La tribuna de Juan Pina

La monarquía compiyogui

Cuando los siete padres de nuestra constitución se encerraron en el Parador de Gredos para redactar, con pluma solemne y gesto grave, el futuro de las siguientes generaciones, tuvieron sin duda días de fértil creatividad. ¿Qué digo fértil? ¡Exuberante! Dicen las malas lenguas que mucho ayudó a aquel ilustre taller literario algún anónimo camarero fumeta que, después del cordero, les dio el cambiazo en los poleos y les puso otra hierba más interesante. O tal vez fuera alguna limpiadora que, compinchada con el primero, dopó los ambientadores con el polvillo de ciertos hongos mexicanos. Queda para los historiadores esclarecer lo sucedido y desvelar, en su caso, la identidad de tan discretos impulsores de nuestro actual cachondeo. Podremos así otorgarles un merecido lugar en el panteón de nuestros próceres, reivindicándolos, tal vez, como los tíos de la Constitución del 78.

El texto constitucional quedó trufado de guiños al surrealismo. Muchos fueron lamentables, como la escasa protección de la propiedad privada

En cualquier caso, el texto constitucional quedó trufado de guiños al surrealismo. Muchos fueron lamentables, como la escasa —tendente a nula— protección de la propiedad privada, del carácter no confiscatorio de los impuestos, de la separación de poderes, de la aconfesionalidad del Estado o de la sujeción de los parlamentarios al mandato de sus electores. Otros, en cambio, fueron divertidos, como la estupidez esta de que para repetir una elecciones deba pasar, entre pitos y flautas, medio año desde las anteriores. No está mal la cosa, porque a gobierno débil, sociedad fuerte. Esto lo saben bien los belgas, que se pasaron en funciones varios capítulos y, oiga, funcionaron mejor que nunca: bajó el paro y creció la economía porque, en realidad, no hay nada como que los políticos estén enredados en lo suyo —en lo de disputarse el botín— y mientras tanto nos dejen en paz. Mano de santo.

En el circo de Gredos, a dos mil metros de altitud, abunda la cabra montés, noble bóvido que sin duda inspiró el circo vecino de aquellos siete magníficos. Con tan simpáticas musas bajaron al teatro, y así parieron el título segundo, pero aquella parida ya no fue surrealista. Fue dadá. Mientras en el resto del mundo iban desapareciendo las monarquías, en España la restaurábamos. Poco importó que la forma de Estado republicana, en cualquiera de sus mil variantes, se hubiera consolidado ya como el estándar internacional de organización política, y que las monarquías vestigiales europeas se hubiesen transformado, en realidad, en repúblicas con monarca de pega, postizo —decorativo no, ¿eh?, porque decir que los Windsor decoran sería faltar a la estética—. El título constitucional en cuestión se escribió a la medida del octavo pasajero, el que no viajó personalmente a Gredos, claro, pero disfrutaba del poder que Franco le había dejado atado y bien atado: Juan Carlos I el campechano, el machote de la calle Sextante, el terror de los elefantes africanos y de las osas gestantes de los Cárpatos, el amigo-escudo de nuestros empresarios menos ejemplares.

Por si no era bastante la instauración, ya en las postrimerías del siglo XX, de una función política hereditaria, los escribanos de Gredos no tuvieron empacho en discriminar a los sucesores por edad y sexo. También dispusieron que, si se extinguen todos los borbones —toque madera el lector, no caiga sobre nosotros semejante desgracia—, habrá que seleccionar otra familia “conveniente”, no vaya a pasársele a alguien por la cabeza proclamar la república. Otra gracieta de los de Gredos fue conferirle al monarca una grave responsabilidad in vigilando sobre los matrimonios de sus vástagos. Sin comentarios. Previeron, por otro lado, que la reina careciera de funciones constitucionales (ahí sí estuvieron bien: se ve que aquel sospechoso poleo les provocó una visión premonitoria de la consorte actual). El artículo 60 contiene una discriminación tan boba como injusta a los españoles nacidos en el extranjero (muchas gracias, por la parte que me toca). Sobre el 62 se ha hablado mucho, ya que deja en manos del monarca importantes atribuciones en caso de vacío legal o de crisis constitucional. Quizá eso explique el presunto intento de Rajoy de hacerle convocar nuevas elecciones sin pasar siquiera por la investidura. La propia descripción inicial del puesto resulta excesiva para un rey de adorno: “arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones”. Pero lo que ya es directamente bochornoso es el 56.3 al eximir de toda responsabilidad a una persona. Así, en general. Desde luego, Juan Carlos I supo cumplir con tan extravagante disposición, alcanzando en su senectud un nivel de irresponsabilidad ciertamente memorable.

La monarquía murió el 18 de abril de 2012 con la patética disculpa del rey en el hospital San José, y desde entonces es una institución zombi

En general, todo el título segundo responde a una lógica premoderna, impropia de nuestro tiempo. Ya lo era en Gredos, pero se escribió al dictado y se metió en un pack plebiscitario con el resto de la carta magna. A los españoles de 1978 se les obligó a tragar con la monarquía asustándoles con el regreso de la dictadura o con una república como la del 36. Los que alcanzamos la mayoría de edad más tarde nunca hemos podido optar por una república como la suiza o la estadounidense. Al principio, la monarquía ayudó a la campaña de relaciones públicas que tuvimos que hacer para reinsertarnos en la comunidad internacional. Pero después se fue degradando entre secretos a voces, hasta que por fin cayeron las mordazas. La monarquía murió el 18 de abril de 2012 con la patética disculpa del rey en el hospital San José, y desde entonces es una institución zombi. Pocos se han tragado la versión oficial de las cosas de palacio: que Felipe y Letizia son de otra pasta, nada que ver con el emérito ni con el duque empalmado. Ya… Los mensajes de los reyes a López Madrid son una filtración interesada, obra quizá de los servicios secretos, que no están precisamente en funciones. Pero son reales, nunca mejor dicho. Y revelan una querencia hacia personajes poco ejemplares que parece heredada junto al trono. La monarquía compiyogui es la misma monarquía campechana con nuevo maquillaje. Nada ha cambiado en La Zarzuela, sólo son todos más viejos, como vieja —totalmente vintage— se nos ha quedado la mediocre constitución de Gredos.


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