OPINIÓN

Soñar América

La aberrante pretensión de expulsar a casi ochocientos mil jóvenes plenamente arraigados, los conocidos como dreamers, no hará a América “grande otra vez” sino mucho más pequeña. América es inconcebible sin el sueño americano.

Soñar América.
Soñar América. Jenna Day

Los llamados dreamers son cerca de setecientos noventa mil jóvenes plenamente arraigados en los Estados Unidos, pero no le caen bien a su presidente. La semana pasada, Trump firmó el primer paso para su expulsión. Llegaron siendo niños o adolescentes, llevan una vida normal y regresarían a países que ya no son el suyo. Debido a su edad, son quizá los inmigrados que mejor han asimilado la lengua predominante, la cultura y las instituciones sociales del país de acogida. Casi la mitad está cursando estudios, pero una abrumadora mayoría compagina las aulas con un puesto de trabajo. En total, más del noventa por ciento de los dreamers trabajan. No son, en general, una carga para el sistema social norteamericano sino contribuyentes netos, aunque modestos, al erario público. Tanto es así que se calcula en más de 450.000 millones de dólares el perjuicio que su deportación masiva ocasionaría anualmente a la economía estadounidense. Mientras, el gobierno mexicano ya ha dicho que en ese caso recibirá a sus dreamers con los brazos abiertos, y es muy comprensible: regresarían bilingües, formados y con experiencia laboral. Trump no es sólo inhumano, también es miope.

América se hizo grande porque se mantuvo abierta a los productos, servicios, ideas y personas de todo el planeta. Es falaz la pretensión de hacer grande a América “otra vez” cerrándola 

En el país del histórico I have a dream, un presidente nacionalista pretende proscribir los sueños que edificaron e hicieron grande a América. Los dreamers no son más que una expresión actual del sueño americano, uno de los contingentes de esas “masas pobres, cansadas y amontonadas que anhelan la libertad”, y a las que la estatua de Nueva York siempre dio la bienvenida iluminando su camino, con estas palabras de Emma Lazarus esculpidas en su pedestal como promesa a la humanidad. Una promesa que no comparte Trump porque no entiende que lo especial y revolucionario de su país fue ser el primero del mundo que se basó en un conjunto sencillo y valiente de valores y se abrió a cuantos, procedentes de cualquier lugar, los compartieran y se asentaran en su territorio sin renunciar a sus restantes características. Los perseguidos por el hambre o por el nacionalismo, por los corsés de la tradición o por la falta de movilidad social, por hablar una lengua minoritaria o profesar una religión diferente o nueva, fueron quienes allí encontraron refugio y quienes construyeron la América grande que, años antes de 1900, era ya el ejemplo máximo de la modernidad y del capitalismo y que, por ello, se alzaba por encima de la Europa anclada en el pasado, demostrando que libertad es prosperidad.

Más de tres cuartos de millón de jóvenes americanos sueñan con despertar de la pesadilla y vivir con normalidad el sueño americano 

Los Estados Unidos son ese país de principios civiles —y no de etnias determinadas ni de creencias místicas concretas— donde, por ejemplo, ha podido desarrollarse y prosperar un dialecto criollo del alemán antiguo, el llamado Pennsylvania German que hablan hoy más de cien mil personas. Es tan sólo una anécdota pero, en los grandes y orgullosos países europeos, sobre todo en los más jacobinos, algo así no habría sido tolerado por la apisonadora cultural del Estado. A este lado del Atlántico, el deplorable mito del Estado nacional causó estragos a lo largo del XIX y del XX, y trató de generar países compactados mediante un solo sentimiento nacional, una lengua única, una etnia uniforme, una religión común y mucho, muchísimo Estado. Unas décadas más tarde alguien lo resumiría en un lema espeluznante: Ein Volk, Ein Führer, Ein Reich. Mientras unas agrupaciones identitarias lograron blindar sus Estados —o dotarse de ellos por secesión o por unificación—; otras no tuvieron tanta fuerza. Y de éstas, algunas andan peleando por conseguirlo ahora, at the eleventh hour, y suelen inducir en su interior la misma homogeneización que con razón rechazan cuando se les intenta aplicar a ellos.

En los Estados Unidos importó más el individuo y hubo mucho menos Estado. Aquel conjunto heterogéneo de poblaciones humanas diversas, espontáneamente entremezcladas en fructífero mestizaje cultural, fue más inmune que Europa al nacionalismo de inducción estatal. Sólo unos cuantos extremistas se escandalizarán si la libre evolución demográfica va haciendo que crezcan o decrezcan en el país lenguas, creencias o rasgos culturales, o si gana o pierde territorios. No está escrito en el firmamento que un país deba cristalizar e inmunizarse al cambio, y yerran quienes lo intentan. Fue un puñado de ideas fundacionales individualistas, inéditas hasta entonces en el mundo, el que grabó en el ADN estadounidense la irrelevancia de las diferencias etnoculturales personales y la igualdad de todas las personas ante una ley clara, limitada al ámbito público y respetuosa del particular. Las poblaciones fueron organizándose con diversas leyes e instituciones en los territorios que se fueron incorporando hacia el oeste, más allá de las trece colonias primigenias. Pese al expansionismo del gobierno federal, la autonomía que retienen los estados es tan amplia que determina incluso los derechos individuales.

Los dreamers son América, son la América grande soñada por los grandes de América. No son la América pequeña con la que sueña Trump entre tweet y tweet

América se hizo grande porque, a lo largo de casi un cuarto de milenio, se mantuvo abierta a los productos, servicios, ideas y personas de todo el planeta. Qué inmensamente falaz es la pretensión de hacer grande a América “otra vez” cerrándola. El mundo moderno no sería nada sin América, que por tres veces (dos guerras mundiales y una fría) lo libró de la reestatalización más abyecta; pero América tampoco sería nada sin el mundo: sin la apertura total al exterior y sin las mentes que recibe e incorpora.

Los dreamers son América, son la América grande soñada por los grandes de América. No son la América pequeña, identitaria, colectivista, proteccionista, paleta, alt-righter y erigemuros con la que sueña Trump entre tweet y tweet, y con la que pretende dar el cambiazo a los americanos sustituyendo los sensatos designios de los founding fathers por algo mucho más parecido al rancio nacionalismo de Estado a la europea (ejemplo, Putin). Más de tres cuartos de millón de jóvenes americanos sueñan con despertar de la pesadilla y vivir con normalidad el sueño americano. Sólo alguien tan obtuso como el elefante que deambula por la cacharrería de la Casa Blanca puede soñar, en cambio, con exiliarlos a todos a estas alturas. Si lo consigue, hará mucho más pequeña a América.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba