Libertad 2.0

De cuando Rivera acabó con el sueño bolivariano

Teniendo en contra hasta al árbitro, que ya se sabe por dónde respiran tanto Jordi Évole como La Sexta, Albert Rivera acabó la semana pasada con el sueño bolivariano de los Iglesias, Errejón, Bescansa y el del paraíso expulsado Monedero. Un Errejón que, por cierto, se anda postulando para suceder al cada vez menos líder de la coleta. No habrá piedad con Pablo. Totalitario sí come totalitario. Pero, ojo, Iñigo, que Juan Carlos acecha. Les recomiendo sacar las palomitas, porque la película que va a ofrecer Podemos en los próximos meses va a ser una mezcla de comedia, ciencia-ficción y gore.

Lo de Rivera frente a Pablo Iglesias fue un abuso en toda regla

El caso es que lo de Rivera frente a Pablo Iglesias fue un abuso en toda regla. Con lo seguro que se veía Pablo, aspirante a la presidencia del gobierno hasta el día en que la entrevista con Ana Pastor significó el pistoletazo de salida de su imparable declive. Sic transit gloria mundi.

Ambos dos, Rivera e Iglesias, son cabezas visibles de las llamadas “formaciones emergentes”. Ambos han sido criados a los pechos de las tertulias televisivas y ambos cuidan hasta la extenuación su imagen –en un caso, la del yerno que toda señora quiere tener y por el que las jovencitas suspiran; en el otro, la de joven marxista rebelde pero intelectualoide, que viene a hacer la revolución–. Ambos sueñan con alcanzar el poder, el gobierno, que es a lo que aspiran los políticos. Con decidir acerca del destino de España. Ambos dicen ser la cara de la manoseada regeneración política. Ambos son estatistas. Ambos, en definitiva, si me lo permiten, representan el consenso socialdemócrata. Que es lo que se lleva en España, pero también en Europa. Hasta ahí, las similitudes, que el otro Pablo, Casado, quiere aventar. Pero Albert y Pablo no tienen nada que ver.

El uno, Rivera, anda subiendo imparable en las encuestas y en las urnas (véase Cataluña) gracias a la comprensión de la sociedad española que dan los diez años de lucha en solitario en tierra hostil, de defensa de la libertad frente al populismo nacionalista; el otro hundiéndose junto a sus unicornios, entre la frustración y decepción de los suyos. Y es que lo de Pablo Iglesias siempre fue un sueño, en realidad pesadilla, como podría atestiguar el socialista Leopoldo López. Lo de Rivera es un ascenso propio de tiempos prerrevolucionarios en los que se ha instalado ya en la mente del personal, que no está para revoluciones, que casi todo ha sido una mentira. Y ello ante la absoluta incomprensión del cambio de paradigma de los partidos de toda la vida, incapaces de conectar con la sociedad española. Si es un espejismo, el tiempo, y sobre todo su acción política cuando alcance responsabilidades y los suyos toquen presupuesto y boletines oficiales, lo dirá.

Pablo Iglesias ha fracasado apelando a la ira, a la envidia, a la revancha, a los más bajos instintos. Algo propio del populismo sudamericano que representa

Pablo Iglesias ha fracasado apelando a la ira, a la envidia, a la revancha, a los más bajos instintos. Algo propio del populismo sudamericano que representa. Todo ello, eso sí, envuelto un diagnóstico sencillo, comprensible y certero de la desafección de la gente hacia el sistema, que es más que la clase política. Pero prometiendo como solución las políticas que han arruinado la libertad y la prosperidad en Venezuela.

Albert Rivera, por su parte, vende un mensaje positivo, habla en positivo y más que primarias hace cástings norteamericanos. ¡Qué guapos, aseados y moderaditos son todos en Ciudadanos!

Frente al buen rollo naranja, la ira, tan necesitada de confrontación, fracasa, se queda sin discurso, desnuda, con las vergüenzas totalitarias al aire. El electoralismo, propio de las democracias, venció en La Sexta al populismo, propio de las dictaduras.

Rivera está empeñado, como en su día lo estuvo José María Aznar, en ser heredero de Adolfo Suárez. Y de los Pactos de la Moncloa, del consenso político, amigo de la transversalidad política que le ha birlado a Rosa Díez, quien no supo ver venir la ola. Ni a la trepa Irene Lozano.

Los vientos soplan a favor de naranjito. Porque el buen rollito, tenga o no contenido, que eso sería objeto de otro análisis, es lo que le gusta a los españoles. Algo lógico después de 30 años de mito del constitucionalismo y de la Transición.

Seamos realistas: no está en el imaginario popular eso tan real de que el consenso político, que ha venido a sustituir al consenso social, es incompatible con la democracia. O que las mayorías absolutas sean de lo más democrático o que el sistema proporcional sea liberticida. Por no hablar de la importancia de la elección directa de nuestros representantes, mucho mayor que la de la democraciainternadelospartidos, que todos proclaman y ninguno cumple. Así nos va.


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