La tribuna de Juan Pina

La nueva dicotomía política

Al analizar la política o la economía solemos recurrir a los conflictos más consolidados en el imaginario popular: “nacional-global”, “privado-público”, “tradición-modernidad” o el sempiterno “izquierda-derecha”. Este último, pese a su total obsolescencia, goza de buena salud entre las grandes masas. Para comprender por qué se resiste a morir debemos recordar que la dicotomía juega un papel importante en nuestra organización mental de la realidad, sobre todo cuando se trata de asuntos que no son vitales para el observador. Es una cuestión de inconsciente economía de esfuerzos. El diccionario de la Real Academia define la dicotomía, entre otras acepciones, como un “método de clasificación en que las divisiones y subdivisiones solo tienen dos partes”. Cuando el observador tiene un interés directo en una cuestión, admite la proliferación de matices y excepciones. Ante una cuestión de vida o muerte, aceptará gran cantidad de derivaciones y recovecos. Pero para las cuestiones que entiende menores, ese mismo observador empleará la dicotomía, que es un método burdo e impreciso de clasificar las cosas, pero económico y funcional en tanto no se perciba la necesidad de profundizar en la materia. Blanco o negro, bueno o malo… izquierda o derecha.

Las nuevas capacidades del individuo, sin parangón en la historia humana, chocan irremediablemente con la estructura jerárquica de nodos de autoridad, que era el modelo social asumido

Como la gran mayoría de los ciudadanos cree secundaria la política, apenas va más allá de los clichés generalizados y de las dicotomías sencillas al clasificarla. Así, la simpleza de dividir en dos el mapa político sigue vigente, y el manido dial que va de la extrema izquierda a la extrema derecha pasando por el centro resulta cómodo a los profanos. Naturalmente, las élites políticas beneficiarias de esta escala ramplona la perpetúan. Solamente las personas con más interés en la ciencia de la polis rechazan esa inoperante simplificación y emplean mecanismos más complejos, como el mapa elaborado por el politólogo David Nolan en 1971, que por lo menos permite situar las ideologías, partidos y programas en un plano.

Pero algo está cambiando deprisa. Hoy recupera importancia el enfrentamiento irresuelto y siempre latente entre libertad y autoridad. Es un conflicto transversal a todos los mencionados al principio y a cuantos otros podamos identificar al observar la realidad social, económica o política. Resurge a causa de un desarrollo nuevo que altera su equilibrio: la revolución tecnológica, sobre todo en materia de comunicación y cooperación entre las personas. Las nuevas capacidades del individuo, sin parangón en la historia humana, chocan irremediablemente con la estructura jerárquica de nodos de autoridad decreciente, que era hasta hace muy poco el modelo social asumido por casi todos, con independencia de sus corrientes ideológicas.

La interacción entre los individuos cada vez está menos sujeta a una cadena de autoridades superiores. Con unos costes de interacción prácticamente nulos y sin distancias ni demoras, la vieja red social descentralizada va dando paso a una red social distribuida, una malla donde todos los individuos son potencialmente conectables de forma directa, sin pasar forzosamente por nodos intermedios. Esto está transformando los dos procesos esenciales de la sociedad: la cultura y el mercado. Por más que los viejos nodos intenten mantener su poder y embridar estos procesos, la acción espontánea de millones de personas es más fuerte y revienta sus corsés, con frecuencia inconscientemente. La tecnología nos lleva a una cultura y a una economía cada vez más asentadas en la lógica P2P (del inglés peer to peer, “de igual a igual”), y sus expresiones prácticas van desde el consumo colaborativo hasta las cibermonedas y la financiación participativa, y desde el intercambio anónimo de archivos hasta la aparición de micropymes trasnacionales, porque las fronteras de los Estados son uno de los muchos nodos de paso felizmente confinados en el museo.

En un lado están todos los que aspiran a regentar un Estado grande y poderoso, en el otro quienes aspiramos a reducirlo a su mínima expresión

Hay, por supuesto, quienes caen en el pesimismo tecnológico y rechazan el futuro que se deriva de este cambio en la topología de la red social. Suelen coincidir con aquellos que añoran una sociedad enmarcada por las falsas seguridades de lo “oficial”. Son los inmovilistas y conservadores de cualquier color político, los beneficiarios del orden jerárquico y de los nodos de paso, los ingenieros sociales que se creen con derecho a articular la sociedad, esculpir la cultura y dirigir la economía. Perciben con desasosiego esta rápida evolución hacia lo que consideran un sindiós, un caos en el que se desvanece el orden jerárquico que articulaba su paradigma social. Pero frente a ellos hay un conjunto aún difuso de personas que también responden a sesgos, estilos y clichés muy dispares, pero que coinciden en favorecer la consolidación de un mundo más horizontal y desjerarquizado. En su expresión política, el primero de estos dos bandos está representado en todo el mundo por los partidos convencionales de “izquierdas” y de “derechas”, que juegan aún con las reglas de la vieja red social. El segundo, por los libertarios que vemos con esperanza la nueva red. El primer campo es el de todos los que aspiran a regentar un Estado grande y poderoso, y el segundo es el de quienes aspiramos a reducirlo a su mínima expresión para la liberar al individuo humano. El primero es lo que conocemos hoy como política, al segundo podríamos llamarlo contrapolítica.

Los medios de comunicación estadounidenses —sobre todo tras el fenómeno político de Ron Paul, y ahora con la presentación de la candidatura presidencial de su hijo Rand— ya dividen con frecuencia a los políticos en authoritarian o libertarian, e incluyen tanto a demócratas como a republicanos en una u otra categoría, dependiendo de sus posiciones ante cada cuestión. Emerge un nuevo parteaguas, una nueva clasificación sencilla para consumo general. Divisorias como “conservador” y “progresista” o “derecha” e “izquierda” van quedando atrás. Y por minoritario que sea todavía el libertarismo políticamente organizado, ya es una de las dos opciones que se disputan el futuro: un orden dirigido o un orden espontáneo. Y los libertarios tenemos muy claro de qué lado estamos en la que sin duda es ya la nueva dicotomía política, la dicotomía entre autoridad y libertad.


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