OPINIÓN

Ciudadanos, partido húngaro

Los liberales europeos siguen cometiendo el error de admitir a cualquiera que no quepa en el grupo socialista o en el popular. Se dejan usar como trampolín y al final les traicionan. Portugal, Hungría, Rumanía… el siguiente oportunista que podría darles la patada es nuestro partido naranja.

Ciudadanos, partido húngaro.
Ciudadanos, partido húngaro. EFE

Durante años estuve bastante implicado en la comunidad mundial de partidos liberales, primero como vicepresidente de la Federación Internacional de Juventudes Liberales y después de la propia Internacional Liberal. En aquellos años (de los últimos ochenta a los primeros de este siglo) me sorprendían e irritaban dos cosas del movimiento liberal internacional.

Viktor Orbán mamó fondos liberales hasta que le supo a poco, y terminó dando la patada a los liberales y pasándose, cómo no, al grupo popular. Ahora está casi en la extrema derecha

La primera era su tibieza y su extrema moderación, que lo llevaban hacia la nada por haber renunciado a sus principios y a su carácter reivindicativo. A la postre, esa sensación fue creciendo hasta distanciarme del liberalismo al uso, por entenderlo irrecuperable a causa de su acomodamiento comfortable y suicida a la troncalidad del sistema. Este sistema cuya metaideología socialdemócrata está generalizada y es transpartita desde la segunda posguerra mundial, colonizó primero Europa y después gran parte del globo. Y los partidos liberales fueron cómplices por ingenuos, por cobardes, por hambre… por todo un poco. Hacía falta a mi juicio algo más, o mucho más: un retorno al origen beligerante y combativo de la causa de la libertad. Un aggiornamento a la época actual. Había que superar el liberalismo con más liberalismo aún, en lugar de incurrir una y otra vez en su funesta hibridación con el colectivismo de izquierda o de derecha. El centro político de los nuevos liberales, ese tercer espacio ajeno a los dos grandes colectivismos, no podía situarse en su zona de intersección sino fuera, alejado de ambos (igual de alejado de uno que del otro). Para no morir anquilosado, el movimiento liberal tenía dar un salto evolutivo, debía superar el propio liberalismo e ir más allá y más deprisa, sin torcerse hacia los lados, sin concesiones. Con el paso de los años fui deshaciendo el nudo al descubrir que el camino racional conducía a un liberalismo libertario, o a un libertarismo gradual y posibilista que se dispusiera a hacer política y no sólo teoría. Al final, y no sin tristeza, comprendí que más valía regalar definitivamente la etiqueta “liberal” a sus usurpadores, porque su polisemia era ya incurable. Para ellos la perra gorda. Al final, “libertario” ha terminado por definir mucho mejor esta visión.

Como aquí vale todo, los aznaristas y cierta prensa han adoptado a Ciudadanos y le están dando a marchas forzadas un barniz conserva a este Frankenstein ideológicamente virgen

La segunda cosa que me enfadaba del liberalismo internacional, políticamente organizado, era la facilidad con que sus estructuras, y muy especialmente el partido europeo y su grupo parlamentario, se conformaban con servir de cajón de sastre… o cajón desastre. Una de las críticas más habituales que reciben es merecidísima: allí cabe cualquiera mientras traiga escaños o tenga poder en su país. Si no es del todo liberal, ya se le irá moldeando, piensan. No importa si presenta fuertes veleidades colectivistas de uno u otro color. Es pasmosa la facilidad con la que se acoge a cualquier centrista-oportunista indefinido y polivalente que no pueda entrar en el grupo socialista ni el popular. Esto no es nuevo, pero con Guy Verhofstadt al frente de la cosa liberal europea, las piruetas y acrobacias ya no las iguala ni el Cirque du Soleil. Luego viene el crujir de dientes, cuando un día se te va deprisa lo que llegó deprisa, y aquel partido pseudoliberal raruno-colectivista que habías cobijado va y se larga con sus escaños y con el poco o mucho poder que tuviera en su país, poder del que tanto habías presumido.

Ser antesala del grupo popular ya parece el sino de los liberales europeos. Un caso reciente y muy triste es el del histórico Partido Nacional Liberal rumano, que se ha pasado a los populares por los fondos europeos y las poltronas. Los Brătianu, los liberales que lo fundaron y construyeron la Rumanía moderna a caballo entre el siglo XIX y el XX, estarán revolviéndose en sus tumbas. Otro caso muy sonado fue el del premier húngaro Viktor Orbán, que también usó a los liberales como trampolín. Le conocí en Budapest cuando fundó FIDESZ, un partido juvenil de la transición. No parecía muy liberal. Mamó fondos liberales hasta que le supo a poco, y terminó dándonos la patada y pasándose, cómo no, al grupo popular (y ahora ya está casi en la extrema derecha). Qué casualidad que también recalara en ese grupo el extrañamente denominado Partido Social Demócrata portugués, que era liberalcillo pero, nada, acabó también con los populares. Y así podríamos seguir contando casos. Parafraseando el dicho… encima de liberales, ponen la cama.

Más que de Macron, a Rivera se le está poniendo cara de Orbán. Y entonces, señor Verhofstadt, ya verá usted qué bonita la patada húngara que le va a dar al grupo liberal para pasarse al popular

Todo esto lo comentaba hace unas semanas con un dirigente del liberalismo centroeuropeo. Y no es que me diera la razón, sino que él mismo se lamentaba. Señalábamos la misma enfermedad pero él la achacaba a la avaricia de los populares fagocitadores, y mira… no. Por supuesto que los populares son la madre de todas las mafias políticas europeas, pero los liberales deberían aplicarse aquello de que la primera vez que te engañan es culpa del otro, pero la segunda vez ya es culpa tuya. A estos “pragmáticos” les engañan ene veces y siguen poniendo la pasta, el reconocimiento, la ilusión… y, sí, la cama. El siguiente caso está en ciernes y va de naranja. Se llama Ciudadanos.

Ciudadanos empezó como un proyecto autonómico de laboratorio, con objetivos precisos y cocido al calor de cierta banca. Su expansión fuera de Cataluña fue coincidente con el desastre de un PP agotado y podrido por la corrupción. Como aquí vale todo, los aznaristas y alguna prensa lo han adoptado y le están dando, a marchas forzadas, un barniz conserva a este Frankenstein ideológicamente virgen. Su apelación al “socialismo democrático” ya la han subalfombrado, pero lo de “liberal” sigue apellidado de “progresista” en un estridente canto al oxímoron. Los que parecían conformarse con un espacio tipo CDS engullendo a UPyD, los que luego parecía que se orientaban a sustituir a parte del PSOE… ahora van enfilados a sustituir al PP. Más que de Macron, a Rivera se le está poniendo cara de Orbán. Y entonces, señor Verhofstadt, ya verá usted qué bonita la patada húngara que le va a dar al grupo liberal para pasarse, comme d’habitude, al popular. Los liberales… no aprenden.


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