La tribuna de Juan Pina

Los conservadores de la socialdemocracia

Durante los años de la glasnost y la perestroika se solía denominar “conservadores” a los inmovilistas del régimen, es decir, a los comunistas más comunistas, al aparato de estómagos agradecidos y vanidades satisfechas que, como pasa en cualquier sistema decadente, oponía una resistencia feroz al cambio porque amenazaba sus privilegios de casta —a la casta en cuestión se la denominaba nomenklatura— y ponía en riesgo, también, su arquitectura de valores, ideas y planteamientos. Igual que al búnquer franquista en los años de nuestra Transición, a aquellos comunistas tan conservadores les asustaba que todo cambiara, que se implantara otro sistema y otro marco de valores y que ellos se hubieran equivocado de rumbo durante una vida entera. Es normal, es humano, que para muchas personas resulte insoportable saber que los mitos en los que basaron toda su acción durante décadas eran incorrectos y terminaron arrinconados, condenados a los libros de historia.

Ya puede hablarse hoy de un “conservadurismo de la socialdemocracia”, como lo hubo del franquismo o del comunismo soviético, o de tantos otros sistemas

Friedrich von Hayek argumentó magistralmente que el conservadurismo es sobre todo inmovilismo, y que su combustible es el temor al cambio. “Virgencita, virgencita, que me quede como estoy”, como dice el conocido chiste. El conservador, en cualquier sistema, es quien se aferra a la intuición de que es más seguro seguir más o menos igual, administrando el cambio con cuentagotas. No son pocos los conservadores pragmáticos que en realidad no promueven los viejos valores, el statu quo y la tradición por férrea convicción personal, sino porque piensan que la gente, la sociedad, debe ser sujetada mediante esos mecanismos, ya que sería peligroso dejarla evolucionar de forma libre, espontánea y rápida. El conservadurismo, como todas las demás formas de colectivismo, es pura ingeniería social. El conservador quiere esculpir la sociedad tanto como lo quiere el socialista. Sólo varía el estilo de la escultura, su pose, sus ropajes. El conservador aprecia el orden por encima de cualquier otro fin, y quiere imponer desde el Estado un conjunto de valores, imprimiendo para ello en la sociedad los mitos correspondientes. Uno de ellos es invariablemente la nación. Igual que para el colectivismo de izquierdas es esencial la igualdad económica a cualquier precio, para el colectivismo de derechas resulta crucial el mito nacional. Después, en la práctica, todos los regímenes colectivistas echan mano de los mitos eficientes del otro campo. Así, los conservadores se hartarán también de hablar de “justicia social”, sobre todo la rama democristiana; y la izquierda más izquierda también invocará el mito nacional cuando le dé la gana (véase el patriotismo delirante de la izquierda latinoamericana o el nacionalismo trasnochado que caracterizaba a los regímenes comunistas europeos, o el discurso de las CUP catalanas).

Lo interesante es que ya puede hablarse hoy de un “conservadurismo de la socialdemocracia”, como lo hubo del franquismo o del comunismo soviético, o de tantos otros sistemas. El régimen imperante en el Occidente desarrollado no es otro que esa socialdemocracia. Todos los partidos sistémicos son en realidad diferentes marcas electorales de la socialdemocracia generalizada. Se simula una pluralidad que ya es de risa. Todos coinciden en esas grandes cuestiones que les gusta llamar “de Estado” (la palabra “Estado” genera tanta reverencia en los conservas y sociatas como repulsión entre los libertarios). Esa coincidencia ha ido creciendo década a década, ampliando así la zona de intersección entre los dos grandes partidos del sistema, el de centroizquierda tipo PSOE, Labour o SPD y el de centroderecha tipo PP, Tories o CDU. En infinidad de cuestiones han terminado por ser intercambiables. Las diferencias han terminado por ser estéticas. Cuando la izquierda británica se suma al belicismo de Washington, o la derecha española te sube los impuestos cincuenta veces en una legislatura… ¿hay derecha, hay izquierda? Lo que hay es sistema. Y marcas aparte, poses aparte, el sistema es uno. Y es colectivista, y es bastante correcto definirlo en general como socialdemócrata.

Hoy los conservadores son, sencillamente, los que detectan nubarrones en el horizonte de la socialdemocracia sistémica, generalizada y transpartita

Hoy los conservadores de ese sistema son, sencillamente, los que detectan nubarrones en el horizonte de la socialdemocracia generalizada y transpartita, siempre en el largo plazo, al intuir que su lógica económica es incorrecta y hace insostenible el sistema entero, como pasó en el caso del comunismo; y al percibir también que la socialdemocracia es incompatible con la evolución cultural derivada del nuevo paradigma tecnológico. Y como buenos conservadores, se asustan al comprender que las cosas van a cambiar, que el futuro no está en el Capitolio sino en Silicon Valley, que las sociedades van a ser menos estamentales y lo importante van a ser los individuos, y que las redes de estos (en la empresa, en la cultura, en todo) van a ser espontáneas, configurando una malla distribuida ajena a la planificación política, por lo que ya no se podrá esculpir la sociedad: su evolución será tan ágil e imprevisible que resultará fútil tratar de controlarla y encauzarla. Para un ingeniero social, sea conserva o sociata, lleve palestino al cuello o polo rosa con cocodrilo, esta es una noticia pésima que le pone los pelos de punta. “¿Cómo…? ¿Qué no vamos a poder decidir nosotros de forma organizada los valores imperantes y su traslación normativa…? ¿Qué desde los cenáculos de la buena sociedad o desde los comités de las organizaciones de clase no podremos influir en todo esto, y las cosas irán por libre? ¿Qué es este sindiós, esta anarquía…?”, se escandalizan hoy con gesto contrito los conservadores de la socialdemocracia, echándose las manos a la cabeza. Y se entienden bien entre ellos: los del PSOE con los del PP, los del PP con los del PSOE; y ambos incluso con los advenedizos recién llegados al oligopolio partitocrático, como Podemos o Ciudadanos, que por supuesto son nuevas pieles de la misma serpiente socialdemócrata. Frente a todo ello hay un mundo nuevo rascando ya con insistencia el cascarón del huevo. La eclosión de un sistema basado en la libertad deberá conducir necesariamente a sociedades más abiertas, a individuos más autónomos y responsables, a una economía y una cultura espontáneas, a mucho menos Estado.

_____________

Imagen: Perestroika sello de correos, 1988. De Andrei Sdobnikov


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba