Libertad 2.0

Antipolítica

Fue en los noventa, recién caído el Muro de Berlín y vistos los horrores que detrás se ocultaban, aprovechando un momento de desconcierto de una izquierda hasta hacía nada negacionista del terror, cuando la derecha colectivista, en España pero también en toda Europa, comienza a ocupar el espacio socialdemócrata que anteriormente ocuparan el PSOE de Felipe González, el SPD alemán de Willy Brandt o el PS italiano de Bettino Craxi. La izquierda, sin saber bien cómo reaccionar, fue empujada fuera del cuadrilátero, quedando sin discurso, anclada en una mezcla del socialismo de siempre y mayo del 68. Irrumpen entonces con fuerza las bioideologías, de metodología biologicista frente al mecanicismo socialista, que hunden sus raíces en el nacional socialismo alemán, mezcla a su vez del economicismo leninista y la politización fascista.

Su adopción por parte de todos los colectivismos, del consenso, sólo ha sido cuestión de tiempo. También por el PP, en estos momentos casi la única máquina de poder que queda en pie en España, que renegó primero, por boca de Mariano Rajoy de los liberales y conservadores, y ahora por la de Celia Villobos Crush, quien dice que en su partido no tienen espacio los provida, invitados todos ellos a abandonar la formación que en los años 90 consiguiera arrebatar el poder al que parecía iba a ser eterno felipismo, pero sin cambiar casi nada. Piensen en una Justicia desprestigiada y politizada. Piensen en la educación. Ahí sigue, por ejemplo, la escuela comprensiva, derogada en el resto de Europa por sus desastrosos resultados y mantenida aquí contra viento y marea por sindicatos, partidos, profesores y demás. El PP, diría doña Celia, es transversal. Como el resto.

Transversal es hoy la palabra de moda, una vez desacreditadas otras como democracia o libertad o derecho que, a base de haber sido prostituidas, vaciadas de contenido, sustituidas por sus contrarios, no significan apenas nada

Transversal es hoy la palabra de moda, una vez desacreditadas otras como democracia o libertad o derecho que, a base de haber sido prostituidas, vaciadas de contenido, sustituidas por sus contrarios, no significan apenas nada. Es también casi sinónimo para la derecha española de aquél mítico “centro” de Adolfo Suárez en tiempos del reparto del pastel, el Estado de Partidos, que restringió a unos pocos la participación en el mando político, en la utilización del poder. Y la penúltima excusa de la socialdemocracia de centro-izquierda en imparable implosión, por más que se niegue a aceptarlo. Supone, por demás,  la negación de la democracia, por cuanto incide en la sustitución del consenso social por el consenso político.

Transversal quiere decir tiranía de la mayoría.  Sustituir los principios por un colectivismo de mayorías que no respecta a las minorías y que impone, por la fuerza del número, que la mayoría puede hacer lo que quiera, que sus acciones son correctas por estar refrendadas por una gran número de personas, olvidando que sin derechos individuales no hay bien común. Ni libertad. Independientemente de la rectitud de lo ejecutado.  Señalaba Ayn Rand certeramente que una sociedad que carece de principios corre hacia su destrucción.  En ello estamos. El origen de la transversalidad se encuentra también en el relativismo, en la ausencia de principios. En la antipolítica, que diría la autora de origen ruso.

Gobernar es decidir, aplicar un programa refrendado por los electores, que han elegido, directamente, a sus representantes. La transversalidad, sin embargo, supone renunciar a esos principios, a las propuestas, en aras del denominado consenso; defender la libertad y la esclavitud al mismo tiempo.  Lo de tengo unos principios pero si no te gustan tengo otros. Es querer atraparlo todo y, además, querer hacerlo en un momento  en que Europa en general y España en particular se encuentran impregnadas por un espíritu pre-revolucionario, como señala el filósofo Sloterdijk.

Una irresponsabilidad que se pagará. Muchos de nuestros políticos, al fin y al cabo burócratas, no se enteran de qué significa el mantra, que repiten como loros.  Al fin y a la postre, para estar en el  negociado del politiqueo, no hay que saber casi nada. Basta con ser amigo del jefe, del que hace las listas o del que controla el censo de militantes, ahora que están también de moda las primarias para desviar los ojos del consenso y de la ausencia de representación.


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