La tribuna de Juan Pina

Pues que quiebre Abengoa

Dice Luis de Guindos que “debemos hacer un esfuerzo para que mejore Abengoa”. Pues ya sabes, majo, haz tú el esfuerzo. Hala, a comprar acciones. Ah, que se refiere a obligarnos a los demás a hacer ese esfuerzo. Este es el socialismo de derechas o el conservadurismo de izquierdas, este es el Partido Popular. Llevamos cuatro años aguantando un gobierno que ha pisoteado el libre mercado, ha subido cincuenta veces los impuestos, ha gobernado para los lobbies y los cárteles regulatorios y ha rescatado a la banca más politizada —las infames cajas de tan ingrato recuerdo— con el dinero de nuestros impuestos y con el prestado por Europa. El Ejecutivo popular, comandado por un burócrata de registros públicos, un político profesional que no sabe nada de economía ni mucho menos de empresa, ha contribuido a falsear el capitalismo como sus antecesores: sustituyendo el orden espontáneo de infinidad de agentes económicos descoordinados por un juego amañado para beneficio de unos pocos: un casino donde el Estado es la banca y los ministros son los croupiers, y donde la ruleta está amañada y las barajas tienen tantos jokers como el gobierno decida guardarse bajo la manga ancha de su insidioso intervencionismo. El falso capitalismo de Estado, el mercantilismo más abyecto, se ha enseñoreado de un ecosistema económico piramidal, jerarquizado, estratificado de forma inmutable. En nuestros grandes índices bursátiles siempre vemos a las mismas empresas, hasta el aburrimiento, porque de la misma manera que en España hay poca movilidad social, también hay muy poco movimiento empresarial. Cómo le gustaban a José María Aznar los grandes champions nacionales, y cuánto los promovió, cuaderno azul en mano. Cómo le gustaban también a Felipe González, aunque los piropeara menos en público.

Este gobierno ha pisoteado el libre mercado, ha subido cincuenta veces los impuestos, ha gobernado para los

lobbies y los cárteles regulatorios y ha rescatado a las cajas

Se diría que España es la Corea del Sur europea, pero no por los muchos aspectos positivos de ese país, sino por el menos afortunado: el inmovilismo del pseudocapitalismo chaebol y su estrangulamiento de la economía. Como allí, aquí siempre tenemos los mismos bancos, las mismas energéticas, las mismas marcas y las mismas grandes corporaciones en los sectores más relevantes y sobre todo en los “estratégicos”. Estratégicos, sin duda, para la aristocracia directiva —que no empresarial, emprender es otra cosa— de la gran empresa ajena a los auténticos procesos de mercado, próspera solamente gracias al concubinato con los gobernantes y a las regulaciones que hacen de nuestra sociedad un mercado cautivo al que se puede dar impune y continuadamente malos servicios a precios altos. En este panorama de estancamiento, en esta película tediosa que no es más que una sucesión de fotos fijas, todo está atado y bien atado, y quien ata y desata es una reducida élite estato-corporativa, político-empresarial o como queramos llamarla. La puerta giratoria no es sino el icono más burdo de una alianza profunda, no para que nada cambie, sino para que los cambios sean leeeeeeentos y todos los miembros de la casta salgan indemnes o beneficiados. No hay dinamicidad y, sin ésta, en realidad no hay mercado. No, no tenemos capitalismo, señores de Podemos. Y qué injusto resulta escuchar encima a la izquierda cuando protesta por un supuesto capitalismo que sólo existe en su imaginación. Esto no es capitalismo, señoras y señores, esto es una economía dirigida, intervenida, planificada, e impuesta a una sociedad asfixiada de estamentos compactos, gobernada por un Estado todopoderoso. Aquí, si se reúnen en un garaje tres chavales inteligentes nunca será para emprender juntos y hacerse ricos satisfaciendo los deseos y necesidades de millones de personas, sino para pasarse los apuntes de las oposiciones a tal o cual negociado estatal y terminar cobrando un sueldecito algo superior a la media, sin satisfacer deseo ni necesidad alguna sino las obligaciones grises que el Estado impone a los sufridos ciudadanos.

Ahora que el PP se enfrenta ya a su último mes de gobierno, ahora que con toda seguridad caminamos hacia un gobierno aún más intervencionista y socialdemócrata, sea cual sea la coalición o el pacto de legislatura que resulte del 20-D, los peperos no quieren despedirse del público de cualquier manera. Parecen decididos a que su mutis sea tan memorable como lo han sido sus cuatro años de gobierno estatista. Y por eso, en sabia alianza pro natura con la Junta de Andalucía (otros socialistas, igual que ellos), coquetean con la idea de obligarnos a todos a rescatar a Abengoa. Las palabras de Luis De Guindos sobre las dificultades extremas que atraviesa esa empresa son absolutamente intolerables en un ministro de Economía. Un ministro realmente liberal en lo económico jamás cedería al chantaje repulsivo de la banca expuesta a Abengoa, ni le preocuparía la deuda de esa empresa con el Estado, sencillamente porque no existiría tal deuda.

Si no se salva a la frutería de la esquina, tampoco hay que salvar a Abengoa. Si el frutero pierde su inversión, el accionista de Abengoa y el acreedor de Abengoa

En una economía libre, si un gran grupo de empresas quiebra, no pasa nada. La economía es un proceso espontáneo en el que millones de empresas grandes y pequeñas surgen, crecen, se fusionan, se dividen, y en muchos casos desaparecen. Cuando una gran empresa quiebra, libera recursos humanos de calidad que son de utilidad en el mercado, y genera oportunidades de negocio que ocuparán otras empresas. El Estado no pinta nada en ese proceso, ni tiene la menor legitimidad para manipularlo obstaculizando el desenlace natural de los acontecimientos. Igual que el Estado jamás debería crear empresas, ni impulsar con el dinero de todos a las existentes, tampoco está para salvarlas de la mala gestión ni de la coyuntura. Si no se salva a la frutería de la esquina, tampoco hay que salvar a Abengoa. Si el frutero pierde su inversión, el accionista de Abengoa y el acreedor de Abengoa, también. Es muy bueno que quiebre de vez en cuando alguna Abengoa. Y mucho mejor sería que tuviéramos, también en el estrato más alto de nuestro pseudocapitalismo, muchos y frecuentes movimientos rápidos y decisivos: grandes fusiones y divisiones, grandes éxitos y grandes batacazos. Si no se da ese dinamismo, que marca la salud de una economía en constante movimiento, es porque en realidad tenemos muy poquita economía de verdad, y mucho Estado.


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