Libertad 2.0

España prerrevolucionaria

Afirmaba Ludwig von Mises en su obra “Socialismo” que “Marx y Engels jamás trataron de refutar a sus adversarios con argumentos: los denigraron, insultaron, vilipendiaron, calumniaron, y sus sucesores no han hecho sino escarnecerlos. Su polémica ataca a la persona del contrincante y nunca a sus demostraciones”. Y en eso seguimos.  Lo estamos viendo estos días en las redes sociales, especialmente en Twitter, en donde toda una jauría de agresivos personajes, entre resentidos, sanguinarios y tontos con ínfulas, y en demasiadas ocasiones escondidos detrás de cobardes pseudónimos, se ha lanzado contra el periodista Hermann Tertsch, acusado de decir lo obvio pero que hay que silenciar: el colectivismo comunista, que junto al colectivismo nacional socialista fue el gran totalitarismo del pasado siglo XX,  mata.Siempre. Indefectiblemente. Antes y ahora.

Una nueva clase dirigente, mucho más cruel que la anterior, sustituye a la finiquitada. Lo hemos visto ya en demasiadas ocasiones

Del Holomodor ucraniano pasando por los Jémeres Rojos, al régimen criminal de Corea del Norte o la matanza de Paracuellos, hasta la Venezuela de Nicolás Maduro en donde hoy se tortura y asesina a los estudiantes disidentes. Una Venezuela tan del gusto de quienes hoy en día tratan de vender a los españoles un paraíso terrenal colectivista, solución, arguyen “al bipartidismo”. Y no se crean que España es diferente a Venezuela. La naturaleza humana es la misma en todas partes. Los errores que llevan al desastre también. El paraíso terrenal que prometen los totalitarios, construido a costa de la liquidación de unas clases medias cuya existencia es el mayor garante de la denominada paz social, acabaría, como siempre han acabado todos los intentos totalitarios de creación de un hombre nuevo: derramando sangre inocente, con hambre del pueblo mientras una nueva clase dirigente, mucho más cruel que la anterior, sustituye a la finiquitada. Lo hemos visto ya en demasiadas ocasiones.

Apuntaba Ortega y Gasset que la auténtica revolución, que no tiene por qué ser violenta, está hecha previamente en las cabezas

Más, en estos momentos de grave crisis que atraviesa España, crisis que no es fundamentalmente económica por más que el economicista gobierno tecnócrata de Mariano Rajoy se empeñe, sino política, de sistema, aparecen en una Europa que asiste desconcertada a la implosión de la socialdemocracia, del Estado del Bienestar, un totalitarismo enmascarado por la propagandacomo brillantemente señalara la autora de origen ruso Ayn Rand, y quién sabe si no también al fin del Estado-nación tal y cómo lo conocíamos, los populismos de corte colectivista. En este sentido, nos encontramos en un momento prerrevolucionario, como acierta a señalar el filósofo alemán Peter Sloterdijk. Apuntaba Ortega y Gasset que la auténtica revolución, que no tiene por qué ser violenta,  está hecha previamente en las cabezas. Y es en ese punto en el cual se encuentra España. En una situación prerrevolucionaria las instituciones comienzan a percibirse como anticuadas,  decadentes,  caducas, inútiles, o dañinas. Está sucediendo. Consulten el CIS. Ya nadie cree en casi nada en España.Mientras, el consenso socialdemócrata emanado de la carta otorgada de 1978 sigue a lo suyo,  acaso porque no pueda hacer otra cosa, incrementando exponencialmente con cada decisión adoptada con el único fin de sostener un sistema inviable, el número de escépticos.

El problema actual consiste en que el consenso establecido, la socialdemocracia, tiene bajo su control a una mayoría de intelectuales

Ideas antiguas, totalitarias, como el socialismo bolivariano tan del gusto de la gente de Podemos, que en realidad no ofrece solución alguna sino más de lo mismo, se van así abriendo paso por diferentes motivos: por cansancio de lo caduco, por la atracción  de la novedad (que no es tal, pero la propaganda juega bien su papel), por la institucionalización de la corrupción,  por la inutilidad de las instituciones, por el ansia de seguridad, por interés, por resentimiento etc. Tales ideas llegan a alojarse incluso en las mentes de los beneficiarios del sistema establecido que, azorados por carecer de respuestas adecuadas,  se atrincheran, o, desconcertados, comienzan a cometer torpezas.  Es el momento perfecto para los Marine Le Pen o los Pablo Iglesias, que son las dos caras de una misma moneda antigua.

Y es que, en principio, las ideas revolucionarias que apuntan a trastrocar el sistema de poder establecido, surgen de modo inconsciente, y así es cómo se instalan en la mente. La opinión general está en ellas, pero lo existente y su mitificación no dejan ver su correspondencia con el conjunto de los hechos, que son la verdad de la situación, pues la verdad y la realidad son lo mismo, se pongan como se pongan los utópicos.

La tarea de hacer “caer en la cuenta” a la mayoría, desmitificando las ideas y las instituciones vigentes, suele ser la función social de los intelectuales.  Pero el problema actual, máxime en nuestro país, en donde la seducción y la compra de voluntades es la tónica habitual, y si no lo creen ponga la tele o lean un periódico, consiste en que el consenso establecido, la socialdemocracia, tiene bajo su control a una mayoría de intelectuales, oficiando muchas veces como tales gentes del mundo de la propaganda y de la subcultura, mientras que los pocos discrepantes sin uniforme, sometidos o silenciados, quedan reducidos a la impotencia. Es lo que pretende la jauría que estos días acosa a Hermann Tertsch por decir una obviedad. La obviedad que no debe de ser pronunciada, aún cuando todos la conozcamos.


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