La tribuna de Juan Pina

Madrid City

Los estatistas todo lo hacen “top-down”, de arriba hacia abajo. Su fe en el poder de los decretos les lleva a llenar miles de páginas de los boletines oficiales porque, en su fatal arrogancia, creen que así cincelan la realidad a imagen y semejanza del modelo producido por sus sesudas elucubraciones. La proliferación normativa es uno de los mayores problemas de nuestro tiempo en todas las sociedades desarrolladas. Pero es un problema que a largo plazo se resolverá solo, porque esa obsesión por reglamentarlo absolutamente todo y detallar hasta cómo debemos respirar resulta, por supuesto, incompatible con el rumbo que nos marca la tecnología: el del empoderamiento del individuo. El orden espontáneo y desintervenido que emerge del nuevo paradigma de relaciones entre los individuos y entre sus agrupaciones voluntarias es superior al orden planificado, dirigido por una maquinaria estatal y basado —siempre remotamente— en algún ideal. Los estatistas no se están dando cuenta de ello. Se creen dioses menores dotados de superpoderes por la gracia de un Estado que los legitima para tomar el producto de nuestro esfuerzo y —tras detraer la oportuna mordida— ponerlo al servicio de sus delirios ideológicos. Al final, sus sueños se tornan siempre en pesadillas regulatorias para el ciudadano común, que en el mejor de los casos tendrá que pagarlas y en el peor, además, tendrá que soportar sus consecuencias de pérdida de libertad.

Una de las últimas ocurrencias de la presidenta madrileña ha sido gastarse una pizca de nuestro dinero en una pequeña pero aireada operación de relaciones públicas en Londres

Una de las últimas ocurrencias de la socialdemocracia generalizada y transpartita, encarnada esta vez en la presidenta de la Comunidad de Madrid, ha sido gastarse una pizca de nuestro dinero en una pequeña pero aireada operación de relaciones públicas en Londres, con la peliculera misión de convencer a las empresas para que se marchen de allí y sienten sus reales en la que sin lugar a dudas habrá de convertirse en la nueva City financiera de la Europa post-brexit: el cosmopolita, cool y nada perrofláutico Madrid de Manuela Carmena. Ya visualizamos todos las colas de estirados ejecutivos con traje de raya diplomática y maletín de cocodrilo, esperando con flema británica su turno para entrar en la legación madrileña, instalada en algún pub porque, al parecer, para oficina ya no alcanzaba. A Dublín en cambio no se irán: les echa para atrás eso de que el idioma sea el mismo y los impuestos mucho menores. “¿A Dublín yo, pudiendo vivir en Madrid?”, dirá uno de la cola cuando le entreviste Channel 4, para concluir con un conocido dicho inglés: “de Madrid al cielo y un agujerito para verlo”.

La premisa subyacente, radicalmente falsa, es esta: las empresas se van a ir de Londres aterrorizadas por la salida británica de la Unión Europea, que no va a provocar un efecto dominó en otros países y que va a aislar tantísimo a Gran Bretaña que será inviable mantener en su territorio las sedes europeas de las empresas (como si muchas de ellas no estuvieran ya, por ejemplo, en Zúrich o Ginebra, fuera de la Unión Europea). Es que Cristina Cifuentes, además de socialdemócrata, parece ser una creyente devota en la UE de Juncker & Co. El PP es muy dado a estas ensoñaciones megalómano-patrióticas. Quizá la peor fuera la que le dio a José María Aznar, convencido de poder convertirse en un virrey de Washington a este lado del Atlántico al seguir los planes de Bush respecto a Iraq. Aún resuena en Génova, 13 (rue del Percebe) la frase lapidaria de Rodrigo Rato a su presidente: “tú y tu guerra”. Cifuentes, más modesta, ya visualiza en Madrid la capital financiera europea, como si en el nuevo paradigma tecnológico siguiera vigente el modelo de clusters geográficos con “capitales” de la moda, del cine, de las finanzas o de lo que sea. Y, claro, como buena estatista sólo concibe una manera de hacer realidad su sueño: decreto, nombramiento, presupuesto (exiguo, francamente… con eso ni para pipas) y hala, a darle órdenes a la realidad.

Si se diera la circunstancia de que las empresas de la City migraran en bloque, probablemente acabarían en Frankfurt, Bruselas o París, no en Roma, Atenas o Madrid

¿De verdad quiere el PP atraer empresas a Madrid? Pues no pueden hacerlo ni la Comunidad ni el Ayuntamiento porque carecen de las competencias necesarias, que son sobre todo de índole fiscal. Haría falta la implicación gubernamental, a costa de agraviar a otras ciudades. Para mudarse a Madrid, las empresas necesitarían ante todo incentivos económicos, y entre ellos el principal sería una fuerte reducción del saqueo tributario. Pero no bastaría. Se necesitaría también una enorme simplificación burocrática, ya que estamos, vergonzosamente, mucho peor que todo el mundo desarrollado y parte del resto en cuanto a trabas a las empresas. Por otro lado, la barrera lingüística es una de las más férreas de Europa ya que nuestra educación —sobre todo la estatalizada— siempre enseñó fatal el inglés y lleva poco tiempo tratando de corregir ese inmenso error. Nuestros elevados niveles de desempleo, el éxodo de gran parte de los jóvenes mejor preparados a otros países y una seguridad jurídica manifiestamente mejorable completan un cuadro que hace muy poco atractivo trasladarse a Madrid. Si se diera la circunstancia de que las empresas de la City migraran en bloque, probablemente acabarían en Frankfurt, Bruselas o París, no en Roma, Atenas o Madrid. Cifuentes ignora, además, que pescar empresas una a una, como parece buscar con esta iniciativa, requiere un esfuerzo digno de mejor causa. Hablarán entre ellas y bastará que cuatro grandes acuerden una nueva sede para que muchas otras sigan su estela, aunque la tendencia será la dispersión porque la tecnología ya hace innecesaria la concentración. Pero es que, además, sigue siendo absurdo el convencimiento de que van a huir despavoridas de Londres.

La operación entera parece a simple vista orientada a otros fines, tal vez al posicionamiento de personas de cara a futuras responsabilidades políticas. Por eso ni se dota realmente de presupuesto ni se abre oficina ni se exigirá resultados, que por otra parte son harto improbables, ni nada de nada. Es una guinda en el pastel estatista de Cifuentes, y guarda más relación con las bambalinas del PP que con la realidad de la calle.


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