OPINIÓN

Podemos y sus misas

Podemos ha protagonizado una nueva escaramuza en su guerra ideológica, esta vez por la retransmisión de la misa católica en la televisión pública. En realidad, lo cuestionable es la persistencia de medios de comunicación estatales.

Podemos y sus misas.
Podemos y sus misas. EFE

El reciente ataque de Podemos contra la retransmisión de la liturgia católica en la televisión pública escenifica su posición en la guerra de mitos que mantienen las diversas facciones del colectivismo. Hoy podemos dividir esas facciones en dos grandes grupos: el neotradicionalista y el neosocialista, ambos radicalmente enfrentados a las ideas de la Libertad individual, desarrolladas a lo largo de todo el pensamiento liberal clásico, libertario, objetivista y anarcocapitalista. La posición podemita sobre la retransmisión de la misa es, por supuesto, tan sectaria como la que más, y mueve a reflexionar sobre las enormes similitudes de la doctrina marxista, precisamente, con las de las principales organizaciones religiosas. El ataque busca simplemente ofender a los ajenos como mecanismo para reforzar la seducción de los propios.

Todos los populistas son al “pueblo” lo que los carteristas son a la cartera. A lo que aspiran es a hacerse con el “pueblo” para moldearlo desde el Estado

La palabra inglesa club designa una agrupación de afines pero también un garrote, un as de bastos. Es una polisemia explicable: los afines a una causa se reunían en torno a esa tosca arma, precursora del bate de béisbol, para compartir sus instintos más primarios y, club en mano, salir de caza y darle a sus rivales la del pulpo. El partido de Pablo Iglesias ha actuado como un club, y se puede argumentar que la organización Hazte Oír también lo hizo hace unas semanas con su campaña del autobús, aunque no mencionara explícitamente al rival porque el target de su campaña responde a una extracción sociocultural más refinada. El derecho de Podemos y de Hazte Oír a expresar sus ideas está fuera de toda duda y por encima de cualquier otra consideración, porque la libertad de pensamiento, opinión y expresión constituye la piedra angular de todo el edificio de libertades públicas, ofenda lo expresado a quien ofenda. A quien no le gusten las palabras de las organizaciones confesionales fundamentalistas, de los partidos populistas de extrema izquierda, o de quien sea, pues que no las escuche. La gente sensata, racional, amante de la Libertad propia y respetuosa de la ajena haría bien en no caer en la tentación del club, que apela a lo peor y más gregario de la condición humana. A mí me ofende una camiseta con el rostro del Che Guevara o de Adolf Hitler, o con una esvástica o la hoz y el martillo, tanto como a un podemita le puedan ofender las palabras de Hazte Oír o a un miembro de esa organización las de los dirigentes de Podemos, pero jamás prohibiría esas camisetas, por más que me asqueen.

Cuando los populistas atacan lo que hace un medio público y no la ilegítima persistencia del mismo, cabe reflexionar sobre lo que ellos harían con esa herramienta

Los nuevos ultracolectivismos, como los viejos, promueven sencillamente la desaparición del rival dando al traste con todo lo poco o mucho que sobre coexistencia civilizada, sociedad abierta y pluralismo político hayamos podido aprender en los últimos siglos. Podemos no quiere eliminar la misa de la tele pública por consideraciones de respeto hacia los contribuyentes no católicos, sino que la eliminaría en general de cualquier medio público o privado —ya sabemos por dónde se pasan ellos el derecho fundamental e inalienable a la propiedad—. Todos los populistas son al “pueblo” lo que los carteristas son a la cartera. A lo que aspiran es a hacerse con el “pueblo” para moldearlo, Estado mediante, de la forma que definan sus respectivos dogmas, ya sean ideológicos o religiosos. Condenan así al individuo, en el mejor de los casos, al ostracismo y, en el peor, al sometimiento. El desprecio por el individuo, e incluso su misma negación, es común a los ideólogos ultracolectivistas de “izquierda” y de “derecha”, desde Lenin hasta Evola. Ellos se expresan en términos grupales —nación, patria, pueblo— y como mucho los segmentan en subcategorías funcionales como las clases sociales del marxismo o las castas del tradicionalismo. La persona es una abeja más de la colmena.

Los podemitas están en guerra contra los medios privados, como Trump o Putin. Los liberales y libertarios preferimos, como Jefferson, un país con periódicos y sin gobierno a lo contrario

El debate sobre si se retransmite la misa o no en RTVE es una bobada. El coste de los diversos programas religiosos en los medios públicos es insignificante en comparación con el pozo sin fondo que es la mera persistencia de esas empresas ilegítimas. Y lo digo pese a ser ateo y estar por tanto injustamente condenado a pagar, vía impuestos, todos esos programas para que los diversos líderes religiosos difundan desde ahí cosmovisiones que, para mí, desafían al sentido común. Pero es que el debate real es mucho más amplio: ¿debe el Estado regentar medios de comunicación? A mi juicio no, porque si lo hace será inevitable que influya en la sociedad de la manera que los gobernantes de turno deseen. La información es demasiado importante para dejársela a políticos y burócratas. La asunción y evolución de valores culturales y creencias diversas, también. Todo ello debe responder al espontáneo devenir de las sociedades, jamás a la planificación dirigista de la élite que controla el Estado. El Estado no es más que el administrador de nuestra finca y no está para decirnos a nosotros, sus dueños, qué debemos creer. Esa insolencia no se le puede consentir. Es intolerable que con nuestros impuestos se financie a partidos en los que no militamos, asociaciones de las que no somos socios, manifestaciones artísticas que no nos gustan, expresiones culturales que no compartimos, religiones en las que no creemos, empresas en las que no tenemos acciones. Es cada individuo quien debe decidir libremente a qué organizaciones apoyar. Si la excusa es que muchos lo quieren, razón de más para que paguen esos muchos y no quienes no lo quieren.

Cuando los populistas atacan lo que se hace desde un medio público en vez de cuestionar la ilegítima persistencia del mismo, cabe reflexionar sobre lo que ellos harían con esa herramienta si alcanzaran a gestionarla. Los podemitas libran una guerra sin cuartel contra los medios privados, como Trump o Putin. Los liberales y libertarios preferimos, como Jefferson, un país con periódicos y sin gobierno a lo contrario. Y tenemos una buena noticia: la generalización de la capacidad de publicar y difundir conduce a la incontrolabilidad de los flujos de información y opinión, y convierte lo de Podemos y sus misas en una ocurrencia más de estos trasnochados aspirantes a ingenieros sociales.


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