La tribuna de Juan Pina

Los perros y los collares

El Partido Popular cometió un error inmenso para sí y para el país cuando, a partir de su XVI Congreso (Valencia, 2008), reforzó su adscripción al consenso socialdemócrata generalizado, bien por pragmatismo, al entenderlo como una tendencia irreversible de la sociedad, o bien porque en el fondo lo compartía. Esto último no puede extrañar a nadie: el PP bebe de fuentes como el humanismo democristiano, el rancio conservadurismo social, un marcado nacionalismo y los últimos vestigios de la doctrina autárquica e intervencionista del régimen anterior, adaptados ya al marco democrático. En este contexto, la huella ideológica de los escasos liberales del PP (tibios liberal-conservadores, en realidad) ha sido sencillamente irrelevante. Cualquier posición remotamente liberal se ha cortado de raíz, percibida como una temeridad.

Mariano Rajoy, particularmente alineado con la visión menos liberal, menos capitalista, menos pro-individuo y más pro-Estado de todas las que convergen en su partido, ha dado una vuelta de tuerca más en esa misma dirección desde el Palacio de la Moncloa. Pese a haber ganado las elecciones de 2011 con una amplia mayoría absoluta y con el mandato de cumplir un determinado programa, ha ejecutado el opuesto gobernando como si fuera un primer ministro socialdemócrata europeo, y no precisamente de los más moderados. Su voraz política fiscal, el montorato, ha saqueado sin piedad las fuentes de producción de riqueza, estrangulando a las clases medias, a las pymes y a los autónomos mientras gobernaba para beneficio de los grandes oligopolios. Al mismo tiempo, su política de libertades civiles ha sido una sucesión de despropósitos que ha mermado nuestra soberanía personal.

Rajoy ha ejecutado un programa opuesto al que le llevó al poder, gobernando como si fuera un primer ministro socialdemócrata europeo, y no precisamente moderado

¿Ha valido la pena este giro? ¿Dónde está la percepción social de la tan cacareada recuperación, más allá de las consignas que dicta Moncloa y propaga Marhuenda? ¿Dónde está el éxito final del PP tras la pirueta socialdemócrata? ¿La ha comprendido y disculpado el electorado, agradecido ante los supuestos logros? ¿Dónde está la regeneración ética anunciada, cuando las más firmes sospechas de corrupción señalan de forma directa al propio presidente? No ha habido nada de eso. Lo que hay es un enfado superlativo, inédito, una grieta tan profunda en la confianza como para llevar a infinidad de votantes, otrora fieles, a repudiar definitivamente al Partido Popular, y a preferir lo que sea, literalmente.

Si en época de Rodríguez Zapatero teníamos un mapa político típicamente europeo —salvo por la ausencia de un partido liberal—, compuesto por una formación de centroizquierda socialdemócrata, otra de centroderecha democristiana y una de izquierda marginal sin poder, hoy tenemos a tres partidos (PP, PSOE y Ciudadanos) que compiten por un espacio común de centroizquierda socialdemócrata sin más matices que los meramente estéticos, y un nuevo partido de izquierda dura con la mayor cuota de poder desde 1978. Este cambio del marco general es obra, al menos en parte, de los sesudos estrategas de Rajoy.

Los problemas del PP no se arreglan poniendo ahora distintos collares a los mismos perros, ni ascendiendo a algún cachorro para que la jauría siga igual. El problema es el perro principal, el alfa. Mariano Rajoy ha transformado el PP en un partido a su medida pero ni en sus mejores sueños podría salvarlo porque él es su mayor lastre. ¿Podría el partido haberse desembarazado de ese lastre? En agosto de 2013, mientras la oposición de izquierdas pedía su dimisión al revelarse sus indignos mensajes de texto a Luis Bárcenas, los liberales libertarios apuntábamos en cambio a otra salida, viable en otros regímenes parlamentarios: su sustitución por parte del Grupo Popular de la cámara baja. Ese cese habría podido salvar in extremis al PP sacrificando a Rajoy, y por extensión habría frenado la deriva del sistema en su conjunto hacia más estatismo. Pero en España la solución que defendíamos sonaba a política-ficción. ¿Cómo iba a sustituir al premier su propio grupo? Habría sido inédito, porque en realidad el parlamento no existe. Los grupos son meras correas de transmisión de las camarillas dirigentes de cada partido. Los diputados, tristes marionetas.

Si Esperanza Aguirre se hubiera escindido en Valencia, hoy la bisagra necesaria para los populares sería su partido y no el de Albert Rivera, pero no tuvo agallas

La partitocracia mantiene a Rajoy al frente del gobierno, y el extremo cesarismo interno —casi equiparable al de los partidos únicos de los países totalitarios— le confiere un poder omnímodo en el PP. La ruina de ese partido es obra de él, sí, pero con el concurso imprescindible de toda su élite, ese coro de estómagos agradecidos que le ha mantenido al mando y ha tolerado o compartido su papel en el caso Bárcenas, su fuerte desviación programática, su giro socialdemócrata, su saqueo tributario, su recorte de libertades y su estatismo delirante, haciéndose todos ellos colaboradores necesarios de esa deriva para mantener sus parcelas de poder y presupuesto, sus coches oficiales, tal vez sus sobres.

Sí, todos han sido cómplices del desastre y ninguno puede ahora escurrir el bulto, incluyendo a Esperanza Aguirre. Invitada a marcharse durante el congreso de Valencia, pudo haber saltado para constituir un partido algo más liberal, llevándose decenas de diputados y alcaldes. Hoy la bisagra necesaria para los populares sería ella y no Albert Rivera. Pero si entonces no tuvo agallas, hoy no le valen llantos. Se le ha pasado el arroz, y su salida de la primera línea política por la puerta trasera de Cibeles es el precio que ha terminado pagando por malbaratar el liberalismo y asociarlo espuriamente a un partido tan antiliberal como el PP. Qué bien empleado le está a ella, y cuánto aciertan los que creen al conjunto del PP merecedor de la misma suerte que corrió la UCD. Algún día la reseña wikipédica de estos cuatro años perdidos nos contará la etapa de un tal Mariano Rajoy, un político gris de talla menor, de tránsito, apenas recordado, que hundió su partido, retrocedió hacia el estatismo en todos los terrenos y facilitó el corrimiento del mapa político entero en esa misma dirección, asfaltando así la carretera morada que nos llevó hacia la podemización de esta desdichada sociedad. Enhorabuena, campeón, este es tu legado.


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