OPINIÓN

Nosotros y Carmena

La última carmenada es que haya calles de subida y de bajada… ¡para los peatones! No, no es una broma, y si lo fuera sería de un gusto pésimo. Y tampoco es muy moderno, porque ya en 1920 Yevgeny Zamyatin incluyó algo parecido en su novela distópica Nosotros.

Nosotros y Carmena.
Nosotros y Carmena. EFE

Una de las primeras nóvelas del género distópico fue la espléndida y escalofriante Nosotros, escrita en 1920 por el prolífico Yevgeny Zamyatin. Tras su estela aparecerían títulos como Un mundo feliz, de Aldous Huxley (1932), Himno, de Ayn Rand (1938) o 1984, de George Orwell (1949). Mediante la distopía, esos y otros autores expresaron un pesimismo antropológico razonablemente fundado en la experiencia real de los totalitarismos del terrible siglo XX.

De ese siglo, más que del actual, es autóctona y abanderada la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena. Y no lo digo principalmente por su edad, sino por las ideas que impulsan su proyecto político. Como otros muchos representantes del comunismo viejo con ropajes presuntamente nuevos, Carmena parece decidida a hacer realidad en nuestro tiempo y desde su despacho de la plaza de Cibeles lo que en las novelas distópicas sólo eran metáforas de la sociedad gris y yerma que el Estado total induce inevitablemente.

Seguramente Carmena se embelesó ideando una sociedad tan socialista que hasta el paseo de sus integrantes estuviera regulado

Pero ocurre que doña Manuela lo tiene difícil para importar a 2017 la mayor parte de las ataduras infames que reprimen al individuo humano en esas novelas. Muchas de ellas ya están superadas por la realidad del estatismo actual. Ríete tú de las omnipresentes telepantallas del 1984 orwelliano, cuando hasta Edward Snowden recomienda tapar, por si acaso, la webcam de tu portátil. O de la neolengua de esa misma novela y las prohibiciones lingüísticas de Himno, cuando el estatismo actual ha sofisticado la manipulación del lenguaje hasta hacerlas parecer cosa de aficionados.

No, no habrá sido sencillo para una gobernante —septuagenaria pero actual— encontrar algún elemento de la distopía literaria y aplicarlo tal cual a sus súbditos, máxime con el limitado poder correspondiente a un ayuntamiento. Y sin embargo, lo ha conseguido. Cabe descubrirse ante esta compañera porque, como digo, no era fácil.

Nosotros fue prohibida por Stalin y su autor murió en el exilio. En su distopía las casas son de cristal, porque, como bien sabemos los ciudadanos de hoy, la bobada esa de la transparencia siempre consiste en que nosotros seamos transparentes para el poder político, no a la inversa. Pero qué se le va a hacer: la alcaldesa no puede sustituir nuestras paredes por mamparas de cristal. En la novela, el Estado regula estrictamente las relaciones sexuales de sus súbditos, pero —vaya por Marx— esa competencia también excede a las de la alcaldía. Ya lo regulará Pablo desde La Moncloa. En Nosotros, el Estado obliga a todos los individuos a vestir igual, y no andaba desencaminado el autor porque eso ha llegado a suceder realmente, por ejemplo durante la llamada Revolución Cultural china. El resultado fue que los chinos arriesgaran sus vidas por diferenciarse con lo que fuera: un simple pañuelo o la longitud del dobladillo. Pero no, Carmena tampoco nos va a vestir a todos igual, al menos de momento. Ha encontrado algo mejor.

Para la izquierda más radical y estatista no basta con peatonalizar las calles, qué va, eso es de moderados. Ahora “lo más” es reglamentar y dirigir el tráfico de bípedos por la Villa y Corte

“Los números paseaban como siempre, en filas de a cuatro”, escribe Zamyatin. Las filas de caminantes, perfectamente ordenados en cantidad, dirección y tiempo de paseo, circulan sin saber por qué ni para qué. Los números (los súbditos) simplemente siguen el guion que dispone el Estado. El Estado piensa por ellos, y ellos no son, sólo están. Como en Himno, tampoco en Nosotros tienen nombre. El Estado les asigna un número y con eso basta. Después, el mismo Estado les indica con qué otros números deben compartir cada uno de sus quehaceres y, cómo no, quiénes serán sus tres compañeros de fila de paseo.

En el patio de una cárcel hay más libertad que en la utopía de los colectivistas acérrimos. Seguramente la alcaldesa leyó de joven la novela y, a diferencia de cualquier persona normal, se embelesó ideando una sociedad tan socialista que hasta el paseo de sus integrantes estuviera regulado. Y, ni corta ni perezosa, la campechana y bondadosa abuelita del pueblo de Madrid ha decretado el sentido del paseo peatonal. Por Preciados sólo se sube, y por Carmen sólo se baja. Parece poco, pero seguro que ya sueña con generalizar y exportar esta experiencia piloto, que al principio aceptarán los ciudadanos a regañadientes pero con el tiempo tragarán, como tragan con todo lo que el Estado les manda.

Es fascinante la metamorfosis de la izquierda radical al alcanzar el poder. Antes, va de libertaria, transgresora y hippy. Después, es más de orden que los beefeaters de la Torre de Londres

Para la izquierda más radical y estatista no basta con peatonalizar las calles, qué va, eso es de moderados. Ahora lo más es reglamentar y dirigir el tráfico de bípedos por la Villa y Corte. ¿Nos pondrán matrícula? ¿Intermitentes? ¿Chip con GPS? Multas, seguro. Pero la medida deja muchas incertidumbres. Por ejemplo, no se regula la velocidad y eso es un peligro porque hay gente que va más deprisa de la cuenta y arrolla a las viejecitas (menos a Carmena, que irá en patinete oficial o algo). Tampoco indica el bando si los adelantamientos se harán por la derecha o por la izquierda, aunque esta es fácil: se desprende del color del equipo de gobierno que será por la izquierda, ¿no?

Me parece fascinante la metamorfosis de la izquierda radical antes y después de alcanzar el poder. Sin poder, va de libertaria, transgresora y hippy. Con poder, es más de orden que los beefeaters de la Torre de Londres. Sin poder, acampa en Sol saltándose las normas municipales que toque. Con poder, vamos todos más derechos que una vela hasta para caminar. Sin poder, ropa alternativa y reivindicativa. Con poder, uniforme maoísta o norcoreano. Sin poder, arte rebelde y contracultura. Con poder, arte ejemplarizante y culto al sistema y a sus líderes. Sin poder, sensibilidad a flor de piel respecto al menor abuso del poder existente. Con poder, palidece el poder anterior ante el nivel de arbitrariedad e injerencia que termina habiendo. Sin poder, la izquierda transformadora nos habla de Libertad. Cuando lo conquista, nos transforma en una colmena.

“¡Viva el munícipe por antonomasia!”, gritan en la película Amanece que no es poco al alcalde de aquel pueblo imposible. Corto se queda ese homenaje para doña Manuela Carmena, la alcaldesa que hizo realidad Nosotros en el Madrid del siglo XXI. Con un par, sí señora.


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