Libertad 2.0

Podemos, VOX y la ley de hierro

Formulaba en el año 1911 Robert Michels en su magnífico libro “Los partidos políticos. Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna”, la universal  ley de hierro de la oligarquía, cuyo nombre se inspira en la ley de bronce que formulara el padre de la socialdemocracia legalista, Ferdinand Lasalle (“El Estado es Dios”). Ley de hierro que explica las broncas que en los últimos tiempos han venido ocurriendo en el seno de las formaciones políticas de nueva aparición – desde UPyD hasta Podemos, pasando por VOX o Ciudadanos-, entregadas a la penúltima cortina de humo de un sistema en donde la representación está ausente y la división de poderes se desdibuja cada día más. Cortina de humo conocida como “democraciainternadelospartidos” (pronúnciese del tirón y con voz engolada), que suele acabar indefectiblemente, dado que en la práctica deviene en la exigencia de una suerte de asamblearismo interno y, como consecuencia de ello, en bronca interna y salidas del partido por parte de quienes o bien no han logrado alcanzar lo esperado, no han impuesto sus tesis o bien terminan siempre sus frases –casi se les oye pensarlo- con eso de  “y yo lo hubiera hecho mejor”.

Les cuento todo esto porque asistimos este verano a dos formas diferentes de constitución de partidos políticos. Partidos, por cierto, que siempre son necesarios cuando de democracia de masas se trata, como ya explicara en su día Montesquieu. Tenemos, por un lado, a VOX, que anda desangrándose, veremos si no irremediablemente, por mor de las batallas intestinas, acaso la batalla entre la nueva y la vieja política. Pero, en todo caso, por desconocer sus biempensantes fundadores la ley de hierro. No sucede lo mismo con Podemos. Sus líderes, muchos de ellos salidos de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense, conocen perfectamente cómo opera ésta. De ahí que, pese al teatrillo de los círculos o los datos de “afiliación” a una web –Podemos es el primer partido digital español-, vayan a conformarse, al modo y manera en que ya lo están PP y PSOE, como un partido presidencialista, en donde el elegido para regir la formación designará a su equipo.

Ortega y Gasset advertía ya en 1949, en alusión a la religión sustitutiva del democratismo que la democracia, convertida en un fin, “se ha vuelto ramera”. Pues bien, para que un partido sea democrático en su funcionamiento interno, para que cumpla con el dogma de la democraciainternadelospartidos, basta con que cumpla con la legislación vigente. Y ya. La forma de elección interna de los cargos es algo que sólo afecta a sus militantes y nada tiene que ver, como pretenden los proxenetas de la democracia, con la libertad colectiva. En este sentido, resulta sin duda interesante la propuesta del nuevo Secretario General del PSOE, Pedro Sánchez, de someter a votación de todos los españoles el candidato a la presidencia del gobierno de España, que no del partido.

Atendiendo a la naturaleza humana, cuya esencia niega la socialdemocracia emergida a partir de 1848, todo poder tiende siempre a ser oligárquico, toda democracia tiende a la oligarquía, como formulara también brillantemente Alexis de Tocqueville en “La Democracia en América”.

De ahí que la clave, por más que los partidos se empeñen, no se encuentre en los procesos de elección internos de las formaciones, sino que consiste en evitar que los partidos devengan oligárquicos en su relación con la sociedad.

Que es justo en lo que estamos, porque si algo caracteriza al régimen político salido de la Constitución de 1978, en puridad carta otorgada, es el ser un régimen oligárquico. Las listas cerradas y bloqueadas, el sistema proporcional, son la perfecta barrera para evitar que el ciudadano pueda elegir a su alcalde, a su concejal, a su diputado, a su presidente de gobierno, conditio sine qua non para poder hablar, en puridad, de libertad política, de democracia.  Además de la división de poderes, que también debe de haberla entre ejecutivo y legislativo, algo que no siempre se percibe,  es fundamental que, de una vez, dejen que elijamos directamente a nuestros representantes.

La infantilización de la sociedad y la aniquilación del mérito y la capacidad, típicos de la socialdemocracia, también tienen algo que ver en este festival de la confusión. ¿Hablamos de ello la semana que viene?


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