Libertad 2.0

España tiene los políticos que merece

Hoy, para no variar, no voy a hacer amigos. Ya verán. Y es que, de entrada, debo decir que el origen de lo que estamos viviendo, mal que le pese a muchos de mis amigos liberales, quienes celebran con fruición cada año el aniversario de la Pepa, se puede situar precisamente en 1812, cuando un grupo de liberales afrancesados biempensantes introdujo en España, que hasta entonces siempre había sido Imperio, el concepto artificial de Estado-nación. Una de nación política absolutamente extraña para la marca hispánica. Y desde entonces, de la mano de las constituciones y máxime después del desastre de 1898 así como la asunción por parte del pueblo de la leyenda negra española, España vive en una permanente situación política. Un desastre, vamos.

El que roba en el hospital las cremas de culito de bebé o el que hace fotocopias a cargo del erario público para sus niños, si no trinca más es porque no puede

Reflexionaba yo estos días atrás después de vivir una serie de acontecimientos desagradables de esos a los que nos enfrentamos los periodistas cuando publicamos noticias que no gustan a los hooligans, acerca de la culpabilización que está recayendo, como consecuencia del derrumbe del Estado de Partidos, esto es, del juancarlismo o régimen de 1978, un sistema intrínsecamente corruptobajo el cual la división de poderes no existe, sobre las cabezas de los políticos. De todos ellos. Unos señores que, por lo que estamos viendo estos días –de la operación Púnica a los ERE de Andalucía pasando por el trinque en Cataluña-, en numerosos casos no estaban en política para servir, sino para servirse. “¡Político corrupto!”, acusa el celador que acaba de llevarse del hospital público a casa unas cuantas cremitas de bebé para sus hijos. “¡Políticos trincones!”, señala la profesora que acaba de hacer fotocopias para sus niños en la fotocopiadora del cole público. Y es que, nos pongamos como nos pongamos, la realidad es que los políticos no crecen en los árboles ni llegan a jorobarnos la vida –y vaya si la joroban– desde Marte. Están ahí porque ahí los hemos colocado, porque hemos callado ante el secuestro de la libertad política y, nos guste o no, no son más que el reflejo fiel de la infantil sociedad en que vivimos. El que roba en el hospital las cremas de culito de bebé o el que hace fotocopias a cargo del erario público para sus niños, si no trinca más, y esto no va a gustar pero es exactamente así, es porque no puede.  Y otra de Excálibur.

Que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente, como señalara Lord Acton, no es más, en este sentido, que consecuencia de la propia naturaleza humana. Naturaleza que pretenden cambiar a golpe de ingeniería social todos los colectivismos. De ahí su inevitable fracaso. El socialismo -ya sea el nacionalsocialismo, el marxismo, el estalinismo, la socialdemocracia de Montoro o el engendro bolivariano que se avecina- no fracasa, por más que el mantra se repita en los medios de comunicación y se haya elevado a dogma de fe estatista, por ser inviable económicamente. Fracasa porque va contra la propia naturaleza humana. Sumemos a eso la mentalidad tribal, estatista, que tan bien describe Ayn Rand a través de sus personajes,  que hace que los  Peter Keatings, que son mayoría, suspiren por formar parte de una tribu o banda, y tendremos la España de 2014.

En España, en donde las personas nacen, crecen, se reproducen y mueren como fieles servidores de un Estado que ha devenido en Minotauro, no existe reproche social frente a la corrupción

Lo normal en un liberal es la desconfianza hacia el poder, frente al poderoso. Y la exigencia de controles que hagan imposible las prácticas corruptas o que, caso de haberlas, sancionen gravísimamente, no sólo penalmente sino también de la mano del reproche social, el trinque. El apoyo a la denuncia de las corruptelas resulta fundamental. Pero no es el caso. En España, en donde las personas nacen, crecen, se reproducen y mueren como fieles servidores de un Estado que ha devenido en Minotauro, no existe reproche social frente a la corrupción. Sí, en cambio, mucho hooliganismo. En todos los partidos sin excepción. La crítica está vedada. El periodismo independiente, que no se cansan de reclamar si es independiente de sus rivales pero sumiso con ellos, sólo sirve si el plumilla cuenta lo que el fanático tribal quiere oír. Caso contrario, el insulto y la difamación son el precio a pagar. Que en Andalucía siga gobernando el PSOE después de los ERE, en Cataluña CiU o que en Valencia volviera a ganar el PP son clara muestra de ello.

La corrupción, decían los políticos hasta antes de ayer, en que la encuesta de Metroscopia que sitúa a Podemos como primera fuerza política lo ha puesto todo patas arriba, no pasa factura. Tenían razón.

Porque, en el fondo, la España socialdemócrata ha devenido en una pelea de bandas en donde cada mayoría pelea por llevarse la mayor parte del pastel. Que ahora muchos están dispuestos a entregarle a Pablo Iglesias y su gente. Y así nos va. Quien crea eso de que “la Unión Europea” no lo va a permitir es que no se entera de nada.  


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