OPINIÓN

Europa über Alles

El miércoles pasado, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea dictó una sentencia infame contra la plataforma Uber y sus millones de usuarios. Pero es ponerle puertas al campo una vez más, y ya van demasiadas.

Europa über Alles.
Europa über Alles.

Hay un Uber con mayúscula y sin diéresis. Es el nombre de una de las empresas que encarnan la nueva economía basada en la interacción directa entre particulares, una economía libre que hoy resulta imprescindible para que también lo sean los demás ámbitos de nuestras vidas. Hay también un über con minúscula y con diéresis que, en alemán, significa “por encima de”. En otros tiempos el estribillo del himno alemán proclamaba con deleznable orgullo patriótico Deutschland, Deutschland über Alles, über Alles im der Welt (“Alemania, Alemania por encima de todo en el mundo”). Tras la derrota del nazismo se descartó esta estrofa y se adoptó como oficial la tercera, que habla de justicia, fraternidad, libertad y tal.

Los sesudos jueces del tribunal luxemburgués han decretado que Uber es una empresa de transporte, pese a no disponer de flota propia ni decidir sobre rutas ni horarios

Aunque los nazis interpretaron la vieja y polémica estrofa en clave de supremacía racial y cultural, alineándola con sus planes de sometimiento de otros países, lo cierto es que la naturaleza del poema era otra. Había nacido del movimiento nacionalista centrípeto que, durante la segunda mitad del siglo XIX, se obstinó en unificar por las bravas, en un solo Estado gigantesco, los numerosos territorios hasta entonces autogobernados. Se aplastó así la rica pluralidad del espacio germanoparlante y la saludable competencia entre sus países, sentando las bases de un macroestado que, décadas después, evolucionaría hacia el totalitarismo. Así pues, lo de über Alles era interno y agredía a los Estados alemanes previos a la unificación, no a los países extranjeros.

Lamentablemente, la Unión Europea parece decidida a rescatar de un merecido olvido ese lema, ahora en clave continental. Las imposiciones de todo tipo que la implacable maquinaria europea dicta a sus miembros, y que afectan a todos los particulares y las empresas, son ya un corsé insoportable. Los millones de páginas de normativa sirven a las élites de cada capital para justificar decisiones ajenas a la voluntad de sus sociedades. El poder ejecutivo europeo es ajeno al escrutinio y al control de sus gobernados. El legislativo y el judicial pintan poco, y cuando pintan… pintan bastos para nuestras libertades. El miércoles pasado tuvimos un buen ejemplo con la infumable sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) contra la startup más valorada del planeta, Uber Technologies Inc.

La UE muestra su cara más vetusta y estatista: en contra de la tecnología, la competencia y el libre intercambio entre ciudadanos; y a favor de los lobbies, la hiperregulación y los oligopolios

La decisión, ya inapelable, es una pieza de escritura creativa. El género podría llamarse justicia-ficción, o directamente política en forma de sentencia. Los sesudos jueces del tribunal luxemburgués han decretado que Uber es una empresa de transporte, pese a no disponer de flota propia ni decidir sobre rutas ni horarios. Sería ingenuo acusar a los togados de no entender la economía digital. Lo que pasa es que no quieren entenderla. La sentencia es un mazazo para Uber, pero lo es más aún para sus millones de usuarios. Y, sobre todo, sienta un sombrío precedente para infinidad de servicios actuales y potenciales de similar naturaleza: servicios en los que una plataforma como Uber simplemente pone en contacto a dos particulares para que ellos, no la plataforma, celebren un pequeño negocio. La plataforma se limita a prestar a las partes un servicio, el de ponerles en contacto y establecer un marco de interacción, y les cobra una comisión o una tarifa por ello. Es absurdo hasta el ridículo convertir a esas plataformas en empresas del sector correspondiente. Si Uber es una empresa de transporte, por la misma lógica torcida una web de citas sería una agencia de relaciones sentimentales, un servicio para contactar con fontaneros sería una empresa de reformas, una web de canguros sería una guardería o una plataforma de alquiler vacacional sería una inmobiliaria.

Felizmente, este tipo de sentencias no tiene mucho recorrido futuro. En gran parte de Europa los servicios de Uber y empresas similares son una realidad, aunque en muchos casos han tenido que tragar con ciertas regulaciones absurdas. En otros países, la sentencia permitirá a los gobiernos y a los municipios defender el indefendible y expoliador monopolio de las licencias, pero, ¿por cuánto tiempo? Como siempre sucede, la política, incluso en su versión judicializada, va muy por detrás de la sociedad y de la evolución tecnológica. Hoy vamos hacia la descentralización total de la prestación de muchos servicios. Hoy Bruselas, vía Luxemburgo, puede asestar un golpe a una compañía, pero mañana las plataformas funcionarán en red distribuida, sin una empresa concreta detrás a la que multar o regular, sin una cabeza que cortar. Pasa lo mismo que con las criptomonedas: si hubiera detrás una empresa, ya la habrían cerrado los Estados y ya habrían metido en la cárcel a sus impulsores acusándoles de “usurpar” el funesto monopolio monetario. Pero no pueden. El tribunal luxemburgués no se molesta en dictar una sentencia contra bitcoin ni contra la tecnología blockchain porque no hay una Bitcoin Inc ni una Blockchain Inc a las que empurar, sino millones de desarrolladores y usuarios. Con las empresas que ofrecen plataformas de interacción sí pueden, por ahora. Pero esto va a acelerar el desarrollo de una nueva generación de plataformas distribuidas, sin empresa, mantenidas simultáneamente por sus millones de usuarios de forma automática.

Necesitamos recuperar una Europa circunscrita a la libre circulación y asentamiento de personas, bienes, servicios, datos y capitales; con menos Estado y más libertad

Con esta sentencia del TJUE, la Unión Europea muestra su cara más vetusta y estatista. Se pone en contra de la tecnología, de la competencia, del libre intercambio entre los ciudadanos; y a favor de los lobbies, de la hiperregulación y de los oligopolios. El ideal fundacional del Europa era el de un mercado común que eliminara mucho Estado al diluir sus fronteras y regulaciones. En algún momento la socialdemocracia generalizada y transpartita nos dio el cambiazo y pasamos de ese mercado común a una unión política que, lejos de desestatizar nuestro continente, lo está convirtiendo en una prisión. Si Europa era esto, es normal que se produzcan procesos como el Brexit. Necesitamos recuperar una Europa circunscrita a la libre circulación y asentamiento de personas, bienes, servicios, datos y capitales; con menos Estado y más libertad para todos. De lo contrario, terminaremos sustituyendo la Oda a la Alegría por un temible Europa über Alles. Y ese alles nos incluye a todos sus súbditos.


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