OPINIÓN

¿Quién impulsa el populismo?

Al tirar de los hilos siempre se llega a los mismos ovillos. Los movimientos populistas de extrema izquierda y de extrema derecha responden a una estrategia de subversión del orden occidental, basado en el capitalismo de libre mercado y en la evolución liberal de los últimos siglos.

¿Quién impulsa el populismo?
¿Quién impulsa el populismo? Gtres

“Un fantasma recorre el mundo actual: el fantasma de los movimientos radicalmente antilibertarios, que compiten entre sí para ver cuál consigue desmantelar más rápidamente las instituciones de la Libertad”. Así comenzaba en diciembre pasado el ensayo de Tom Palmer para la revista Policy Report del prestigioso Cato Institute, de Washington. Para Palmer, los populismos de extrema izquierda y de extrema derecha, que escenifican una oposición frontal entre sí, están en realidad mucho más interconectados de lo que parece. Yo también lo creo. Lo están por la similitud y la raíz común de sus ideas, y también por las trazas de su financiación y por los apoyos geopolíticos profundos.

Los populismos de extrema izquierda y de extrema derecha, que escenifican una oposición frontal entre sí, están en realidad mucho más interconectados de lo que parece

Al tirar de los hilos siempre se llega a los mismos ovillos. Quienes se oponen al mundo moderno —inspirado en el avance de las libertades económica y personal desde el Renacimiento, primero en Occidente y después en todo el mundo—, quienes lo entienden desbocado y falto de orden, disciplina y jerarquía, no dudan en apoyar con cada vez mayor determinación y generosidad a cuantos movimientos puedan carcomerlo desde dentro. Si para ello hay que otorgar carta de naturaleza política a los émulos y herederos de Lenin, cien años depués de 1917, pues lo hacen sin empacho aunque su agenda sea otra. Todo les vale para socavar el sistema político-económico capitalista, desde el mantenimiento de la amenaza que suponen regímenes comunistas tan abyectos como los de Cuba, Venezuela o Corea del Norte, hasta la inducción de movimientos populistas de extrema izquierda como Podemos o Syriza en el interior de las sociedades occidentales. Pero en el fondo, los apoyos más sinceros son los que prestan, al mismo tiempo, a los movimientos equivalentes con estética de derecha nacionalista y etnorreligiosa, desde el Jobbik húngaro al Frente Nacional francés.

En realidad, el enfoque de los poderes anti-Libertad para acabar con la llamada pax americana y sustituir al Globocop estadounidense por un gendarme más duro, es un enfoque pragmático a corto plazo: todo lo que erosiona, sirve. A largo plazo, ya arbitrarán un fusionismo entre antilibertarios teóricamente opuestos. No es ciencia ficción: ya lo lograron los camaradas falangistas y los muchachos peronistas. Los movimientos que llamamos “extrema izquierda” y “extrema derecha”, no es que se toquen, es que comparten una zona de intersección inmensa. Es que ambos derivan del colectivismo o socialismo, encarnado políticamente en el Estado máximo, o total. Sus dirigentes más cultivados y sus ideólogos lo saben y lo callan. Y llegado el momento, lo aprovechan.

Lo que une a la extrema derecha y a la extrema izquierda es la aversión a la Libertad y el anhelo de un orden planificado, no espontáneo, que implica un Estado todopoderoso

Las diferencias más notables entre las ramas de estética izquierdista y de estética derechista, dentro de esa gran corriente colctivista común, han sido debidas a la cosmovisión pseudorracionalista de la primera y religiosa de la segunda, y también a la visión internacionalista de la primera y nacionalista de la segunda. Pero esas diferencias se están difuminando por la propia evolución liberal y libertaria del mundo desarrollado. Si las elucubraciones místicas ya no tienen cabida en ese debate, si además ambas ramas comparten un insufrible intervencionismo ante bastantes cuestiones morales, y si la globalización ya es un factor asumido como inevitable hasta por sus críticos más feroces, no cabe duda de que el resultado es un refuerzo de las sinergias entre estas dos subcorrientes estatistas. Seguramente el ochenta o noventa por ciento de su programa inmediato es compatible (véase el parecido entre el programa de Podemos y el del FN francés). A largo plazo, ese porcentaje baja pero no se desploma. Lo que les une es más que lo que les separa. Y lo que les une es la aversión a la Libertad y el anhelo de un orden planificado, no espontáneo, que implica un Estado todopoderoso.

Hay que recordar cómo, cuando implosionó la URSS, los conservadores más recalcitrantes de Occidente defendían los restos del régimen porque temían mucho más una situación de atomización del poder, incluyendo la bendita fragmentación territorial, que habrían impedido desde fuera si hubieran podido. Un cuarto de siglo más tarde, miran de nuevo a Rusia, les agrada lo que ven y quieren importar esa medicina y administrárnosla a la fuerza. Nuestros conservadores extremos, nuestros nacionalistas de Estado, nuestros “socialistas de derechas”, nuestros tradicionalistas etnocéntricos enfrascados en nuevas guerras de religión, coinciden en sacrificar gustosos la posición geopolítica del mundo occidental a cambio de que nos guíe a todos alguien que imponga los valores “correctos” y nos “ayude” a desandar el acertado camino occidental de los últimos siglos: comercio y capitalismo de libre mercado, libertad individual, movilidad social, confinamiento del hecho religioso al ámbito privado, interrelación transfronteriza y paulatina disolución de la idea de nación, equiparación de la mujer al hombre, liberación moral de la persona, liberación de las ataduras supersticiosas contra la ciencia, avance de las tecnologías. Es todo eso lo que hizo del mundo occidental un caso de éxito extremo único en la historia, que el resto de nuestra especie emuló para avanzar, incluyendo a quienes hoy se aprestan a “salvarnos” de la modernidad emergida del consenso liberal clásico.

No podemos superar el estatismo regresando a formas de Estado aún más tiránicas. No podemos superar las disfunciones del mundo moderno imponiendo a estas alturas el tradicionalismo

Hoy, enfrentada a nuevos retos y apoyada en una revolución tecnológica sin precedentes, la humanidad tiene que superar ese consenso y, sobre todo, su espantosa deriva socialdemócrata de las últimas siete décadas, que ha agigantado los Estados. Pero eso no puede confundirse de ninguna manera con una vuelta atrás, con un regreso a antes de la Ilustración, a antes del liberalismo, a antes de la emancipación del individuo humano frente a los poderes que le constreñían y vendaban sus ojos con la tela tosca y áspera del oscurantismo. Tenemos que mirar adelante, al libertarismo, no al pasado de hambre y opresión del que Occidente supo desprenderse. No podemos superar el estatismo regresando a formas de Estado aún más liberticidas. No podemos superar las disfunciones del mundo moderno restaurando a estas alturas el tradicionalismo e imponiéndolo desde el Estado. No podemos resolver las imperfecciones, errores y contradicciones del liderazgo euronorteamericano aceptando ingenuamente los problemas infinitamente más graves que, sin lugar a dudas, se derivarían de cualquier hegemonía geopolítica alternativa en el mundo actual.


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