La tribuna de Juan Pina

Brutos y brujos

El Estado nació cuando, en las primeras sociedades humanas, se aliaron dos de sus arquetipos básicos: el bruto y el brujo. El primero era un ser simple, rudo y carente de empatía, que en lugar de inventar y producir —en lugar de ganarse el sustento mediante el intercambio voluntario en la comunidad—, empleaba la violencia y la crueldad para imponerse a los demás, atemorizándoles para robarles y aprovecharse de ellos. El segundo, mucho más sofisticado y astuto, era un manipulador que compensaba su debilidad física alentando en los demás el temor a lo desconocido para convertirse en el intermediario imprescindible con los dioses malvados que él mismo creaba. Ambos arquetipos eran minoritarios pero poderosos. Ambos despreciaban a la mayoría, al tercer arquetipo, al pensador-productor pacífico, a las personas normales que cooperaban espontáneamente y que comenzaban a innovar y a especializarse, generando una creciente prosperidad, pero a quienes ambos percibían como una granja humana que podían explotar a voluntad. Ambos recelaban mutuamente o incluso se odiaban, y sin duda siguieron haciéndolo mucho tiempo después de comprender que se complementaban hasta necesitarse, y que juntos eran imbatibles a la hora de someter al resto y parasitar su esfuerzo.

Hemos viajado de las cavernas a la luna, pero en organización social sólo ha cambiado lo superficial. El Estado sigue siendo la unión del forzudo y el hechicero

El luchador se transformó en el brazo armado que el hechicero requería para sobrevivir e imponerse, y éste se convirtió en el legislador que aquél necesitaba para conferir un marchamo de oficialidad a sus actos inicuos, reduciendo así la resistencia de los demás, convertidos ya en súbditos. Esta alianza, con los lógicos altibajos y tensiones, ha funcionado eficientemente hasta hoy, adaptándose con gran versatilidad a cada periodo. Si el poder del místico emanó durante milenios de la supuesta gracia divina, hoy la obtiene de las urnas donde, también supuestamente, la gente escoge. Si el poder del luchador estaba sancionado por las leyes que dictaba el intérprete de los dioses, y se ejercía en cumplimiento de su voluntad incuestionable, hoy está legitimado por el intérprete de las urnas y ejerce el monopolio de la fuerza por mandato constitucional. Han pasado milenios y hemos viajado desde las cavernas hasta la luna, pero en materia de organización social sólo ha cambiado lo superficial. El Estado sigue siendo la unión del forzudo y el chamán, del tosco grandullón y el sutil embaucador. No es sorprendente que los falangistas, que se cuentan entre los peores estatistas de la Historia, tuvieran por hombre ideal a uno que fuera mitad monje y mitad soldado. Sólo era la enésima encarnación del mito del caballero cristiano, un mito presente también en las demás culturas religiosas de todo el mundo, porque simplemente expresa la alianza de aquellos dos arquetipos básicos en un pasado remoto.

Ambos, bruto y brujo, saben que la razón, en caso de generalizarse, irá erosionando los pilares místicos sobre los que han construido su edificio jurídico y político, hasta provocar su derrumbe. Saben que la razón es incompatible con la práctica de subordinar la realidad perceptible a supuestas realidades superiores, incognoscibles o inmanejables por el mortal de a pie, para hacer necesario al brujo. Y saben también que la razón cuestiona la fuerza arbitraria del bruto, fuerza que a la postre les mantiene a ambos en el poder. Por lo tanto, la razón —y con ella el conocimiento— es un grave peligro para ambos. Temen su generalización entre los súbditos, porque saben que con ella vendrá un progreso científico y tecnológico que terminará por desbordar su capacidad de control. Como mínimo intentarán dosificar esa evolución para mantenerse siempre un paso por delante. Y están en lo cierto: a mayor imperio de la razón, más dinámico y espontáneo es el orden de la sociedad, de la cultura y de la economía, y menos base hay para que persista el Estado, o al menos uno omnipotente como el que brutos y brujos anhelan regentar.

Podemos evadirnos de la realidad cuanto deseemos. Pero de lo que no podemos evadirnos jamás es de las consecuencias de esa evasión

“La razón es una facultad que hemos de ejercer por elección —nos enseñó Ayn Rand—. Pensar no es una función automática: somos libres de pensar o de evadir ese esfuerzo”. Pero, claró está, a estas alturas de la Historia ya sabemos bien lo que sucede cuando el grueso de la población se evade del esfuerzo de razonar. Ese error, alentado de mil maneras por sus beneficiarios, conduce al fortalecimiento de los que se arrogan la potestad de pensar y decidir por nosotros, el brujo y el bruto. La ejercerán, por supuesto, para beneficio suyo, no nuestro, por alambicado y complejo que sea el edificio jurídico del que se doten, mera cortina de humo en cualquier caso. Fue también Ayn Rand quien nos advirtió de una realidad incómoda: podemos evadirnos de la realidad cuanto deseemos… pero de lo que no podemos evadirnos jamás es de las consecuencias de esa evasión. Hoy, cuando saltan a la vista las consecuencias de haber delegado esa facultad en los gobernantes, la única esperanza reside en atrevernos a ser racionales, es decir, a ser humanos. Apenas bastaría que las sociedades desarrolladas escucharán un poco más las enseñanzas de esta filósofa imprescindible para que el tándem infame del energúmeno y el mago fuera quedando atrás. Para que la insoportable proliferación del Estado se detuviera y comenzara a remitir. Para que el individuo recuperara la libertad y la propiedad que un día le arrebataron los peores humanos, los miembros más abyectos de su propia tribu.


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