OPINIÓN

¿Disolver el PP?

La aberración de hacer a las personas jurídicas penalmente responsables, y por tanto imputables, condenables e incluso objeto de disolución judicial, se vuelve ahora contra un Partido Popular absolutamente acosado por la corrupción. Si no lo disuelve un juez hoy, bien podrá ocurrir mañana.

¿Disolver el PP?
¿Disolver el PP? EFE

Que una persona jurídica pueda cometer delitos es una ocurrencia más de quienes, en las últimas décadas, han distorsionado el Derecho occidental para convertirlo en una caja de herramientas ideológicas. Los juristas, que solían tener querencia hacia los latinajos, parecen haberse olvidado de uno de los más sensatos: Societas delinquere non potest. ¿Cómo va a delinquir una persona jurídica? Podrán hacerlo sus administradores, sus empleados, pero no ella. Podrá solaparse la dirección con una banda de malhechores, pero será ésta —y no la empresa— la que, más que delinquir, coordine y organice los delitos de sus integrantes.

La corrupción del PP asombra por su sofisticación, sus ramificaciones territoriales, su control centralizado y su extensión generalizada a toda la cúpula durante años y años

En España solemos tardar en copiar lo bueno del extranjero, pero somos alumnos aventajados cuando se trata de importar lo malo, sobre todo si refuerza el poder estatal y menoscaba la soberanía del individuo. En el mundo desarrollado se debate aún sobre esta polémica innovación de la imputabilidad penal de las sociedades, pero en España la asumimos alegremente mediante la reforma del código penal de 2010. Somos por tanto uno de los todavía escasos países donde la societas sí que potest cometer delitos y verse imputada y condenada por ello. Tanto es así que la pena de muerte, felizmente abolida para cuantos bípedos delinquen en nuestro territorio, planea sin embargo en forma de disolución judicial sobre nuestras personas jurídicas. Entre éstas últimas, los partidos no son una excepción. Lo eran cuando Rodríguez Zapatero introdujo esta aberración jurídica en España, pero luego vino Rajoy y, en vez de eliminarla, la extendió también a las formaciones políticas. Fue uno de tantos brindis al sol del Partido Popular para simular compromiso contra la corrupción. Ahora, ajo y agua. Si el PP no se ve disuelto por el caso Gürtel, bien podría serlo por cualquier otro en el futuro.

Las conclusiones de la fiscal anticorrupción no pueden ser más claras: el PP (no un grupo municipal concreto sino la persona jurídica Partido Popular) se lucró de manera sostenida por los ilícitos penales cometidos durante muchos años por toda una trama organizada para delinquir. Más allá de lo que finalmente dicten los jueces, parece claro que una abrumadora mayoría de la sociedad española tiene la certaza moral de que el PP delinquió, si tal cosa es posible, y, sobre todo, de que lo hicieron uno a uno todos o casi todos sus dirigentes principales. Eso no quiere decir que esa abrumadora mayoría coincida, además, en repudiar a ese partido en las urnas. Se da un solapamiento: hay una amplia zona de intersección entre quienes ven delictivo al PP o a su cúpula y quienes apoyan a esa formación política. No es que esa porción del electorado disculpe las andanzas gürtelianas del PP. Es que teme que su ausencia traiga males peores que la corrupción. Ya se ha ocupado la camarilla de Rajoy y Saénz de Santamaría de agrandar durante años fenómenos como la irrupción de Podemos o como el souflé catalán para desviar la atención desde sus medios de comunicación (ya casi todos), para asustar o para reaccionar en su momento ganando apoyos en la sociedad, más que por afinidad por temor.

La abrumadora mayoría cree que Rajoy obtuvo ingresos personales ilegales durante años, y que ese dinero procedía del cohecho

Corrupción hay en todas partes. El 3% de Lapuerta comparte hasta el porcentaje con el 3% de los Pujol. El caso de los ERE andaluces es probablemente uno de los más grandes de la historia europea por su magnitud económica. Pero la corrupción del PP deja boquiabierto a cualquiera por su sofisticación, sus ramificaciones territoriales, su control centralizado y su extensión generalizada a la amplísima cúpula de ese partido durante años y años. Si hay que entender penalmente perseguibles a las personas jurídicas, desde luego el PP sería el candidato perfecto a una sentencia condenatoria que lo disolviera.

Todo apunta a que la trama central de corrupción ha sido consustancial a la alta dirección tanto en la época de Rajoy como en las anteriores. Todo parece indicar que ha sido normal que las empresas llevaran abundante dinero negro y que los sucesivos tesoreros lo aceptaran y lo consignaran organizadamente en contabilidades paralelas. Todo señala como habitual el uso de ese dinero negro para pagar desde reformas de las sedes hasta gastos electorales —compitiendo con ventaja— y, sobre todo, sobresueldos cutres para los principales dirigentes. Según el inspector jefe de la UDEF, entre estos dirigentes sobrecogedores estaría “indiciariamente” el mismísimo Mariano Rajoy. Eso cree también la abrumadora mayoría de los españoles: que Rajoy obtuvo ingresos personales ilegales, y que ese dinero procedía de favores a empresas por parte de las administraciones gobernadas por su partido a lo largo y ancho del país. Es decir, del cohecho.

Media España le compra a Rajoy el relato tapándose la nariz por miedo al abismo y le dice ahora a él aquello de “Mariano, sé fuerte”. Esa España asustadiza y cómplice tiene justo lo que se merece

Es muy recomendable la serie de televisión danesa Borgen. Es como House of Cards pero mejor y más cercana a nosotros. Sorprende ver cómo el ficticio primer ministro de ese pequeño país se ve obligado a dimitir por haber pagado unos pocos miles de euros con su tarjeta oficial, al haberse dejado la cartera y no llevar otra encima, y eso pese a declarar de inmediato el incidente devolviendo el dinero. No, en ese ejemplo la serie danesa no nos es tan cercana. Aquí un primer ministro puede, indiciariamente, cobrar en B por las adjudicaciones políticas de su partido a las empresas y seguir en La Moncloa un año y otro año, una elección y su repetición… sin que pase nada. Una buena porción de nuestra sociedad lo tolera porque “ya, ya, pero sin ellos estaríamos en manos de radicales que fragmentarían el país” y porque “los otros serían igual de corruptos o más”. En el pecado va la penitencia. Atravesamos un momento difícil y al timón se encuentra una camarilla pequeña, realmente mediocre, acosada, sabedora de que puede acabar personalmente mal, muy mal, por la corrupción. Y sin embargo, mucha gente le compra el relato a Rajoy tapándose la nariz por miedo al abismo y le dice ahora a él aquello de “Mariano, sé fuerte”. Pues bien, esa España asustadiza y cómplice tiene justo lo que se merece. Lo malo es que los demás tampoco nos libramos.


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