OPINIÓN

Justicia poética

El tribunal para la ex Yugoslavia, al borde ya de su disolución al finalizar 2017, nos ha deparado una última sorpresa: el suicidio en la sala del general bosnio-croata Slobodan Praljak. Junto al serbobosnio Ratko Mladić, representaba lo peor del ultranacionalismo balcánico.

Justicia poética.
Justicia poética. Michael Büker

Las leyes, cuanto más claras y menos interpretables, mejor. Los tribunales, cuanto más estables y ordinarios, también mejor. Es en los órganos y situaciones excepcionales donde suele medrar la arbitrariedad. La justicia que producen los tribunales ad hoc es generalmente indigna de ese nombre. Más que justicia, suele ser política con togas. Por poner un ejemplo cercano, es comprensible el escepticismo que provoca nuestra corte constitucional por su separación del marco jurisdiccional normal, junto a un vicio de construcción inocultable: la forma de designación de sus integrantes. La justicia ordinaria no suele verse sometida a un cuestionamiento general. Lo excepcional, en el ámbito judicial, proyecta en cambio inevitables sombras de duda.

Por algo las constituciones civilizadas prohíben los juicios sumarísimos y los tribunales de excepción. Y por algo, cuando existen, se tiene sus procesos por vengativo teatro. Pero en el terreno internacional es muy pobre la articulación del Derecho y, tras una guerra, no hay más alternativas que crear tribunales de excepción o renunciar a perseguir sus atrocidades. Por eso cada gran conflicto bélico suele acabar en un tribunal internacional para juzgar los correspondientes crímenes contra la humanidad, tribunal que invariablemente adolecerá de descrédito.

Da igual que Praljak fuera el último ustacha y Ratko Mladić el jefe militar serbobosnio. Ambos son ejemplos de la barbarie que nace de sublimar la perversa y colectivista idea de nación

A los juicios de Nuremberg les acompañará por siempre el carácter militar del tribunal —ya sabemos que la justicia militar, oxímoron donde los haya, es comparable a la gastronomía del rancho cuartelero—, así como haber zanjado la cuestión con unas cuantas condenas para los escalafones más altos del nazismo, obviando deliberadamente la responsabilidad ejecutiva de miles de personas más. Pero menor crédito tuvo aún el Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente. Tanto es así que, a diferencia de los procesos de Nuremberg, ni siquiera sirvió para generar entre los japoneses una percepción de responsabilidad por el horror imperial en los países ocupados. En su excelente novela Los sauces de Hiroshima, Emilio Calderón describe de forma tangencial pero documentada e interesante la superficialidad y la corrupción de aquel tribunal de excepción pensado para pasar página rápidamente y sin desestabilizar demasiado el país vencido, para el que los vencedores ya tenían planes. Justicia, la verdad, se hizo bastante poca.

Praljak ha preferido pasar a la historia como el Hermann Göring de los croatas de Bosnia, envenenándose como aquel jerarca nazi

En los tiempos actuales, aunque debe reconocerse el esfuerzo de mejora, también han sido duramente cuestionados los tribunales penales internacionales para Ruanda o la ex Yugoslavia. El primero apenas ha dictado un puñado de sentencias para el espantoso genocidio de un millón de personas. El segundo tiene previsto disolverse al concluir este mes de diciembre, y lo hace también con más sombras que luces. La principal es su duración. Se suele afirmar que la justicia lenta es menos justa. Un cuarto de siglo ha durado el tribunal, nada menos. Así a ojo, el quíntuple de lo que duró la propia guerra juzgada. Como cualquier otro organismo oficial, estos tribunales se perpetúan y adquieren vida propia. Hay muchos sueldos, privilegios y contratos en juego que ayudan a su continuidad; y pocos incentivos, en cambio, a su eficiencia y celeridad.

El Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, al borde ya de su fecha de caducidad, nos ha deparado una última sorpresa: el suicidio en la sala del general bosnio Slobodan Praljak, de etnia croata. Además de por los crímenes que le llevaron a La Haya, Praljak pasará a la historia por volar el histórico puente de Móstar. Como otras ciudades —me vienen a la mente Estambul y Toledo—, Móstar había sido un ejemplo de convivencia entre personas de diversas etnias y religiones.

Es merecida justicia poética que Mladić se pudra en la cárcel, Praljak en algún ataúd y ambos en los libros de una Historia que jamás debería repetirse

Da igual que Praljak fuera el último ustacha de la Bosnia croata y que Ratko Mladić fuera el jefe militar de la república serbobosnia. Ambos son ejemplos de la barbarie que nace de sublimar la perversa y colectivista idea de nación. Los patriotas son esos seres capaces de matar y morir por la entelequia esa de la nación, la que sea, como si no hubiera en la vida cosas infinitamente más importantes. Obviamente prefieren lo primero, matar, pero llegado el caso tampoco le hacen demasiados ascos a lo de morir. Praljak, de edad avanzada, sabía que su condena equivalía a una cadena perpetua y ha preferido pasar a la historia como el Hermann Göring de los croatas de Bosnia, envenenándose como aquel jerarca nazi. Hala, ya tiene un nuevo mártir la extrema derecha. Tendrá otro cuando estire la pata Mladić, condenado, entre otros crímenes, por la desoladora masacre de Srebrenica en 1995: casi ocho mil cuatrocientos muertos. Tal vez parezca que hablo de estos dos siniestros personajes con poco respeto. Es normal: no les tengo ninguno a ellos ni, menos aún, a sus causas, banderas y patrias.

Hay una justicia que sí suele acertar: la poética. Ni el nacionalismo croata ni el serbio se salieron con la suya en Bosnia, que décadas más tarde está bastante normalizada, como casi todo el territorio ex yugoslavo. En Croacia, una vez que se aplicó las oportunas collejas a sus primeros mandatarios independientes, se acabó cualquier veleidad de resucitar a Ante Pavelić. En Serbia, el nacionalismo fue más tozudo, lanzó un órdago imposible al mundo y lo perdió todo. Hasta la hermanísima república de Montenegro terminó por marcharse. Montenegro tiene la virtud de ser un país pequeño y de haber tomado decisiones tan poco nacionalistas como abrir su economía de par en par, renunciando por ejemplo a emitir moneda. Su costa del Adriático (que ha dejado a Serbia sin salida al mar) es una nueva riviera para el turismo de lujo, locomotora de un desarrollo muy acelerado. Serbia, o una parte de su sociedad, sigue atenazada por el mito nacional que la hundió. Hoy el nacionalismo serbio llora la pérdida de cuanto consideraba suyo, sin entender que en realidad no lo era: Eslovenia, Croacia, Macedonia, Bosnia, Montenegro y Kosovo. Esta última, solar ancestral de los serbios. Merecida justicia poética, como lo es que Mladić se pudra en la cárcel, Praljak en algún ataúd y ambos en los libros de una historia que jamás debería repetirse y, si se repite, no deberíamos tardar veinticinco años en juzgarla.


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