OPINIÓN

Sin Estados

La arrogante extensión del club de Estados soberanos al cien por ciento de las tierras emergidas fue un fenómeno del siglo XX, pero en el XXI estamos viendo procesos tecnológicos irreversibles que hacen tangible y cercana la idea de un mundo donde los Estados lleguen a ser descartados.

Sin Estados.
Sin Estados.

Hasta hace unos años se habría considerado una ensoñación libertaria, un relato más propio de géneros como la ciencia ficción o el realismo mágico que de la prosa periodística o legislativa que tan secamente nos informa o nos manda. Sin embargo, el sueño de vivir al margen de cualquier Estado ese anhelo tan legítimo como frustrado a lo largo de los siglos— parece próximo a adquirir, por vez primera, una corporeidad fascinante y esperanzadora.

Bueno, “por vez primera” quizá no. Aunque era muy difícil y, desde luego, no estaba al alcance de cualquiera, durante la mayor parte de la historia de nuestra especie ese sueño no fue tan descabellado, pues quedaban territorios inexplorados y fuera del control estatal, donde uno podía instalarse y hacer el sueño realidad. Es lo que hicieron muchos individuos, y también muchas agrupaciones humanas voluntarias que, para separarse de las sociedades de origen o para escapar de su persecución, migraron en bloque y se instalaron en otros lugares. El caso de algunas agrupaciones religiosas europeas que se trasladaron a las tierras de frontera del Oeste norteamericano es uno de los muchos ejemplos reales de esa libertad suprema que el siglo XX logró aplastar. Se oye con frecuencia que “hoy Phileas Fogg no podría dar su vuelta al mundo en ochenta días a causa de los Estados”, pero es igual de cierto que ni él ni sus estirados amigos del club londinense, ni ningún otro grupo de seres humanos, podrían encontrar una isla o un remoto pedazo de tierra donde iniciar su propio país.

La secesión individual frente a los Estados, multiplicada por millones de seres humanos hasta el virtual desvanecimiento del Leviatán, es el futuro que muchos contemplan ya con naturalidad

En efecto, el mundo ya no es el que era. Es un presidio esférico. Un puñado de Estados, unos dos centenares, se han puesto de acuerdo para extender su jurisdicción al cien por ciento de las tierras emergidas. Ya no queda ninguna porción de suelo que no sea parte de un Estado o de un territorio dependiente de un Estado, o se encuentre en disputa entre dos o más Estados. Incluso la Antártida está sometida a un tratado y a un conjunto de reglas internacionales que la hacen impracticable para un grupo humano que decidiera acotar un pedazo de ese gélido continente e iniciar un nuevo país conforme a sus propios valores y leyes. Cuando algún grupo de libertarios románticos se las ingenia para encontrar un lejano arrecife sin soberanía y fundar un país, en seguida se organizan los Estados de la zona para que uno de ellos se lo anexione. Es lo que pasó en 1972 con la República de Minerva. Pero no hay que desfallecer. Ojalá el proyecto de Liberland avance, y también los numerosos intentos de aprovechar zonas marinas de muy escasa profundidad en aguas internacionales, o construir islas artificiales.

Qué importante es hoy reivindicar el derecho a la apatridia. La Declaración Universal de los Derechos Humanos proclama pomposamente el “derecho a una nacionalidad”, es decir, a ser súbditos de un Estado. Obsérvese que el derecho es “a una”. ¿Por qué no a varias, por qué no reconocer la doble o múltiple nacionalidad como derecho humano, sin necesidad de acuerdo entre los Estados correspondientes? ¿Por qué no reconocer igualmente el derecho a no tener ninguna? Incluso, ¿por qué no garantizar el derecho a juntarse con otros para establecer una nueva?

'Blockchain' y otras tecnologías hacen horizontal la red social y posibilitan la interconexión directa, segura y anónima, sustituyendo el Estado. Su crecimiento va a ser exponencial

Pero todo este debate, como el propio sistema jurídico-internacional basado en Estados, empieza a verse tan superado como el siglo XX que le dio vida. Al menos en el plano teórico, estamos ya situados en torno a la fosa donde yace descoyuntado el Estado-nación. Muchos lo lloran, unos pocos nos aprestamos a echarle toda la tierra posible, no vaya a ser que resucite, y, para sorpresa de ambos grupos, hay una generación entera que pasa, que da la espalda al entierro y escribe sin solemnidades, en el lenguaje de los unos y los ceros, su declaración de independencia.

La secesión individual frente a los Estados, multiplicada por infinidad de seres humanos hasta el virtual desvanecimiento del Leviatán, es un futuro que ya contemplan con naturalidad millones de personas. Pocos millones aún, pero creciendo. Creciendo en número y creciendo también en años, porque esta minoría se inscribe en una horquilla que empieza antes de la mayoría de edad y alcanza su moda estadística en el segmento de veintitantos años.

Es el caso de pioneros como Luis Cuende y Jorge Izquierdo, que hace unos meses lanzaron Aragon, una nueva criptomoneda pero, sobre todo, una completa plataforma de gestión de relaciones, contratos y negocios entre particulares que, como todas las demás en liza, pone de manifiesto lo innecesaria y opresiva que es la centralización estatal forzosa de las interacciones entre particulares. Están surgiendo ya bastantes plataformas así gracias a blockchain y las demás tecnologías que, haciendo horizontal la red social y posibilitando la interconexión directa, segura y anónima, eliminan el Estado. El crecimiento de ese mundo va a ser exponencial.

La siguiente generación de libertarios se está separando del Estado con una sonrisa afable, por la vía de los hechos y del código binario. Bravo por ellos

Algún Estado inteligente y con menos aversión a la Libertad que otros, como Estonia, se ha sumado al carro. Pero son, sobre todo, millones de jóvenes como Cuende e Izquierdo quienes están haciendo historia. Dos generaciones atrás, sus homólogos se juntaban físicamente en el garaje de uno de ellos y creaban el embrión de una multinacional. Hoy se juntan virtualmente, cada cual desde su confín del planeta, y su criatura no es una futura macroempresa sino la negación misma de ese modelo tan vetusto —y tan alentado por los Estados— de organizar los negocios.

Todo cuanto merma la omnipotencia estatal merece aplauso. La buena noticia es que las cañoneras del polinesio Reino de Tonga, que abortaron en nombre de la comunidad internacional el nacimiento de Minerva, nada pueden hoy contra los Cuende e Izquierdo de este mundo. Y que mientras los libertarios de cierta edad nos devanamos los sesos buscando vacíos legales y arrecifes ocultos por el oleaje, o nos desgañitamos denunciando al Estado, la siguiente generación se está separando de él con una sonrisa afable, por la vía de los hechos y del código binario. Bravo por ellos.


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