Liberalia

Al Borde del Precipicio...

El panorama de la economía española en vísperas de las elecciones generales del 20-N presenta tintes dramáticos. Desde el tercer trimestre de este año, España se ha adentrado en una senda recesiva cuya duración e intensidad es imprevisible. El déficit público se situará en 2011 alrededor del 8 por 100 del PIB, dos puntos por encima del proyectado por el gobierno. Una parte sustancial del sistema banca-cajas y de las Administraciones territoriales está al borde de la insolvencia. El desempleo alcanza cotas muy elevadas y sin perspectivas de disminución en el corto y en el medio plazo. Para complicar el escenario, la Eurozona se enfrenta a una crisis de deuda soberana que ha agravado los problemas de liquidez-solvencia de las entidades de crédito y ha puesto en cuestión la propia supervivencia de la unión monetaria. Si España no ha sido intervenida, ello se debe a dos razones: primera, el coste de la intervención es demasiado grande; segunda, la confianza de los mercados en que un nuevo gobierno haga los deberes. Dicho esto, estamos al borde del precipicio...

Cuatro años después del inicio de la mayor crisis de su historia económica contemporánea, el diagnóstico es claro: Todo está por hacer. Para evitar una hecatombe, el próximo gobierno de la nación deberá impulsar de manera simultánea tres medidas: un drástico programa de reducción del binomio déficit-deuda; una estrategia de saneamiento-reestructuración del sistema financiero y una radical liberalización de los mercados, en especial del laboral, para recuperar la competitividad perdida, crecer y generar empleo. Ahora bien, el éxito de una política de esta naturaleza no dependerá sólo de su contenido y alcance, sino también de la rapidez con la que se ponga en marcha. España vive en tiempo de descuento y, por tanto, la credibilidad y la confianza concedida por los mercados al gabinete del PP se volatilizarán vertiginosamente si no se abordan los problemas con rapidez. La lógica de esta afirmación es inapelable.

Sin el recorte del endeudamiento del sector público será imposible liberar recursos para la inversión y el consumo privado. Sin limpiar y recapitalizar las instituciones financieras es impensable reactivar los flujos de crédito a las familias y a las empresas. Sin liberalizar los mercados de factores y de productos es inviable relanzar el crecimiento, la creación de puestos de trabajo y la competitividad. En otras palabras, la estrategia a desplegar constituye un todo compacto en el que acciones parciales o progresivas son insuficientes para superar la fase de recesión-estancamiento en la que se ha instalado la economía española. Aunque esta terapia es imprescindible para salir del túnel, no basta. La evolución del panorama internacional es crítica para estabilizar la escena económico-financiera y retomar la senda de la recuperación.

¿Por qué esa afirmación? La respuesta es doble. Por un lado, la Eurozona está en una posición de riesgo sistémico por la confluencia y concatenación de tres shocks: La crisis de deuda soberana que ha agravado los problemas de liquidez-solvencia de sus sistemas bancarios y las restricciones estructurales al crecimiento existentes en la muchos países de la UE, sobre todo, en los periféricos. Si este puzle diabólico no se resuelve en breve plazo, Europa se verá inmersa en un escenario de consecuencias inimaginables. Por otro, el gabinete entrante precisará recursos para sanear y reestructurar su mecanismo de medios de pago y para rescatar de la bancarrota a una porción significativa de sus Administraciones Territoriales. Con los mercados financieros cerrados, la aversión al riesgo de los inversores y una dinámica de consolidación fiscal en curso, los fondos precisos para acometer esos dos procesos deberán proceder de los organismos multilaterales, llámense FMI, UE o de una combinación de ambos.

Esa asistencia exterior es imprescindible para garantizar el éxito del programa de ajuste y de reformas durante el período que transcurre entre su entrada en vigor y la salida de la crisis. Sin duda, la mejora de las expectativas de las familias, de las empresas y de los inversores producida por un nuevo gobierno comprometido con la ortodoxia macro y microeconómica ayudará pero los problemas acumulados son de tal magnitud que el giro positivo de las perspectivas no asegura la oferta de liquidez necesaria para financiar la fase de transición desde la estabilización de la economía hasta la consolidación del crecimiento. En este contexto es importante señalar un punto.

La coyuntura actual no guarda parangón con la existente en 1996. Entonces, el endeudamiento de las economías domésticas era bajo, el sistema financiero estaba intacto y el mundo crecía. Ahora, la escena es la contraria. Por todo ello se abre una etapa de sangre, sudor y lágrimas cuyos frutos tardarán en materializarse aunque el gabinete del PP haga las cosas de libro, como diría un castizo.


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