La tribuna de Juan Pina

Señor Rajoy: acuda al parlamento

Señor Rajoy: el desprecio de su gobierno y del Partido Popular a las instituciones está llegando ya a extremos insólitos y francamente bochornosos, situándole a usted a un sólo peldaño de la desobediencia o de una especie de golpismo discreto. Usted ya intentó conseguir un extraño plácet del Consejo de Estado para disolver las Cortes Generales sin pasar siquiera por el proceso constitucional de investidura. Después declinó por sorpresa —y para sorpresa de todos, incluido el rey— el encargo de formar gobierno. No ha parado de engañar a la opinión pública con el argumento de que sólo un gobierno en el que participe el PP es legítimo, como si la condición de mayor minoría le otorgara, en un sistema pseudoproporcional como el nuestro, algún tipo de legitimidad superior. Está, por supuesto, en su derecho de argumentar políticamente lo que quiera, como también de clamar por el clavo ardiendo de unas nuevas elecciones que no parece que puedan salvarle de un resultado muy similar al actual. A lo que no tiene usted derecho es a saltarse las disposiciones constitucionales —ya de por sí escasas— sobre el control parlamentario al poder ejecutivo. Y el solo hecho de intentarlo cruza todas las líneas rojas de lo que es permisible a un gobernante.

Usted tiene que acudir al parlamento. Y si reprueba su actuación, usted se aguanta. Y si le silba, también. Y si adopta decisiones que le disgustan, usted las cumple sin rechistar

Señor Rajoy: acuda usted al Congreso y dé las explicaciones que la cámara le exija. Ordene a sus ministros que comparezcan cuando se les requiera. Es su obligación constitucional, y al incumplirla menoscaba usted nuestro sistema político y su percepción en el mundo. Ya ha logrado usted bajar nuestra posición en los rankings de libertad económica y civil, no degrade también nuestro status de país democrático homologable a los de nuestro entorno. Usted no es un presidente electo por la población y revestido, por tanto, de una legitimidad directa que pueda esgrimir en caso de conflicto con el Congreso. Usted está en el cargo porque el anterior Congreso, con mayoría absoluta de los suyos, le eligió para ello y porque —de forma incomprensible y vergonzante— no le sustituyó a usted en agosto de 2013 cuando quedó patente su relación directa con el caso Bárcenas. Usted y su gabinete están en funciones, pero eso no les otorga mayores poderes sino, en todo caso, menores. Usted no puede gobernar a espaldas del parlamento, y si a usted no le gusta la composición actual del mismo —que a mí tampoco—, pues no le queda más remedio que aguantarse y acudir. Y si el parlamento reprueba su actuación, usted se aguanta. Y si el parlamento le silba, usted se aguanta. Y si el parlamento le lanza sobres, coja usted alguno a ver si por casualidad se le traspapeló a don Luis Séfuerte y resulta que tiene billetitos dentro.

Si el parlamento adopta, dentro de sus competencias, decisiones que le disgustan, usted se aguanta y las cumple sin rechistar porque en eso consiste la separación de poderes. Claro que ustedes de esa separación saben bien poco: parlamento, gobierno, órganos judiciales y partido político son un único cuerpo en la lógica autoritaria del PP. Un cuerpo sobre el que usted se cree con derecho a ejercer el poder total y absoluto por haber “ganado” las elecciones con apenas un tercio de los escaños totales. Un cuerpo corrupto que, como en su día el del felipismo, extiende sus tentáculos clientelares por el conjunto de la sociedad civil y de la comunidad empresarial. Usted se cree la cabeza de ese sistema político de teflón al que le resbalan la opinión pública, el pluralismo político, el debido control de los actos gubernamentales y hasta la simple obligación de explicarnos a todos lo que en nuestro nombre acuerda con otros países.

Como una conocida marca de sidra, su cobardía, señor Rajoy, es famosa en el mundo entero, y eso porque todavía no se sabe si hay vida en otros planetas. Apuesto a que, caso de haberla, hasta ellos habrá llegado la noticia de este este zombi político que se resiste con uñas y dientes a reconocer el fin de su etapa, pese al daño egoísta que inflige así a su propio partido y, desde luego, a la política española. Pero una cosa es agarrarse a la poltrona como una garrapata —porque fuera del poder hace mucho frío y la ventisca judicial por los sobres y demás corruptelas parece venir directamente de Siberia— y otra es incumplir sus obligaciones constitucionales. Una cosa es lamentarse ahora de que el parlamento esté plagado de los extremistas totalitarios a los que usted y su vicepresidenta encumbraron, y otra muy distinta es negarles el respeto institucional que usted, como presidente del gobierno, les debe. Sí, se lo debe. Le guste o no. Reflexione sobre cómo hemos llegado a este punto y sobre cuál ha sido su papel.

Cumpla con sus obligaciones de presidente en funciones, sométase al control parlamentario. Y si no, váyase a su casa por la puerta trasera de la Historia, la de los cobardes

Señor Rajoy: no se atrinchere usted en La Moncloa, no haga alquimia constitucional para conseguir en los vericuetos del sistema lo que no fue capaz de ganar en las urnas, y no siga por el camino de la rebeldía institucional frente al parlamento. Cumpla con sus obligaciones de presidente del gobierno en funciones, sométase con todas las consecuencias al control parlamentario, como hacen los primeros ministros de los países normales. Y si no está en disposición de hacerlo, váyase definitivamente a su casa por la puerta trasera de la Historia, la que corresponde a los cobardes.


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