La tribuna de Juan Pina

Basta de ingeniería social

Afirma un popular chascarrillo que, allí donde nos juntamos unos pocos españoles a charlar, surge de inmediato un experto en cada tema que se trate, así como un presidente del gobierno, un seleccionador de fútbol, etcétera. Los intervinientes suelen tener más atrevimiento que conocimiento, y siempre hacen gala del desparpajo que nos caracteriza a los latinos a la hora de señalar cómo deben hacerse las cosas, afectando sin miramientos a los demás. “Esto lo arreglaba yo en cero coma…”, dirá más de uno, genuinamente sorprendido de que su solución, tan evidente para él, se resista a abrirse camino entre quienes toman nuestras decisiones. El simplismo y la generalización tienen mucho que ver con la audacia popular en la presentación de las más variadas ocurrencias. El análisis metódico de la información disponible, orientado a la presentación de propuestas rigurosas, suele descartarse por aburrido y poco efectista en la conversación de taberna. Es un tic cultural como otro cualquiera. Pero tenemos otro, asociado a este, que me resulta mucho más preocupante. Se trata de la nefasta manía de disponer de la libertad y de la propiedad ajenas a la hora de proponer cualquier solución a cualquier problema.

La propiedad, en países como el nuestro, es una mera caricatura indigna de su nombre, y mejor haríamos en referirnos a ella como mera posesión     

Es lamentable pero, además de un seleccionador de fútbol, late en muchos ciudadanos un ingeniero social. Este personaje, convencido siempre de su propia capacidad de organizar adecuadamente a los demás, se cree con derecho a diseñar —a veces hasta extremos de detalle alarmantes— cómo deben vivir y hasta cómo tendrían que pensar o sentir. Al ingeniero social no le duelen prendas a la hora de trazar todo tipo de planes ocurrentes que, de llevarse a cabo, implicarían tomar sin miramientos la propiedad de unos y emplearla para los fines de otros, o poner a la gente a actuar de una determinada manera. Los ingenieros sociales se pemiten proponer obligaciones y prohibiciones nuevas, porque, para ellos, todo problema se resuelve con una innovadora combinación de trabas y coerción. Esta mentalidad es el producto de siglos de abnegado sometimiento cultural a jerarquías sociales y místicas. Como todo viene de arriba, resulta evidente que si algo no funciona la culpa tiene que ser de quien, desde arriba, ha intervenido mal o ha hecho dejación de su supuesto deber de intervenir. Pocos comprender que, en realidad, casi todo lo que no funciona se debe precisamente al exceso, hoy ya delirante, de intervención y planificación —trabas y coerción— desde las alturas centralizadoras.

El ingeniero social percibe la sociedad, no como una red fecunda de innumerables interacciones entre personas y entre grupos voluntarios de éstas, en persecución cada uno de sus legítimos fines particulares, sino como un mero conjunto de recursos humanos y económicos que alguien debería “organizar” para beneficio del “interés general”. Este concepto es una entelequia que enmascara en realidad el interés particular de las élites extractivas —las auténticas beneficiarias de esa “organización” deliberada de la sociedad—. Parte el ingeniero social de una premisa errónea: que todo es de todos y que, por lo tanto, la élite política sobrelegitimada puede decidir sobre su uso. La propiedad, en países como el nuestro, es una mera caricatura indigna de su nombre, y mejor haríamos en referirnos a ella como mera posesión. Posesión temporalmente tolerada, pero sometida a mil condicionantes y susceptible, en cualquier caso, de ser arrebatada con la manida excusa del bien común.

El mercado es la vertiente económica de la sociedad. En una sociedad plagada de ingenieros sociales al acecho de nuestras libertades civiles y ansiosos de dibujar nuestra evolución cultural y de grabar sus mitos en nuestro neocórtex y en nuestro diccionario, ¿qué paradigma económico cabría esperar? Los liberticidas lo son en todos los campos. Quienes descreen del individuo libre y se aprestan a organizar la sociedad, perciben igualmente la economía como un laboratorio. El ministro de economía es, desde esa perspectiva, un cirujano que tiene ante sí un abdomen abierto y las manos metidas en él hasta el fondo. Pero se trata de una operación interminable, y cuanto más prolongada e invasiva, más se agrava el estado del paciente.

Hoy el reto de alcanzar una sociedad próspera pasa por desactivar el tic cultural que convierte a tantas personas en ingenieros sociales o en cirujanos de la economía

Hoy el reto de alcanzar una sociedad próspera pasa necesariamente por desactivar el tic cultural que convierte a tantas personas en ingenieros sociales o en cirujanos de la economía. Pasa por rehabilitar el beneficio particular como algo positivo, porque al perseguirlo por cauces honrados siempre termina favoreciendo tangencialmente al resto de la sociedad. Pasa por comprender de una vez que los problemas no se resuelven colocando en la cúspide política a un zar todopoderoso y santo que, sin corromperse, “acierte” con su tipo de planificación y de ingeniería; sino atomizando el poder y disolviéndolo en una sociedad realmente descentralizada, porque es de los millones de planes particulares de donde surge un orden espontáneo que siempre resulta superior a cualquier estructuración arbitraria de la sociedad y de la economía. Pasa, en definitiva, por volver a respetar el valor del individuo humano y por reconocerlo como un ser que existe por derecho propio para perseguir libremente su propia realización personal, y que es propietario de su vida y de sus decisiones, y que no puede ser cosificado para hacer de él un triste engranaje de un plan maestro colectivo. Pasa por dejar de adorar al Estado, hoy divinizado, y creer un poco más en cada uno de nosotros y en su libertad.


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