OPINIÓN

Adiós al Estado-nación

El rápido desarrollo de la tecnología y de la interconexión entre los individuos hacen cada vez más obsoleto el Estado-nación, heredado del nacionalismo romántico del siglo XIX. El modelo constitucional de Liechtenstein representa una alternativa interesante en materia territorial.

Adiós al Estado-nación.
Adiós al Estado-nación. Gtres

En términos históricos, el Estado-nación está muerto. Los filósofos, los politólogos y los economistas llevan muchas décadas descontando su desaparición, que no implica un final correlativo ni de las naciones ni, por desgracia, de los Estados. Lo que tiene cada día menos sentido es la idea arcaica, romántica y peligrosa de que una nación necesita un (solo) Estado y de que un Estado responde a la existencia y a la vigencia eterna e incuestionable de una (sola) nación. Esa idea ha llevado a infinidad de sociedades autopercibidas como naciones a reclamar un Estado exclusivo, y también ha llevado a los grupos culturales y lingüísticos mayoritarios, satisfechos por la tenencia de Estado propio, a forzar la homogeneización de sus poblaciones más distintas para evitar por todos los medios la pérdida de las zonas insuficientemente asimiladas. En ambos casos, estamos ante una deleznable ingeniería sociocultural a beneficio de unas u otras élites políticas, porque es mentira que el Estado sea una herramienta de la nación. Siempre es al revés: la nación es un concepto difuso y menor que se magnifica e instrumentaliza para justificar el Estado.

No es más legítima la reivindicación escocesa que la padana, aunque Escocia haya sido reino y tenga una lengua propia y la Padania sea un concepto reciente, eminentemente económico

De ser aún algo, una nación no es sino un grupo humano que comparte por el momento ciertos rasgos culturales, algunas tradiciones, el recuerdo de algún periodo histórico, y generalmente un idioma. Todo eso es evolutivo y la evolución social y cultural es hoy vertiginosa. Además, todo eso es líquido, son los Estados —actuales y potenciales— quienes por su interés procuran solidificarlo. Y por último, todo eso es secundario: ser de una nación determinada podría ser como pertenecer a una escuela filosófica, a un club de fútbol o a una peña cultural, es decir, podría ser algo solapable, vago, cambiante y transfronterizo, desconectado de la lógica de los Estados. En Europa hay “naciones” como los lapones, los tártaros o los romaníes que están dispersas por varios Estados. En los Balcanes hay bolsas de población de una “nación” que alcanzan un alto porcentaje, a veces mayoritario, en zonas de otros Estados nacionales. Si atendemos a los idiomas, el alemán está repartido en seis Estados, el francés en cinco, etcétera. 

A más Estados, menos Estado. A más Estados, menos puede cada uno esquilmar y reprimir a sus ciudadanos porque más próximo y evidente está otro Estado mejor, más libre

La unificación de Alemania y de Italia en el siglo XIX ejemplifica los delirios del Estado-nación, que, con el tiempo, desembocarían en el nacionalsocialismo y en el fascismo, respectivamente. Los ticineses éxplican con orgullo que se libraron de Garibaldi: décadas antes vieron venir el lobo nacionalista y pidieron el ingreso en Suiza. Muchos pensadores reivindican la superioridad de los microestados pre-unificación, menos lesivos de la libertad individual. El profesor Huerta de Soto habla de una Europa “de muchas Andorras” y a mi juicio tiene razón: A más Estados, menos Estado. A más Estados, menos puede cada uno esquilmar y reprimir a sus ciudadanos porque más próximo y evidente está otro Estado mejor, más libre.

Mal que les pese a algunos liberal-conservadores españoles, la gran mayoría de los pensadores de referencia en la tradición liberal clásica, austriaca y libertaria son muy críticos con la idea del Estado-nación y hablan como mínimo de un federalismo profundo, pero además reconocen la autodeterminación de las poblaciones, basada siempre en la coordinación de derechos de multitud de individuos, nunca en el supuesto derecho de una nación mítica en busca de Estado. Para nosotros no es más legítima la reivindicación escocesa que la padana, aunque Escocia haya sido reino y tenga una lengua propia y la Padania sea un concepto reciente, eminentemente económico. Es que la legitimidad la da la voluntad coordinada de una amplia mayoría de la población en un territorio determinado. Si eso existe, los argumentos históricos y etnoculturales son irrelevantes tanto para apoyar como para negar lo reclamado. Al final, de lo que estamos hablando es en realidad del derecho de asociación y desasociación política de las personas, derecho que hoy por hoy todavía no es reconocible de manera individual por obvios impedimentos técnicos y geográficos, pero sí es coordinable territorialmente. Cuando una parte relevante de la población de un territorio definido insta la secesión del mismo, sólo cabe, como señala Ludwig von Mises, dirimir la cuestión mediante referendo, referendo en el que no cabe discriminar étnica o lingüísticamente a parte de los residentes, ni tampoco extender la decisión a los demás territorios del Estado en cuestión. Salirse de una sociedad no puede depender de quien permanece en ella.

El futuro es más próximo a iniciativas como el seasteading y las ciudades libres que a la lógica del Estado-nación. Debemos ir hacia la competencia fiscal y política, no hacia la concentración

Sin embargo, sólo un Estado actual ha llegado a asumir esta realidad, trasladándola a su marco jurídico-constitucional: Liechtenstein. Es muy interesante la visión del pequeño principado centroeuropeo, que desde hace años impulsa un instituto de estudios sobre la autodeterminación en la Universidad de Princeton. El informe de Andreas Kohl sobre Liechtenstein nos expone este marco vanguardista de organización política, en el que los municipios podrían escindirse si así lo deseara su población.

El doble impulso de los actuales Estados a la homogeneización interna y a la concentración en estructuras continentales o mundiales constituye una resistencia de las élites políticas frente al mundo que viene: un mundo menos piramidal, menos jerarquizado, más atomizado y espontáneo; un mundo donde el viejo Estado-nación compacto ya no tiene sentido. Los individuos y sus agrupaciones voluntarias se interconectan de manera directa a través de fronteras, lenguas y culturas, sin que importen demasiado las afinidades “nacionales” de cada cual. Los Estados deben interferir en ese proceso lo mínimo posible, e idealmente nada. El futuro es más próximo a iniciativas como el seasteading y las ciudades libres que a la lógica del Estado-nación. Debemos ir hacia la competencia fiscal y política, no hacia la concentración. Más que negar la muerte del Estado-nación, opción inviable por el olor que desprende su cadáver, lo que necesitamos es un conjunto de estándares y procedimientos internacionales sensatos para conducir los procesos de unión y secesión de territorios: cuándo se puede, qué porcentaje lo insta, qué mayoría cualificada hace falta, cómo se reparten los costes e infraestructuras, qué subterritorios pueden negarse, etcétera. A veces es buena la humildad de aprender de los pequeños, y seguramente de Liechtenstein podamos extraer lecciones importantes.


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