Libertad 2.0

Nicolás, el macho alfa y las ideologías de la estupidez

De niña devoré con fruición las historias que el escritor francés René Goscinny hacía pasar al pequeño Nicolás. Así que, cuando me enteré del lío que había montado el extraño Francisco Nicolás Gómez-Iglesias tomando el pelo a todos los importantes de este país, no pude evitar sonreír. Imagino que ya han leído u oído acerca de sus andanzas, que en manos de un guionista de Hollywood darían para una buena película de acción. Nicolás me cae bien. Eso sí, me debato entre la duda de si nos encontramos ante un pobre chico que sufre un trastorno psicológico, tal y cómo figura en el sumario judicial de su causa, un pícaro de los de toda la vida o algo mucho más turbio, que es lo que, según vamos conociendo detalles de su historia, parece.

De la oligarquía política (especialmente la del PP) pasando por la financiera o la comercial, todas han hecho el ridículo ante el público de la mano del pequeño Nicolás.  ¡Lo que les faltaba después del espectáculo de las tarjetas opacas de Caja Madrid!

Y es que Nicolás lo mismo cenaba con el presidente de la CEOE que llamaba al presidente del sindicato Manos Limpias, Miguel Bernard, al cual llegó a facilitar un servicio de escolta, para solicitarle que fuera “menos duro” con la Infanta de España. Cosa, por cierto, que no sucedió porque Bernard es persona seria.

Nicolás llegó a tener el número privado del Rey Juan Carlos, al cual telefoneó para anunciarle que estaba negociando con Manos Limpias la retirada de su querella contra la Infanta Cristina

Su relato de los encuentros mantenidos hacen preguntarse acerca de los contactos de altísimo nivel que debía tener, porque ¿cómo consiguió Nicolás tener acceso a vehículos policiales o tener a su disposición agentes? Bernard denuncia que el chico tenía acceso incluso a pinchazos telefónicos. Sea como fuere, a ninguno de los necios que componen la oligarquía les extrañaba que el joven, casi un niño,  se sentase junto al ex presidente del gobierno José María Aznar o asistiera a una restringida recepción real. Nicolás, qué tío, llegó a tener el número privado del Rey Juan Carlos, al cual telefoneó para anunciarle que estaba negociando con Manos Limpias la retirada de su querella contra la Infanta Cristina.

El problema no es sólo de seguridad. Nicolás ha puesto de manifiesto la credulidad de los engañados. Estamos antes un timo del tocomocho de toda la vida. Mas un buen día, durante una recepción celebrada en la madrileña Puerta del Sol, Nicolás, al cual el servicio de protocolo quiso impedir colocarse en primera fila, se inventó un supuesto y no reconocido parentesco real que hizo saltar todas las alarmas. Y es así cómo llegamos al principio del fin, que, quién sabe, tal vez sea un continuará. Ingenio no le falta al personaje.

El ser humano regresa a la infancia y a las primeras fases rudimentarias de la cultura, asumiendo, como mucho, un realismo ingenuo

Las juergas de Nicolás ponen de manifiesto el grado de infantilismo, consecuencia de la degeneración de la democracia y contra el cual advertía ya en su día ya Alexis de Tocqueville, de la sociedad española. Infantilismo ya señalado en esta columna, fomentado por las oligarquías y que nos ha llevado a vivir en la sociedad de Excalibur. Y eso incluye, por supuesto, a los que mandan, que no crecen en los árboles.  El mundo de mitos en que vivimos, fundamentalmente el mito del Estado, pero también el mito del constitucionalismo, hacen que el pensamiento mágicose imponga sobre el pensamiento racional. Como consecuencia, el ser humano regresa a la infancia y a las primeras fases rudimentarias de la cultura, asumiendo, como mucho, un realismo ingenuo, en donde la reflexión es la gran ausente. Es el fin del pensamiento científico, que no es lo mismo que el omnipresente cientificismo, que, a su vez, se encarga de producir continuamente nuevos mitos. Lo que el francés André Glucksmann llamó “ideologías de la estupidez”. La España de Excalibur no es más que la consecuencia de dicho pensamiento. El sentido común, sencillamente, deja de existir. La credulidad es la lógica consecuencia de la derrota del pensamiento racional.

A Podemos, que termina sus actos con canciones de cantautores de hace décadas, sólo le ha faltado utilizar como eslogan el orwelliano “la libertad es esclavitud”

Así, no puede sorprender que este fin de semana gracias a la Asamblea de Podemos (está por ver si no sufre las consecuencias de la inexorable ley de hierro de las oligarquías) hayamos descubierto que Pablo Iglesias no es un macho alfa o que de la misma  hayan salido unas propuestas reaccionarias,  políticamente correctas y oligárquicas –atención a los privilegios concedidos a las castas afines, como el mundo de la subcultura- que entremezclan lo más rancio del socialismo real y fracasado con las bioideologías sustitutivas del pensamiento socialdemócrata.  Especialmente con la  Ersatzreligion de género, que es la más coherente y, por ende, peligrosa de todas. Unas propuestas electorales que, si no fuera porque habrá mucha gente dispuesta a prestarles los oídos, resultarían hilarantes. Desde trabajar menos y ganar más, que enorgullecería al yerno de Karl Marx, el francocubano Paul Lafargue, autor del “derecho a la pereza”, a la restricción brutal de la propiedad privada bajo la excusa de la redistribución, receta segura para la desaparición de las clases medias y la pobreza generalizada, hasta la creación de medios de comunicación públicos (bajo el control del Partido, se entiende).

A Podemos, que termina sus actos con canciones de cantautores de hace décadas, sólo le ha faltado utilizar como eslogan el orwelliano “la libertad es esclavitud”. El personal, desde luego, está listo para aplaudir. Eso sí, para que el trágico vodevil –Podemos tiene futuro- hubiera sido perfecto tendríamos que haber descubierto la imagen del pequeño Nicolás sonriendo maquiavélicamente desde algún sitio reservado.


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