La tribuna de Juan Pina

Blockchain nos hará libres

El alto nivel de litigiosidad que se da en los Estados Unidos contrasta con el dinamismo de su economía y, sobre todo, de la digital. Curiosamente, uno de los factores que están contribuyendo a su incremento es la batalla legal entre las administraciones públicas —sobre todo la municipal— y las plataformas de economía colaborativa. Pero, a diferencia de Europa, la mayoría de las demandas son interpuestas por las empresas y no por los ayuntamientos, que son quienes deben defenderse por haber vulnerado la libertad de emprender y otros derechos. Más aún, en muchos casos son los propios usuarios quienes ejercen acciones legales por las multas abusivas y de nuevo cuño que algunos municipios están empleando para asustar a la gente. Los munícipes intentan así impedir a los ciudadanos algo tan lícito y natural como es llevar a una persona en su coche o alojarla en su casa, y cobrar lo que las partes libremente acuerden, sin injerencia ni mordida del Estado.

La soberbia municipal ha llegado al extremo de inmovilizar vehículos, con el consiguiente perjuicio a sus propietarios

El caso de Austin, la capital de Texas, es paradigmático. Aparte de aplicar todo tipo de sanciones, la soberbia municipal ha llegado al extremo de inmovilizar vehículos, con el consiguiente perjuicio a sus propietarios y con las correspondientes demandas de los afectados. ¿Por qué han llegado las cosas más lejos en Austin que en Nueva York o San Francisco, donde los ayuntamientos también actuaron con gran dureza frente a Uber o Lyft? Pues por un desarrollo muy interesante. Un conductor de Uber, Christopher David, harto del intervencionismo municipal y perjudicado por la prohibición de la plataforma, dio con la clave para inclinar definitivamente la balanza a favor de la libertad económica y en contra del estatismo. Y esa clave es la tecnología blockchain. Programando en Ethereum, David y sus socios lanzaron hace unos meses Arcade City, la primera alternativa a Uber y a las demás empresas de economía colaborativa que aprovecha las ventajas de la red distribuida.

El principio es el mismo de cosas aparentemente tan distintas como una moneda, por ejemplo Bitcoin, o un sistema para compartir archivos anónimamente, como Torrent. Y es realmente revolucionario. No hay una empresa a la que regular, fiscalizar, multar o prohibir: los usuarios son la empresa. Por lo tanto, tampoco hay directivos a los que asustar o comprar. Y no hay servidores concretos que los matones uniformados del Estado puedan confiscar, hackear o destruir a martillazos: la información reside, circula y actúa a través de millones de servidores, que son todos nuestros ordenadores. Como no hay centro de poder, no puede venir un poder más alto a imponerle sus designios. Como todo es código abierto y todo está a la vista, nadie puede manipularlo interesadamente. Como todos somos sus custodios y lo somos anónimamente, el Estado no puede hacernos nada. Sólo podría impedirlo apagando Internet y devolviéndonos a todos a 1990. Y… ¿verdad que eso no se lo vamos a consentir?

Sin saberlo, muchos jóvenes estaban desarrollando un capitalismo más auténtico mientras colocaban el mayor palo de todos los tiempos en la rueda del Estado

Las cosas en Internet pasan deprisa. Hace apenas unos pocos años que empezó a desarrollarse la economía colaborativa (sharing economy), en parte como respuesta a la crisis que vive desde 2007 la economía convencional —la de mucha deuda, mucha burbuja ficticia y gran control estatal—. Paradójicamente, muchos jóvenes indignados que gritaban contra el capitalismo en las plazas ocupadas de medio mundo, estaban desarrollando al mismo tiempo sistemas de organización espontánea de la economía y, en realidad, de todo, mediante blockchain. Sin saberlo, estaban desarrollando un capitalismo más auténtico mientras colocaban el mayor palo de todos los tiempos en la rueda del Estado.

En ese contexto, algunos emprendedores vieron la oportunidad de lanzar plataformas de interacción social donde la gente pudiera ofrecer y encontrar alojamiento, trayectos urbanos, transporte a otras ciudades e infinidad de otros servicios. La ira estatal no se hizo esperar, ante la merma que esto supone a su exacción fiscal y ante el cabreo de los señoritos provistos de la arcaica licencia oficial, convertida de pronto en papel mojado. Una licencia que les permitía, en realidad, algo injusto: operar en oligopolio unos determinados servicios disfrutando de fuertes barreras de entrada a sus competidores. Enseguida se llenaron los periódicos de alertas sobre los males de proporciones bíblicas que habrían de caer sobre todos nosotros si cualquiera podía ser taxista, hotelero o transportista interurbano. Y sin embargo, pese a que el modelo de negocio de estas plataformas aún nos resulta novedoso —y superior, desde luego, a la economía pseudoprivada, sometida a la rígida normativa y planificación estatales—, sólo ha sido el principio de un cambio mucho más profundo.

En unos años, gran parte de los sistemas centralizados que aún empleamos, sean estatales o privados, se habrán ido sustituyendo por sus equivalentes en blockchain. Esto reemplazará, por poner algunos ejemplos, las actuales redes sociales centralizadas, las plataformas de consumo compartido e intercambio de servicios que aún luchan en los tribunales contra los alcaldes, las aplicaciones en red, el espacio de almacenamiento digital, los juegos interactivos, la financiación entre particulares, los fondos de inversión, los mercados de acciones y futuros, los sistemas de comunicaciones síncronas y asíncronas, el intercambio de excedente energético y hasta la fe pública de los actos jurídicos —esto último ya funciona por ejemplo en Estonia—. Y, por supuesto, la moneda, lo que nos permitirá recuperar la institución básica de la economía, la institución dinero, que el Estado nos había sustraído.

No es exagerado afirmar que

blockchain es a Internet lo que Internet fue al mundo offline

El cambio de paradigma es inmenso y apenas podemos vislumbrar su alcance. No es exagerado afirmar que blockchain es a Internet lo que Internet fue al mundo offline. Su capacidad de empoderamiento de cada individuo humano carece de precedentes en toda la historia de nuestra especie. Es extrema —y divertida— la preocupación de aquellos pocos políticos conservadores y socialistas que comprenden realmente todo esto, como los concejales demócratas y republicanos de Nueva York, que se unieron contra Uber. La sensación de impotencia que tienen los estatistas ante la muerte anunciada del control social resulta maravillosa para quienes creemos en el ser humano, en su acción racional y en la Libertad.


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