por otra, sus coqueteos con la izquierda radical y la composición de una ejecutiva no basada en los méritos o el conocimiento, sino en el reparto territorial. Lo de Carmen Montón llamando verdugo de mujeres, en referencia a las mujeres muertas a manos de sus parejas, al recién estrenado ministro de Sanidad es buen retrato de un partido incapaz de aportar una idea ilusionante. Por supuesto, nada dice Sánchez de la necesaria división de poderes o la representación. Anda entretenido pidiendo que los sueldos de los políticos sean bajos. O sea, haciendo demagogia.  Finiquitar la ley electoral y sustituirla por la elección mayoritaria por distritos uninominales separada de la elección del presidente de gobierno, que supondría liquidar la partitocracia y abrir las ventanas en una España carcomida por la corrupción, no interesa a los partidos del consenso. Susana Díaz, que es mucho menos de lo que se piensa, acecha. Andalucía como ejemplo para España. Más votos para Podemos.

Pues bien, es precisamente el motivo de esa desmovilización lo que no parecen acertar a comprender ni PP ni PSOE. Acaso por lo que llevaría consigo de asunción de errores y lo doloroso del remedio a aplicar. Mientras, la sensación, intuición o convicción, instalada en la mente de una clase media que, perseguida hasta la extenuación por las élites extractivas,  ha ido en retroceso en las últimas décadas, de que nada de lo establecido está ya vigente o debe seguir estándolo, va cada día a más. La idea del cambio, en sentido revolucionario, es lo que motiva la desafección de quienes consideran que todo ha sido un engaño para que las oligarquías de siempre vivan a cuerpo de Rey. Juan Carlos.

Unas oligarquías acostumbradas a hacer lo que les da la gana, que se quedaban descolocadas, para solaz y divertimento del personal, con la lógica decisión de la empresa Google de cerrar Google News España, dejándolos compuestos y sin un buen porcentaje de visitas, como consecuencia de la aprobación de la llamada “tasa Google”. Tasa que era algo así como si yo le lleno todos los fines de semana un restaurante con mis amigos y el propietario del mismo, en lugar de estar agradecido, pretende cobrarme por ello y obliga al gobierno a aprobar una ley en que me impone una tasa por ciudadano que le llevo a comer a su local. Como comprenderán no volvería a pisar dicho restaurante. Es decir, estamos ante una idiotez que sólo puede traer resultados nefastos para el idiota y que, dicho sea de paso, debería conllevar algunas dimisiones.

Al filo de las nueve de la mañana del día de autos se desataba el pánico entre los editores, que de repente le vieron las orejas al lobo. De unos ingresos garantizados por ley por los que se congratulaban y congratulaban a Soraya Sáenz de Santamaría, a la posibilidad de perder aún más anunciantes por su desaparición de la red. No querían enterarse que en internet, por decisión de los internautas, es decir, de las personas libres, quien manda es Google y no ellos. Y que sus métodos oligárquicos, que han puesto de paso de manifiesto cómo y para qué se legisla en España, ya no sirven. Ridículo absoluto el hecho por la AEDE por la tarde, en que lanzaron una curiosa nota de prensa pidiendo al gobierno y a la Unión Europea intervenir en la libre decisión de una empresa de cerrar para cumplir la ley que ellos mismos habían exigido. Les faltó llamar al Ejército.

Todo menos aceptar que los tiempos han cambiado y que ellos ya no comprenden cómo se mueven las cosas. Como los dirigentes del PP y del PSOE.


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