OPINIÓN

Vencer el temor

Defender la Libertad es jugar con todo en contra, nos dice Héctor Ñaupari en “Liberalismo es libertad”. Vencer el temor es la clave para ganar tan desigual batalla, porque el temor es el combustible del estatismo.

Vencer el temor.
Vencer el temor. Mauro Mora

El intelectual peruano Héctor Ñaupari presentó la semana pasada en Salamanca uno de sus libros más recientes, Liberalismo es libertad. Ñaupari es uno de los referentes actuales más importantes de la otra intelectualidad latinoamericana. Esta otra intelectualidad no suele salir en TeleSur, ni la patrocina el régimen de Caracas, ni es lugar común y frecuente en los discursos de nuestros activistas de la izquierda europea. Esta otra intelectualidad reivindica, precisamente, el intelecto y la racionalidad, y por lo tanto no convalida la deriva emocionalmente impulsada hacia el colectivismo latinoamericano. América Latina es un subcontinente pendular, que hace unas décadas nos horrorizaba por la tiranía de las juntas militares de extrema derecha y ahora nos horroriza por la tiranía de los regímenes populistas de extrema izquierda. El péndulo parece empeñado en evitar el punto medio de su recorrido. Los extremos no es que se toquen, es que son uno solo y apenas varían en la estética y la simbología.

La pluralidad ideológica sigue midiéndose por la escala falaz de izquierdas y derechas, pero lo que hay es estatistas y no estatistas. Es decir, autoritarios y libertarios. Y lo demás es 'atrezzo'

En su libro, Ñaupari traslada el llamamiento del liberalismo y, particularmente, de la economía austriaca, a los jóvenes de hoy. Les dice lo siguiente: “como defender la Libertad siempre es jugar con todo en contra, es indispensable para no perdernos en la apatía, la derrota o, peor aún, en el cinismo extravagante del francotirador intelectual, la otra cara de la falsa moneda de aquella arrogancia fatal que desbarranca a nuestros adversarios”.

La premisa del autor es cierta. En efecto, defender la Libertad es jugar con todo en contra. Qué bien lo saben cuantos comparten esta causa tan noble como ingrata. Es tenerlo todo en contra porque es tener en contra a casi todos. La inmensa mayoría de los seres humanos, incluso cuando se autoperciben como partidarios de la Libertad, no pueden evitar matizar esa posición de mil maneras. Pero en realidad sólo cabe un matiz a la Libertad: no invadir la de otro. Lo demás ya son constructos alambicados que se introduce en la cuestión para dulcificar el liberticidio y para eludir la culpa de coadyuvar a su imposición.

El estatista nos quiere temerosos y desconfiados para erigirse en nuestro salvador porque no le basta que le obedezcamos a la fuerza: necesita que le legitimemos

La arrogancia fatal que señala Ñaupari amplifica los ecos de la certera denuncia que en su día hiciera el Nobel de Economía Friedrich August von Hayek. Esa arrogancia es el problema de fondo que induce a tantos a abrazar en diverso grado el estatismo. Y su otra cara es la de la confianza en nosotros mismos como individuos y como especie, porque la arrogancia siempre es hija de la desconfianza, de la inseguridad, del temor irracional que por un lado nos hace esclavos y por otro esclavistas. Es ese temor cegador y criminógeno del que nos alertaba Ayn Rand hace ya muchas décadas.

Sin confianza en el ser humano es difícil que florezca la libertad. Si todos creemos que todos somos lobos para los demás, y que sólo los más cercanos no lo serán para nosotros, se sigue que los acuerdos libres son papel mojado, que la fuerza más descarnada es el único lenguaje y que la única ley es la ley de la selva. Y a partir de ahí se sigue también la necesidad de un poder superior, incuestionable, cuasidivino, que nos salve de nosotros mismos y de nuestros semejantes. Siguiendo la misma trayectoria, a ese poder, a ese dios implacable, habremos de sacrificarle gustosos nuestra Libertad y hasta nuestra Razón, por no ser más que un bagaje superfluo y peligroso. Todo ese recorrido de ideas constituye el itinerario lógico de la metaideología hegemónica: el estatismo. Es la médula espinal de muchas ideologías, tanto democráticas como totalitarias, aparentemente enfrentadas entre sí. Cumplimos este mes cien años de la Revolución Rusa y poco parece haber cambiado en el terreno de las ideologías: su pluralidad sigue midiéndose por una escala falaz, la de las izquierdas y las derechas, cuando en realidad lo que hay es estatistas (casi todos) y no estatistas. Es decir, autoritarios y libertarios. Y lo demás es atrezzo.

Hay un orden superior al de los políticos y los burócratas, infinitamente mejor que el de los comités de supuestos sabios de los Estados, y ese orden es el espontáneo

El estatismo se basa en el miedo. En el miedo a la Libertad. En el miedo a nosotros mismos y a nuestros semejantes. Explotando el miedo, el hechicero de la tribu se imponía a los demás integrantes. El bruto de la misma tribu se alió con el hechicero y le dio la fuerza de la que carecía, recibiendo a cambio la legitimación de su violencia. De la alianza entre el hechicero y el bruto nació el Estado. Su mayor éxito histórico ha sido conseguir que gran parte de los súbditos lo consienta (como mal menor o como ideal) y lo imponga a los demás en abierta conculcación de la soberanía individual, que se pisotea sin el menor miramiento.

El estatista nos quiere temerosos y desconfiados para erigirse en nuestro salvador porque no le basta que le obedezcamos a la fuerza: necesita que le legitimemos, necesita lo que Ayn Rand llamaba la sanción de la víctima. Los estatistas hablan de un supuesto contrato social en el que los gobernados sancionan (convalidan, avalan) la potestad del gobierno. De esa fábula mendaz y mediocre, mucha peor que las de Esopo, se deriva gran parte de nuestro bóvido cautiverio agradecido, que perpetúa a su vez este orden impuesto.

Los herederos de los liberales en este nuevo siglo —es decir, los libertarios—, entroncamos con la tradición liberal de los siglos precedentes pero no podemos detenernos para contemplarla, sino que debemos seguir avanzando. Debemos resistirnos tanto al estatismo de derechas como al de izquierdas —vanas diferencias de matiz— para afirmar que hay un orden mejor que ese. Hay un orden superior al de los políticos y los burócratas, infinitamente mejor que el de los comités de supuestos sabios de los Estados, y ese orden es el espontáneo. Es el orden que surge de la interacción descoordinada de millones de planes individuales y grupales en un marco regido por esa ley de las partes que son los acuerdos voluntarios y conscientes entre seres soberanos de sus vidas, siempre en ausencia de coerción. Y a ese orden es al que llamamos Libertad.


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