La tribuna de Juan Pina

El drama de las 06:45

Es un día laborable y son las 06:45 de la mañana. En las autopistas de acceso a la gran ciudad, la congestión del tráfico es extrema. Si las condiciones atmosféricas acompañan, una “boina” venenosa se cernirá implacable sobre la población. En los coches, los conductores somnolientos tienen tan pocos reflejos como ganas de estar ahí. Hartos de avanzar y detenerse cada pocos metros, enseguida comprenden lo que pasa cuando la parada supera lo habitual: más adelante ha habido un accidente, como casi todos los días. Si encima caen cuatro gotas, el caos puede doblar el tiempo de viaje hasta el lugar de trabajo. Por su parte, los usuarios de transporte público soportan en las horas punta un alto nivel de hacinamiento además de las incomodidades propias del medio y de los transbordos requeridos en cada caso, muchas veces aguantando el frío, el calor o la lluvia. ¿Es necesario todo esto, en plena era de las tecnologías de la información?

Los individuos estamos más interconectados de forma remota que en cualquier época pasada, y prácticamente todos tenemos un espacio de trabajo personal en casa

Los individuos estamos más interconectados de forma remota que en cualquier época pasada. Lo estamos por texto, audio y vídeo, de forma instantánea y simultánea donde quiera que estemos, y prácticamente todos tenemos un espacio de trabajo personal en nuestros hogares, con conexión a Internet. Y sin embargo nos obstinamos en recorrer decenas de kilómetros dos veces al día para desarrollar nuestro trabajo compartiendo un espacio físico común, con el consiguiente coste para las empresas por metro cuadrado de oficina y de equipamiento. Nos empeñamos en ver menos a la familia y en alimentarnos con comida recalentada en el microondas de la oficina o con los menús del día de los restaurantes de comida rápida cercanos. Y dedicamos entre una y dos horas y media cada día a desplazarnos, tiempo que podría invertirse de mil maneras más productivas. Por ejemplo, un trabajador medio que acuda a su puesto de trabajo doscientos veinte días al año y viva a unos cincuenta minutos del mismo, bien podría emplear esas trescientas setenta horas en hacer un master… ¡cada año! O, visto de otra manera, si el tiempo despilfarrado en transportarse se repartiera entre empresa y trabajador, éste ganaría en calidad de vida y aquélla tendría más tiempo útil de su empleado, eso sí, a distancia.

Obviamente, hay infinidad de puestos de trabajo que por su propia naturaleza requieren la presencia física durante la totalidad del horario. Pero hay también muchos otros, seguramente más de un tercio, en los que bastaría mantener dos o tres reuniones presenciales de coordinación al mes. No muchas más, porque “las reuniones son tóxicas”, como nos alertan Jason Fried y David Hansson en Rework, el libro que lleva ya unos años revolucionando la concepción misma del trabajo en esta nueva etapa tecnológica, y de cómo y dónde realizarlo. Hoy los documentos viajan normalmente por la red, y cuando se da la circunstancia infrecuente de que alguno deba hacerlo físicamente, existen las empresas de mensajería. Por su parte, los compañeros de trabajo, los subordinados y los jefes, se encuentran a un clic de distancia en la pantalla de cualquier teletrabajador, durante las horas laborables. Las empresas deberían invertir más en espacio virtual, en “nubes” propias bien securizadas, y menos en el costoso espacio físico de oficinas ubicadas en zonas representativas.

Mientras el teletrabajo avanza a buen ritmo en países más desarrollados y menos refractarios al capitalismo de libre mercado, a las nuevas tecnologías y a la revolución organizacional que éstas comportan —países que generalmente presentan una mayor productividad y, al mismo tiempo, menos horas de presencia física incluso en los puestos de trabajo convencionales—, en España y en otros países latinos seguimos siendo presas fáciles del presentismo. Esto tiene mucho que ver con la débil ética del trabajo que se deriva de nuestro sustrato cultural, y con el consiguiente temor a la picaresca. Ese temor es entendible, desde luego, pero el posible fraude del teletrabajador ya está plenamente superado por herramientas de control y verificación que hacen el “escaqueo” tan difícil o más para él que para el trabajador presencial. Además, el resultado le delataría irremediablemente.

Hoy los sindicalistas son dinosaurios, y lo son también los empresarios que aún miden el trabajo de sus empleados por las horas que se pasan calentando asiento

No deja de ser curiosa la actitud de los sindicatos, que a veces abogan con la boca pequeña por el teletrabajo pero en realidad se cuentan entre sus más feroces enemigos. Saben, en el fondo, que el teletrabajo allana el camino hacia un mercado laboral y hacia una organización de la economía que funcionarán en red distribuida. Esto es justamente lo opuesto al viejo sistema de grandes centros físicos de trabajo altamente jerarquizados. En esos centros prosperó la privilegiada función representativa del sindicalista, sobre todo en situaciones de mucho menor nivel cultural de los representados. Hoy los sindicalistas son dinosaurios, como lo son también los empresarios o directivos que aún miden el trabajo de sus empleados por las horas que se pasan calentando asiento, o aquellos que satisfacen su vanidad con salas repletas de empleados —empleados que se entorpecen sin querer unos a otros al ejecutar tareas que harían mejor y más rápido desde sus espacios domésticos de trabajo—. Lo que importa es el resultado del trabajo hecho, no dónde se haga. A los “agentes sociales” se les llena la boca con la palabra “conciliación” pero siguen provocando el drama estúpido de las 06:45. Y nuestro país se va quedando atrás en esto, como en tantas otras cosas.


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