Libertad 2.0

De Artur Mas al Faisán, todo es lo mismo

La agencia de calificación Fitch, haciéndose eco de los delirios secesionistas del nacionalismo catalán, ha colocado estos días atrás en revisión negativa el bono de Cataluña, que podría pasar a convertirse en bono basura y la región española sufrir una suspensión de pagos. La que ya sufren a día de hoy los farmacéuticos catalanes, quienes contemplan estupefactos cómo se derrocha para celebrar consultas ilegales o sufragar medios de propaganda cual es el caso de TVE3, mientras que a ellos les toca quedarse sin cobrar los medicamentos dispensados. Es una de las consecuencias del colectivismo nacionalista, de esa ideología totalitaria, hija del romanticismo, que aparece allá por 1848 y que deviene inevitablemente socialista.

Lo de Pujol podría quedar en nada si gobierno central y autonómico llegasen a un acuerdo sobre la transferencia de las competencias en materia de Justicia al gobierno catalán

Cataluña está que se cae a trozos. Del seny y el ser vanguardia apenas quedan los restos. Pero eso a sus gobernantes no les importa. ¿Qué las camillas inundan los pasillos de los hospitales catalanes? ¿Que en agosto uno de cada diez ambulatorios cerró al público? ¿Que los padres no pueden escolarizar a sus hijos en castellano y que hacen trampas hasta en los informes PISA para ocultar el adoctrinamiento, parejo al fracaso de los niños castellanohablantes y el ínfimo nivel de las aulas? ¿Qué los servicios sociales son una broma y la clase media catalana está en retroceso, pareciendo que, como sucede en España (del 56% al 43% desde 1978 y bajando), vaya a conformarse una sociedad dual de ricos y pobres al modo y manera hispanoamericano?  Y a ellos qué. Lo importante, desde que a la Generalitat llegara, pese a la advertencia contra el personaje que hiciera en su día Josep Tarradellas (“es un dictador que dejará un lastre muy grande”), Jordi Pujol, es construir nación.  Lo de Pujol, por cierto, podría quedar en nada si gobierno central y autonómico llegasen a un acuerdo sobre la transferencia de las competencias en materia de Justicia al gobierno catalán, que se podría encargar de echar tierra sobre el “caso Pujol”, que es el “caso CIU”, el “caso nacionalismo catalán”. Ya verán, ya.

Aprovechando, por supuesto, para ello, el Estado de Partidos y las 17 oligarquías establecidas en España de la mano del artificial y único Estado de las Autonomías, que sólo la formación política VOX [y una amplia mayoría de la base sociológica del centro-derecha y parte de la izquierda] quiere derogar. Chiringuito oligárquico éste de las autonomías, a las que el escritor y abogado laboralista Fernando Vizcaíno Casas llamara “Las Autonosuyas”, consagrado en1978 mediante la carta otorgada del consenso y del cual formaron parte fundamental los nacionalistas,  incluso antes de los famosos Pactos de la Moncloa, que no fueron otra cosa más que el reparto del pastel de espaldas a los españoles. Estado de Partidos que está desmoronándose a toda velocidad, mientras las oligarquías, cual animales heridos, parecen empeñadas en una errática defensa de lo que ya está finiquitado. Quieren mantener su estátus como sea. Al paciente fallecido conectado al respirador, para disimular.

Sucede todo ello, como siempre, con el consentimiento de la gran mayoría de la sociedad civil catalana, empeñada en votar, una vez tras otra y desde hace más de 6 lustros, a partidos antiespañoles. Que lo son todos menos los Ciudadanos de Albert Rivera, escasos 9 diputados en el parlamento catalán. El PSC hace tiempo que se ha entregado en cuerpo y alma al nacionalismo. Algo que tiene atado de pies y manos a Pedro Sánchez, cuyo extraño discurso federalista, que en realidad nadie conoce porque de la letra pequeña nada se sabe, sería muy distinto si no fuera porque su partido en realidad son 17 partiditos y cada uno de ellos va por libre. Como lo ha hecho también el PP de la mano de la vacua Alicia Sánchez Camacho, empeñada en que la dejen formar parte del sistema totalitario.

En realidad,  la cosa huele a apaño, a acuerdo. A intento de salvación del consenso

El extravagante, muy cursi (casi todo en el oasis es hortera) y casi seguro pactado vodevil organizado por Artur Mas y consentido por el “Madrit” que lleva 30 años permitiendo no cumplir con las sentencias del TS y del TC,  al cual asisten los buenistas atónitos, los pasotas impertérritos y los extranjeros alucinados, no parece tener marcha atrás, por más que Soraya Sáenz de Santamaría amenace con su legión de abogados del Estado. La comparecencia del presidente de gobierno ante los medios de comunicación, por otra parte,  no ha servido para calmar a nadie. Rajoy parece no tener plan: un día quiere reformar la Constitución, al día siguiente cierra la puerta a tal reforma. ¿Y el cumplimiento de la ley dónde queda?  Dialogar con quienes están perpetrando un golpe de estado es incompatible con reivindicar el imperio de la ley. En realidad,  la cosa huele a apaño, a acuerdo. A intento de salvación del consenso.  De fondo, la reunión discreta que hace escasos días mantenía Mariano Rajoy con Urkullu, quien, alentado por la banda terrorista ETA, busca imitar a Cataluña.

Cuenta  estos días la presidenta de la AVT, Ángeles Pedraza, que su asociación está ultimando querellas contra dos altos cargos de Interior, por haber concedido a toda velocidad una dudosa prejubilación a Ballesteros, el del “Caso Faisán”.  Y si creen que esto no está relacionado con el proceso catalán o el destape de la corrupción del clan de los Pujol, es que no se han enterado de nada.


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