OPINIÓN

La Rusia de Navalny

En la democracia rusa de cartón-piedra, el disidente Alexéi Navalny, arrestado hace diez días, ha sido condenado otra vez a prisión. Putin ha logrado erigirse en icono de la oposición al estatismo de corte socialdemócrata, pero eso no le hace menos estatista. De hecho, su estatismo es aún peor.

La Rusia de Navalny.
La Rusia de Navalny. EFE

“Antirruso” es un epíteto del que jamás habría pensado ser objeto, pero las redes sociales, igual que hacen extraños compañeros de viaje, hacen también extraños enemigos a quienes uno ni siquiera conoce y cuyo odio sorprende más que asusta. ¿Cómo va a ser antirruso quien aprecia la enorme contribución de la rusoamericana Ayn Rand a la filosofía y a la cultura de la Libertad? ¿Cómo va a serlo quien aprecia a autores rusos como Yevgeny Zamiatin, autor de la magistral novela Nosotros, la gran pionera del género distópico que nos alertaba, ya en 1920, sobre la alienación estatista? No se puede ser antirruso y admirar la lucha tenaz de Andréi Sajarov o de Aleksandr Solzhenitsyn, o reconocer el enorme valor del campeón de ajedrez y disidente exiliado Garry Kasparov. No somos antirrusos quienes recordamos con admiración a la periodista Anna Politkóvskaya y al resto de víctimas de esta interminable y opresiva era Putin. Seguramente habría que tener por prorrusos y no por lo contrario a quienes siempre hemos apoyado la Libertad en Rusia, alentando todas sus expresiones políticas y sociales, siempre minoritarias por desgracia.

El problema, por supuesto, no es Rusia. El problema es la metaideología del estatismo ruso, que ha sido transversal a los distintos periodos sucedidos en ese país desde 1917

El problema, por supuesto, no es Rusia. El problema es la metaideología del estatismo ruso, que ha sido transversal a los distintos periodos vividos por ese país desde la horrible y sangrienta revolución comunista de hace —este mes— cien años, y que seguramente hunde sus raíces en el imperialismo zarista. Alejada por los kilómetros y por el clima de los grandes centros del dinero y de la cultura (París, Viena, Londres), la Rusia del XIX comenzó a anhelar ser ella misma ese centro. Con monarquía absoluta, con comunismo o con el actual nacional-conservadurismo autoritario, esa pulsión imperial siempre lo ha condicionado todo. La penetración de las Luces y del liberalismo eurooccidental había sido muy escasa, limitada como mucho a San Petersburgo y, en mucha menor medida, a Moscú. El capitalismo, que enriquecía a Europa y convertía a los Estados Unidos en un gigante a principios del siglo XX, no era en Rusia más que un eco lejano que pocos escuchaban y casi nadie entendía. De la dictadura zarista se pasaría de golpe a la dictadura “del proletariado”, y de ésta a sepultar los sueños de Libertad provocados por la Perestroika y por el fin de la URSS bajo una suerte de mix estatista con elementos y tics de los regímenes pasados pero con una cierta apariencia de democracia, libertad y capitalismo. No hay tal democracia, el capitalismo es en realidad el más acabado ejemplo de mercantilismo dirigido, y la libertad está fuertemente limitada por la ingeniería cultural y el control social.

Nadie que defienda la Libertad puede mirar a la Rusia de Putin sin sentir un escalofrío. Y si lo hace por error o por demasiada RT, que lea sobre Navalny y sobre la maltrecha oposición rusa

Hace diez días, el régimen de Putin volvió a arrestar a Alexéi Navalny, el candidato no controlado a las elecciones presidenciales de opereta que Putin piensa celebrar en marzo de 2018 y que, como ya es costumbre, no contarán con los mínimos estándares de calidad ni con la necesaria observación internacional. Con lo que sí contarán, casi con toda seguridad, es con una nueva candidatura del zar Vlad, que lleva dos décadas en el poder y seguiría en él casi hasta los setenta años… o quién sabe si más allá.

A Navalny le han prohibido todos sus actos de campaña, y en las últimas semanas las autoridades han impedido concentraciones y eventos de la oposición real (la extraparlamentaria) en cinco ciudades rusas. El Consejo de Europa, que es un organismo ajeno a la Unión Europea y formado por todos los países del continente, incluidos los no comunitarios, ha condenado la nueva detención de Navalny y ha pedido a Rusia que le pemita concurrir a los comicios presidenciales, pero el régimen se niega alegando motivos meramente formales. El lunes pasado, un tribunal de Nizhny Novgorod condenó a Navalny a veinte días de prisión sólo por intentar acudir a un acto político “vulnerando” las rígidas normas que atenazan en Rusia el derecho de reunión. La estrategia del régimen frente a Navalny y otros disidentes siempre es cargarles de antecedentes por las más absurdas infracciones, ya que ello les inhabilita después para participar en cualquier proceso electoral.

Apoyar a Putin es perpetuar el aplastamiento de las libertades por un régimen imperialista que aspira a una nueva hegemonía geopolítica global para devolvernos al mundo antimoderno

Putin se ocupó durante sus primeros años de hacerse con el control de las riendas y laminar la disidencia interna transformando el incipiente régimen de libertades en una pantomima con una Duma de cartón-piedra a la medida de sus necesidades. En los últimos años, sin embargo, estamos viendo una Rusia que deja de mirar hacia dentro y recupera con fuerza sus viejas veleidades de potencia mundial, pese a su mediocre desempeño económico. Junto al hard power bélico, exhibido en el escaparate de su ahijado Bachar al-Assad, Putin ha puesto en marcha un soft power disparatado pero sorprendentemente efectivo, que pasa por la alianza simultánea con la extrema izquierda y con la extrema derecha occidentales, junto a la guerra del hacking y la infoxicación representada por RT y Sputnik.

Muchas personas hartas de la socialdemocracia generalizada y transpartita que ahoga a Occidente han llegado a creerse a estos medios y han hecho de Putin un icono de la Libertad. Es un inmenso error porque los valores que Putin trata de instilar en el mundo son, en el mejor de los casos, contrarios a la libertad del individuo y restauran un fuerte conservadurismo moralista que Occidente descartó hace muchas décadas. Y, en el peor, son preliberales y fuertemente estatistas, con peligrosos guiños a la Cuarta Teoría Política de Aleksandr Dugin. Nadie que defienda la Libertad puede mirar a esa Rusia sin sentir un escalofrío. Y si lo hace por error o por demasiada RT, que lea sobre Navalny y sobre la maltrecha y marginada oposición rusa. Comprenderá entonces que esto no va de prorrusos y antirrusos sino de prolibertad y antilibertad. Y que apoyar hoy a la Rusia de Putin es perpetuar el aplastamiento de las libertades por un régimen imperialista que aspira abiertamente a ejercer una nueva hegemonía geopolítica global para devolvernos, en el terreno de las ideas, al mundo premoderno. Seamos prorrusos, apoyemos a la Rusia de Alexéi Navalny.


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