La tribuna de Juan Pina

El día después de la socialdemocracia

En 1944, el economista Friedrich August von Hayek dedicó “a los socialistas de todos los partidos” su conocida obra Camino de servidumbre. Fue a la vez una constatación y un pronóstico, porque en las décadas siguientes se acentuó a este lado del Telón de Acero la coincidencia de las principales fuerzas políticas en torno a una socialdemocracia amplia, se llamara como se llamara cada partido. Ya en los ochenta, Ralf Dahrendorf acuñó el término “consenso socialdemócrata” para referirse al marco general de la política europea. Hoy cabe preguntarse si el modelo de socialdemocracia generalizada y transpartita sigue vigente

A los europeos se nos vendió como el colmo de lo moderno y sofisticado un sistema de altísimos impuestos y de profunda injerencia del Estado en la sociedad

A los europeos se nos vendió como el colmo de lo moderno y sofisticado un sistema de altísimos impuestos y de profunda injerencia del Estado en la sociedad, en la cultura y por supuesto en la economía. Las sociedades europeas se hicieron adictas al gran hermano omnipresente y omnipotente, que se rebautizó como Estado-providencia o Estado del Bienestar, porque su misión ya no era proteger la libertad, la propiedad y el orden público sino “proveer bienestar” como si dispusiera de un cuerno de la abundancia

Pero, tras el final de la Guerra Fría, el paraíso terrenal de Olof Palme se fue revelando poco a poco como una ficción insostenible. Amortizado, al menos en el terreno práctico, el conflicto entre un marco de libertades y otro de socialismo “real”, desaparecía una de las justificaciones del modelo socialdemócrata europeo, esa supuesta posición intermedia entre la economía de Moscú y la de Washington. A finales de los noventa y principios del nuevo siglo, los países nórdicos, donde la socialdemocracia se había llevado al extremo, fueron renunciando a ella con reformas muy profundas. Esa noticia no parece haber llegado a los colectivistas españoles, pues siguen repitiendo machaconamente sus cantos al ejemplo sueco liquidado hace tanto tiempo. Si Suecia tuvo que desandar lo andado fue porque, como adelantada que era en la senda socialdemócrata, fue también la primera en comprender que el final de ese camino era un callejón sin salida

Dos son los grandes problemas que hoy amenazan de muerte al sistema. Uno es cultural y el otro es económico. El primero es el cambio cultural que cabe esperar del fortísimo empoderamiento del individuo por las nuevas tecnologías. La socialdemocracia se justificaba en gran medida por la supuesta necesidad de poner en común los recursos y escoger políticos que los emplearan de manera justa y eficiente. Era la lógica de la escasez, y de unas sociedades organizadas en redes descentralizadas para gestionarla. Pero hoy vivimos en una sociedad global organizada en red distribuida para gestionar lo contrario: la abundancia, es decir, la multiplicidad y la simultaneidad de datos, opciones, información, conocimiento.

En un mundo donde la tecnología va devolviendo al individuo la capacidad de tomar sus propias decisiones, pierde sentido que los políticos y funcionarios decidan por nosotros

En esta realidad, los nodos de paso obligatorio propios de la vieja red van disolviéndose, y muchas decisiones que antes eran necesariamente colectivas pueden individualizarse. El individuo recupera la capacidad de tomar sus propias decisiones, compatibles con las que otras personas tomen en direcciones distintas. Ya no “hace falta” que los políticos y funcionarios decidan por todos un camino común. La solidaridad con el necesitado, la eterna excusa, tampoco se sostiene ya: en la medida en que deba garantizarla el Estado, se puede resolver mediante mera compensación financiera (cheque escolar o sanitario, fondo de aporte a la capitalización privada para la vejez, etcétera). La gente intuye con razón que una porción enorme del aparato estatal carece ya de justificación en el paradigma social y cultural derivado de la tecnología actual, y que si continúa proliferando es para beneficio de la casta política y de sus beneficiarios directos, no del resto de la sociedad.

El segundo problema, el otro gran boquete en la línea de flotación de la socialdemocracia, es la insostenibilidad económica. El juego keynesiano de una economía-deuda distorsionada por el Estado tiene los días contados. La sociedad está descubriendo que la ciclotimia económica de supuestos booms y dramáticas recesiones es una progresión geométrica, y que cuestionarla no es un capricho agorero de los economistas de la Escuela Austriaca. Esta crisis ha sido muy dura, y es razonable preguntarse cómo será la siguiente si volvemos a incurrir en un nuevo auge artificial, en otra belle époque como la de las décadas anteriores. Aunque muchos adictos al sistema, de los más diversos colores políticos, coinciden en exigir la inducción estatal del mismo error, son cada vez más quienes comprenden ya que la próxima caída puede ser letal, y que es necesario salir de la dinámica de ciclos. Lo que está en cuestión es la legitimidad misma del endeudamiento permanente y de la manipulación monetaria, consustanciales al paradigma socialdemócrata.

El día después de la socialdemocracia sólo habrá dos opciones: regresar a modelos aún más estatistas o emprender el camino realmente renovador, el camino de vuelta desde la servidumbre

El fin de la socialdemocracia se olfatea en la calle y se descuenta en la academia. Las élites estatistas intentan frenarlo a cualquier precio. Aquí y en otros países surgen partidos nuevos para sustituir a los más vetustos y disfrazar la socialdemocracia agonizante con un nuevo look más moderno. Pero al final, el consenso estatista es incapaz de seguir poniendo tiritas a sus grietas. Y el día después de la socialdemocracia, sólo habrá dos opciones: o regresar a modelos aún más colectivistas, remozando ideologías que ya tuvieron su oportunidad y terminaron en los libros de historia, o, por el contrario, emprender con resolución el camino libertario, el camino de vuelta desde la servidumbre que Hayek denunció. 


Fotografía: Jorge Lascar. Sección del Muro de Berlín en Potsdamer Platz (Berlín, Alemania). Las letras pintadas en blanco dicen "Este es el primer hueco realizado en el muro de Berlín".


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