La Tribuna de Miquel Vallelado

Los Gremlins y el “procés” catalán

A nadie se le escapa que, durante las últimas décadas, ha existido en Cataluña cierto movimiento o corriente de pensamiento independentista. Un colectivo de actividad más bien discreta, o si lo prefieren marginal, que ha estado formado tradicionalmente por un porcentaje muy reducido de la sociedad catalana. El cuerpo central de esa sociedad, constituido por un amplio colectivo de pacíficos y sonrientes gremlins, navegaba sin rumbo en un lago llamado “catalanismo”, sobre cuyas plácidas aguas nunca se había hecho ademán claro de querer alterar la armonía reinante. El día a día se circunscribía a pan y Barça, y sólo crecía la excitación ocasionalmente debido a la pesca de algún pez, que se arrojaba de inmediato dentro del legendario (y hoy tan denostado) “cove”.

Lo de ahora, que ha pillado a contrapié a propios y extraños (incluyendo al propio gremlin Artur Mas, supuesto muñidor del sarao) no es un crecimiento natural de ese minoritario y apolillado movimiento independentista. Nada crece de forma natural a estas velocidades. No, el problema ha surgido de un inesperado y brusco cambio clímático en el hermoso oasis donde se ubica el plácido lago. A fuerza de lluvia y más lluvia, los antaño pacíficos gremlins han terminado empapados. Y ya sabemos todos, o al menos los que tenemos una cierta edad, lo que sucede cuando un gremlin se moja.

Fuera del oasis catalán también llueve desde hace tiempo. En realidad diluvia por todas partes. Y la tierra firme se ablanda

Ha llovido mucho, en efecto, y durante demasiado tiempo. Las primeras borrascas llegaron ya en época de Zapatero, y por ahora no se le ve fin al meteoro: crisis económica, corrupción, luchas fratricidas, desplantes, malentendidos, gesticulaciones, búsquedas de rédito político a corto plazo, y –gracias o por culpa de ello- promesas oportunistas de un Edén que pasa por amputar Cataluña de la península, más o menos a la altura del Ebro. Traumática cirugía tras la cual se da por sentado que los problemas que ha acarreado tanta lluvia se quedarán en la vieja tierra firme, y en la nueva isla todo será miel y ambrosía.

El caso es que una creciente masa de gremlins, arruinada, asqueada y acogotada por mil y una urgencias, ha encontrado en la gestión del problema llevada a cabo por Rajoy y los suyos la humedad adicional necesaria para culminar el fenómeno de metamorfosis. Y es que Rajoy no se ha conformado con bailar la danza de la lluvia, sino que ha logrado, por acción u omisión, agitar las aguas del lago hasta hacer zozobrar las embarcaciones de los alborotados duendecillos. Mientras, el PSOE ha asistido al naufragio con un estoicismo digno de la orquesta del Titanic.

Por lo pronto, después de que los gremlins mutados salieran a la calle el 9-N en busca de Bob Esponja; de las largas colas, el alboroto, los selfies, los tweets y el despliegue mediático de rigor, de momento podemos estar relativamente tranquilos: no habrá ningún efecto jurídico porque en este singular referéndum no sólo las urnas eran de cartón. Pero cuidado: nada es gratis, ni siquiera los simulacros. No bajen la guardia los que crean que esto es una fiebre local y pasajera -las mutaciones son difícilmente reversibles-, y anoten en su agenda, con letra clara, la palabra “Podemos”. Y es que fuera del oasis catalán también llueve desde hace tiempo. En realidad diluvia por todas partes. Y la tierra firme se ablanda.


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