Liberalia

Paz, piedad y perdón

El cambio de las denominaciones de calles en Madrid, promovido por el actual equipo de gobierno de la capital de España no es algo baladí. Es la expresión de la voluntad de una parte de la izquierda española de agrietar el pacto de la Transición que se sintetiza en una idea: el cierre de las heridas abiertas por una cruenta guerra civil y por la dictadura del General Franco. La iniciativa representa el espíritu de la ruptura frente al de la reforma que hizo posible convertir España en una democracia y el intento, por parte de algunos, de ganar ideológicamente el conflicto que enfrentó a los españoles hace más de setenta años. Cuando España se encamina hacia la segunda década del siglo XXI, este tipo de planteamientos suponen un ejercicio tragicómico y frívolo ajeno al sentimiento mayoritario de la sociedad española que apostó por la reconciliación nacional, por un país sin vencedores ni vencidos.

Cierta izquierda está empeñada en borrar de la faz de la tierra hispana la memoria de unos y en reivindicar la de otros

Cierta izquierda está empeñada en borrar de la faz de la tierra hispana la memoria de unos y en reivindicar la de otros como si los representantes del bando perdedor en la contienda fratricida tuviesen una indiscutible primacía moral sobre quienes la ganaron. La moderna historiografía ha demostrado con una notable contundencia que el final de aquella lucha incivil no se hubiese traducido en la instauración de un régimen democrático. Los sectores moderados de las dos partes en beligerancia fueron arrumbados por los radicales a medida que aquella avanzaba y nadie dudaba que su final conduciría de manera inevitable a la configuración de un sistema autoritario gestionado bien por la izquierda bien por la derecha. Esta es la triste pero terca realidad, reflejada en los testimonios de prohombres republicanos, entre ellos, por quien era la encarnación viva de la II República, D. Manuel Azaña.

Desde el retorno de la democracia han desaparecido de la mayoría los lugares públicos españoles la casi totalidad de los nombres que simbolizaron la Dictadura. Sin embargo, ese mismo movimiento ha estado acompañado por la concesión de plazas, placas, calles, parques, monumentos o avenidas a personalidades que desempeñaron un papel decisivo en acontecimientos abiertamente contrarios a la legalidad democrática, léase la revolución de Asturias para derrocar al gobierno legítimo de la República; que amenazaron de muerte, ejecutada dos días después, en el Congreso de los Diputados al líder de la oposición monárquica, caso de la Pasionaria o impulsores directos del asesinato a sangre fría de miles de ciudadanos, Santiago Carrillo en la masacre de Paracuellos del Jarama. Cabría extender los ejemplos hasta casi el infinito pero no merece la pena.

Cuando la aniquilación callejera se refiere a los escritores, el sectarismo resulta grotesco

Cuando la aniquilación callejera se refiere a los escritores, el sectarismo resulta grotesco. El insigne poeta Rafael Alberti dirigió la famosa cheka del Círculo de Bellas Artes en la que se liquidó a un buen número de “derechistas”. Agustín de Foxá no mató ni a una mosca como no lo hizo Miguel Hernández a pesar de sus loas a Stalin o D. Pedro Muñoz Seca o Azorín quien respaldó desde el inicio el alzamiento militar o Marañón, Ortega o Pérez de Ayala que se exiliaron y apoyaron a los nacionales ante lo que consideraban la deriva fatal hacia el totalitarismo comunista de la República liberal por la que habían luchado. ¿A cuántos de ellos hay que suprimir del escenario público? ¿Con qué criterios?   

Desde esa perspectiva, un simple ejercicio de equidad supondría juzgar a todos por el mismo rasero y, puestos a hacerlo, despojar de sus “honores” a cuantos estuvieron implicados en aquel terrible drama. Con una brutalidad extraordinaria, nacionales y republicanos acudieron a las armas para defender su ideal de España. Si se opta por repartir credenciales de héroes o de villanos a los participantes en aquella tragedia, el  ejercicio es imposible porque está sujeto sólo a criterios de naturaleza subjetiva, esto es, a las preferencias ideológicas de cada cual. Pero aquí y ahora, el hecho diferencial es que una parte de la izquierda española se siente identificada con el pasado y muestra una lamentable predisposición a buscar en él sus señas de identidad y la inspiración para su acción política. Un ejemplo emblemático de esta actitud es la candidatura que encabezó la actual alcaldesa de Madrid en las últimas elecciones municipales.

Determinada izquierda recurre a revivir aquel espantoso episodio para arrogarse una especie de superioridad moral frente a un adversario que no existe

La Dictadura franquista durante su larga existencia vivió, entre otras cosas, de una vileza: explotar el miedo a la guerra civil, a un nuevo enfrentamiento entre los españoles. En estos momentos, determinada izquierda recurre a revivir aquel espantoso episodio para arrogarse una especie de superioridad moral frente a un adversario que no existe, frente a un mundo desaparecido. Nada queda de nostalgia del franquismo en la derecha española. No ha logrado abrirse camino en las urnas ninguna opción política que reivindique su legado. Tampoco nadie se reclama heredero de los vencedores, porque todos perdimos entre 1936 y 1975 las libertades y muchos de nuestros padres y abuelos la vida. En los votantes de los principales partidos democráticos se mezclan los descendientes de las dos Españas.

La renuncia a la revancha fue el ánimo que hizo posible el gran acuerdo nacional que supuso la Transición, a partir del cual se abrió el más largo período de libertad y de prosperidad conocido por España. Frente a los crímenes de un bando, siempre es posible contraponer los del otro; frente a las prácticas antidemocráticas de éstos cabe apostillar las de aquellos en una interminable y estéril letanía. Podemos y sus altavoces utilizan con demasiada frecuencia una retórica que rememora la utilizada en la España de los años treinta del siglo pasado, un lenguaje ‘guerracivilista’ impropio de una democracia liberal como lo es la española. Es la única formación política que parece no haber olvidado nada ni aprendido nada. Le guste o no, la Sra. Carmena es solidaria o prisionera de un enfoque contrario a la concordia.

Hay que recordar el discurso de D. Manuel Azaña el 18 de julio de 1938. A ver si se enteran  

En este contexto hay que recordar el discurso de D. Manuel Azaña el 18 de julio de 1938 que terminaba así: “...cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones...que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído magníficamente por una ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón”. A ver si se enteran...

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Fotografía: ataque sobre posiciones rebeldes en Somosierra, 1936. Mueseo Nacional Centro de Arte Reina Sofía


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