Liberalia

Una decisión ineficaz

La decisión del Banco Central Europeo de reducir su tipo de intervención hasta el 1,25 por 100 es ineficaz si su objetivo es reactivar una economía, la de la zona euro, al borde de la recesión y/o si pretende frenar la crisis de deuda y bancaria que asola el Viejo Continente. En las actuales circunstancias, la capacidad de la política monetaria convencional para influir en la situación económico-financiera de los Estados miembros de la UEM es prácticamente nula y es un error de análisis considerar que su orientación es expansiva porque el precio del dinero es bajo o porque el BCE está dispuesto a reducirle con mayor intensidad. En la práctica, este enfoque comenzaría a parecerse demasiado a la actuación del Banco de Japón a raíz del estallido de la burbuja bursátil e inmobiliaria y de la crisis bancaria que situó al país en una senda de deflación-recesión-estancamiento a pesar de que el instituto emisor nipón redujo de manera dramática las tasas de interés para combatirle.

Aunque sea con distinta intensidad, el canal del crediticio en los países de la UEM está roto o muy dañado, incluidos algunos grandes Estados miembro como Francia o Alemania. Al mismo tiempo, las exigencias de capital para las entidades financieras continentales, aprobadas en la Cumbre del pasado 26 de octubre, van a agudizar las tensiones de liquidez de las economías de la Eurozona. En este contexto, el descenso del precio del dinero no se va a transmitir a las empresas y a las familias en tanto no se normalice el funcionamiento del sistema bancario y el crédito vuelva a fluir. En el mejor de los casos, esto requiere tiempo. Por añadidura, la creciente aversión al riesgo de los inversores hacia los bonos europeos, salvo de momento al bund alemán, convierte en una posibilidad real el cierre del mercado internacional de deuda para muchas o para algunas economías europeas. En el primer supuesto, se produce una contracción de la cantidad de dinero en circulación; en el segundo, la imposibilidad de financiar el endeudamiento del sector público. La combinación de ambos conduce a una espiral Deuda/Deflación, ya comentada en estas columnas, y a una bancarrota de los Estados que no logran recursos para cubrir su deuda.

Si la política monetaria tradicional no tiene capacidad de estimular la economía real y el empleo salvo en el corto plazo, carece absolutamente de efectividad para conseguir esos objetivos en la presente coyuntura europea. En términos efectivos, la estrategia del BCE es restrictiva aunque las tasas de interés se hayan recortado 25 puntos básicos, lo hagan 50 o se acerquen a cero. No hace falta ser un monetarista furibundo para entender este axioma económico fundamental. Si las expectativas de los agentes económicos y de los inversores son las de una contracción de la oferta monetaria en los próximos meses y todo sugiere que así será, Draghi puede reducir el precio del dinero lo que quiera que no servirá para nada. ¿Esto significa que el Apocalipsis es inevitable? La respuesta es negativa. Ahora bien, si no se actúa con rapidez y decisión el horizonte de Europa es el de una recesión-estancamiento permanente a la japonesa o, peor, una depresión.

Aunque los tipos de interés fuesen cero o incluso negativos, no hay límites a la expansión monetaria que un banco central puede realizar. En tanto haya activos en la economía que se puedan comprar con dinero y el instituto emisor esté dispuesto a proporcionar la liquidez adicional precisa para ello, su poder expansivo mantiene toda su efectividad. De hecho puede influir sobre los precios de todos los activos porque ninguno de ellos viene sólo determinado por los tasas de interés a corto. En el caso de Europa, esto significa que si el BCE considera real, y lo es, el peligro apuntado en el párrafo anterior adoptase una política de flexibilización cuantitativa similar a la practicada por la Reserva Federal norteamericana y centrada en suministrar liquidez ilimitada a la deuda pública y a los bancos.

Sin duda, esa estrategia plantea algunos interrogantes. Entre otros, la creación de una situación de riesgo moral, esto es, que una política monetaria laxa desincentive a los Estados a introducir las medidas de austeridad presupuestaria y de reformas estructurales imprescindibles y además desencadene una carrera alcista de la inflación. Esto es cierto pero no cabe otra opción. En las presentes circunstancias de Europa, la mezcla de una estrategia fiscal restrictiva con una monetaria del mismo signo es letal y además condena al fracaso las medidas de austeridad presupuestaria y de reformas estructurales. Aquí y ahora, la UE no tiene un problema de inflación sino una situación “desesperada” de liquidez-solvencia que necesita acciones “desesperadas”. Otra cuestión es cómo se articula la estrategia de salida de una acción monetaria de esta naturaleza.

¿Una política de flexibilización cuantitativa desencadenaría un proceso inflacionario? En las actuales circunstancias de Europa, la respuesta es negativa. La crisis que asola en Viejo Continente no tiene su origen en el hundimiento de la demanda interna provocado por una restricción de la liquidez, sino en un problema de solvencia de los bancos, de los Estados, de las familias y de las empresas provocado por el pinchazo de la burbuja financiera e inmobiliaria. Por tanto, inyectar liquidez para evitar el desplome del sistema financiero no crea tensiones inflacionarias en el corto y en el medio plazo.


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