La tribuna de Juan Pina

Liberland: vivir y dejar vivir

A lo largo de la Historia, los más diversos grupos humanos basados en afinidades de cualquier naturaleza (etnocultural, ideológica, religiosa), si no se sentían bien tolerados por la sociedad de origen, siempre tenían la posibilidad de trasladarse a otras tierras donde fundar una comunidad nueva, con sus propias normas y su propia organización política. Este derecho, del que tan poco se habla, se ha visto mermado hasta prácticamente desaparecer, y ello se ha debido a la insaciable expansión territorial de un tipo de organización: el Estado. El ancho mundo se ha estrechado por la voracidad del club de Estados soberanos, un club que no llega ni a doscientos cincuenta miembros pero se ha repartido el cien por ciento de las tierras emergidas (salvo la Antártida, que también está gobernada por un tratado entre Estados). Hoy los cuáqueros y los menonitas lo tendrían muy difícil para emigrar en masa y establecer su propia comunidad política en otro lugar.

En general, la soberanía de un Estado sobre una porción de tierra deriva de la fuerza ejercida en el pasado para asentarla, y se mantiene en virtud de los acuerdos con los otros Estados. El entramado del Derecho internacional, frecuentemente criticado como el menos derecho de los Derechos, existe únicamente para beneficio del mencionado club de Estados. Ya desde los tiempos de la Sociedad de Naciones, la pretensión de la “comunidad internacional” es imponer la cristalización del club de Estados, dificultar hasta el extremo la aparición de otros nuevos y sacralizar las fronteras y el poder de cada Estado sobre las tierras correspondientes y sobre quienes las habitan.

La República de Minerva fue desmantelada implacablemente por las potencias vecinas pese a haberse constituido en un arrecife ajeno a la soberanía de cualquiera de ellas

El Estado-nación es una construcción política consolidada por el nacionalismo idealista y romántico del siglo XIX, una metaideología colectivista que ha permeado a regímenes de todos los colores políticos y que ha servido una y otra vez para justificar guerras y genocidios. Es un constructo superado ya por la realidad tecnológica y por la globalización —no sólo económica— de nuestro mundo. En consonancia, el Derecho internacional debería evolucionar hacia la fluidificación de las estructuras político-territoriales, estableciendo procedimientos sensatos, legitimadores y pacíficos para la aparición, escisión, unión, asociación y disolución de estas entidades. En esto como en todo, la libre competencia es beneficiosa. Un mundo altamente descentralizado, con una organización política atomizada en muchos Estados pequeños —vinculados apenas por una carta común de libertades individuales y por el libre comercio y el libre tránsito y asentamiento de las personas—, es cada vez más viable y sería más acorde con la realidad de nuestro tiempo. Ayudaría al objetivo hoy esencial de reducir a su mínima expresión el poder de cada uno de esos Estados sobre el individuo soberano, ya que estarían en permanente competencia para no perder empresas y población. Y permitiría que los grupos humanos decididos a establecer comunidades normativas propias pudieran hacerlo, ensayar sus modelos y compararse con sus vecinos. En su magnífica novela Perfectopía, León Hernández presenta un interesante escenario de coexistencia local entre comunidades políticas vecinas autogobernadas con criterios ideológicos diversos, en competencia. Se revela así la superioridad de la libertad sobre la coerción, y del orden espontáneo sobre la planificación central de cualquier Estado.

El problema persistente es el nacionalismo: lamentablemente, la mayoría de los proyectos disruptivos respecto al statu quo estatal están fomentados por quienes aspiran a constituir Estados nuevos pero basados también en mitos nacionales, pasando a formar parte del club. Pese a ello, en las últimas décadas hemos asistido a diversos proyectos visionarios de microestados no nacionales. Tal vez el más interesante haya sido la República de Minerva, implacablemente desmantelada por las potencias vecinas pese a haberse constituido en un arrecife ajeno, en aquel momento, a la soberanía de cualquiera de ellas.

Hoy estamos viviendo una nueva Minerva: el proyecto libertario de la República Libre de Liberland, afianzado igualmente sobre una pequeña porción de “tierra de nadie” a orillas del Danubio, entre Croacia y Serbia. El impulsor, el checo Vít Jedlička, ha aprovechado con astucia el vacío jurídico-internacional sobre ese territorio de siete kilómetros cuadrados, pero ya ha tenido que sufrir dos arrestos por parte de las fuerzas croatas, pese a que Croacia considera Liberland territorio serbio y Serbia reniega de su soberanía.

Liberland se ha convertido en un fenómeno mediático, cuenta ya con más de ciento cincuenta mil seguidores en las redes sociales y están comenzando a instalarse los primeros colonos

Los libertarios vemos con una sonrisa lo nerviosos que se ponen los estatistas ante este tipo de procesos. En 1972 se celebró incluso una conferencia internacional para acabar con Minerva, y se empujó al rey de Tonga a reclamar la soberanía del arrecife, que fue apresuradamente reconocida por los demás Estados del club para “legitimar” la ocupación de Minerva y la expulsión de sus fundadores. Ahora, arden los teléfonos para apremiar a Zagreb y Belgrado a ponerse firmes respecto a Liberland e impedir el sueño de miles de libertarios: ensayar pacíficamente su modelo de sociedad en un nuevo y minúsculo país que, de todas formas, casi cuadruplica la extensión del Estado monegasco, este sí reconocido internacionalmente. Pero Liberland se ha convertido en un fenómeno mediático en Europa y Norteamérica. La nueva quebrada de Galt cuenta ya con más de ciento cincuenta mil seguidores en las redes sociales y están comenzando a instalarse en su territorio los primeros colonos, avanzadilla de los miles de libertarios que se están inscribiendo como ciudadanos del nuevo país, cuyo lema es muy significativo: “Vivir y dejar vivir”. Ya veremos cuánto deja vivir el establishment estatista internacional a este pequeño gran país. 


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