OPINIÓN

Los Estados recrudecen el liberticidio

En los últimos meses se están sucediendo las malas noticias para la libertad de expresión y para el secreto de las telecomunicaciones. Y no sólo en China o Rusia, sino también en Alemania o Gran Bretaña. Los Estados, con independencia de su color ideológico, están recrudeciendo el liberticidio.

Los Estados recrudecen el liberticidio.
Los Estados recrudecen el liberticidio. Teresa García

El pasado 28 de julio, el presidente ruso Vladimir Putin firmó nuevas leyes, muy controvertidas porque le dan una nueva y fortísima vuelta de tuerca a la censura en Internet. Una de ellas, que entra en vigor en agosto, hace que los servicios de mensajería instantánea como WhatsApp, Telegram y similares deban identificar los números de teléfono de cada usuario e impedir la creación de diversas cuentas o identidades simultáneas. Lo que el régimen busca es que todo mensaje emitido en un grupo, en un canal abierto o en una conversación privada esté vinculado a la identidad de un ciudadano concreto. La otra medida principal firmada por Putin, cuya vigencia comenzará el 1 de noviembre, establece duras prohibiciones al uso de redes privadas virtuales (VPN por sus siglas en inglés) y de cualquier otro sistema de anonimización de la navegación.

En gran parte del mundo occidental se está recrudeciendo la campaña de la “izquierda” contra la libertad de expresión, campaña que en general había sido más propia de la “derecha”

La propia agencia oficial RIA Novosti explicó, unos días después de la firma presidencial, que el objetivo es impedir toda forma de visita anónima a contenidos online. El gobierno ruso se cree con derecho a saber quién ve qué contenido, a seguir prohibiendo los contenidos que quiera y a convertir en delincuente a cualquier ciudadano ruso que los visite. La lista negra gestionada por la “Gestapo de Internet” rusa, Roskomnadzor, va a crecer con esta nueva ley al incorporar todo tipo de proxies y redes empleadas habitualmente por los rusos para burlar la insidiosa censura estatal.

En China, la llamada policía de Internet del Ministerio de Seguridad Pública inició el 3 de agosto una batida de inspecciones al azar que obliga a los sitios web a identificar y reportar las identidades de sus visitantes, y a los proveedores de acceso a facilitar los documentos de identidad requeridos. El sistema chino es un protocolo de intercambio obligatorio de información al que están sometidos los sitios web, y que en principio es inadvertido por los usuarios.

En un lamentable acto de colaboracionismo, Apple capituló en julio y retiró de su tienda china las apps que servían para eludir los filtros y controles de la dictadura. Edward Snowden ha criticado duramente a Apple por esta actitud tan servil ante el comunismo chino: “Apple, que tanto bien ha hecho a la seguridad y la privacidad de los usuarios de Internet en el pasado, ayuda ahora activamente a la censura y eso conculca los Derechos Humanos”. Para febrero de 2018 se prevé erradicar todas la VPN que permiten a los usuarios chinos saltarse la infame “Muralla Electrónica China”, el filtro masivo que el régimen comunista aplica a los contenidos de Internet.

La generación “millenial” está resultando ser más proclive al orden establecido y al control estatal, aunque reclama mayor autonomía personal en ámbitos como el laboral o el familiar

En China y Rusia, las autoridades están particularmente alarmadas por las opciones de emitir vídeo en directo a través de aplicaciones y redes sociales. Como mínimo, aspiran a identificar plenamente al emisor. Probablemente han observado con preocupación cómo algunos regímenes con un poder coercitivo menor que el suyo, por ejemplo, el venezolano, han sufrido el impacto de esta nueva y maravillosa capacidad ciudadana de, prácticamente, hacer televisión.

Pero más preocupante, por tratarse de Alemania, es el allanamiento policial de los domicilios de treinta y seis personas el pasado mes de junio, para buscar en sus ordenadores y dispositivos móviles contenidos políticamente incorrectos y considerados como incitadores del odio. Da igual qué contenidos fueran, quiénes fueran los “odiadores” y quiénes los “odiados”: se vulneró derechos supuestamente escritos a fuego en el orden jurídico occidental, como la inviolabilidad del domicilio o el secreto de las comunicaciones. En junio, la intelectual progresista Laura Beth Nielsen abogaba en Los Angeles Times por promulgar normas de censura contra contenidos “de odio”, y no fue un artículo aislado: en los Estados Unidos y en gran parte del mundo occidental se está recrudeciendo la campaña de la “izquierda” contra la libertad de expresión, campaña que en general había sido más propia de la “derecha”. Qué conservadora se ha vuelto la “izquierda”, o qué inútiles son ya los términos “izquierda” y “derecha”, cuando en realidad ambas son lo mismo: puro estatismo, puro autoritarismo.

Todos terminaremos usando la Deep Web y plataformas anónimas incontrolables para navegar, para relacionarnos o para intercambiar, cobrar y pagar productos, servicios y archivos

Dentro y fuera de Internet, los británicos ya no van a poder publicar anuncios que “perpetúen los estereotipos de género”, según ha decretado el correspondiente comité. Curiosamente, entre los contenidos que se va a prohibir en Gran Bretaña estarán aquellos en los que un hombre fracase realizando tareas domésticas. Hasta ese nivel de finura hilan los ingenieros sociales orwellianos que santifican el adoctrinamiento sociocultural (da igual en qué dirección) y se disponen tan ufanos a implementarlo. También en Gran Bretaña, hace poco se condenó a una persona a un año de cárcel simplemente por publicar un mensaje antirreligioso en Facebook.

¿Qué nos está pasando? La revista libertaria Reason apuntaba a finales de julio que, en parte, esta involución ya inocultable de la percepción ciudadana sobre la libertad de expresión y de comunicaciones podría verse impulsada por la cultura hegemónica dentro de la generación llamada millenial. Según va creciendo, esa generación está resultando ser más proclive que las anteriores al orden establecido y al control estatal, mientras reclama, en cambio, la máxima autonomía personal en ámbitos como el laboral o el familiar. Mayoritariamente abducidos por las fantasías del cuerno de la abundancia socialdemócrata, que vivieron durante su infancia —en etapas alcistas del ciclo económico—, parte de los millenials podrían estar cayendo de nuevo, ingenuamente, en los errores de hace ya unas cuantas generaciones: fortalecer el control sociocultural y la autoridad central que lo ejerce, sin comprender las ramificaciones.

Pero hay buenas noticias. Una: la siguiente generación, la llamada “generación Z”, parece revolverse contra esa tendencia, aunque aún es pronto para sacar conclusiones. Y dos: la propia evolución de la tecnología de la información sobrepasa cualquier tendencia y cualquier estrategia de control estatal. Rusos y chinos, pero también alemanes y británicos, y nosotros, terminaremos usando la Deep Web y plataformas anónimas incontrolables para navegar, para relacionarnos o para intercambiar, cobrar y pagar productos, servicios y archivos. Adiós, Estado.


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