La tribuna de José Rosiñol

Artur Mas y su (extraña) concepción de la democracia

Artur Mas no ceja en el empeño de internacionalizar ese esperpento político llamado el “prussés”. Esta vez aprovecha un medio de comunicación italiano –el Corriere della Sera– para expresar los argumentos de quien se cree proyectado ante y hacia la historia. De ellos hay dos que son relevantes, tanto por lo chocante como porque vislumbran la concepción esencialista y muy poco democrática de los que lideran este movimiento vertical en forma de proceso secesionista.

En democracia no se puede hacer lo que se quiera. Los alemanes lo tienen claro, los franceses lo tienen igualmente claro. ¿Cuándo España será un Estado a la altura de su entorno?

El primero de ellos es cuando nuestro ínclito president, demostrando esa superioridad moral de quien cree saberlo casi todo de antemano, nos regala la siguiente afirmación: “Tengo en mi cajón siempre una declaración unilateral de independencia”. La chulería de Mas es muy española, por mucho que le pese. Tenemos al primer representante del Estado ungido por sus aduladores como el “astuto” jactándose y amenazando con ejercer de delincuente, con llevar adelante un acto de sedición, pisoteando una de las máximas institucionales y uno de los mínimos éticos en cualquier democracia: la lealtad institucional. El señor Mas tiene la gran suerte de vivir en una de las democracias más garantistas del planeta (¿o quizás de las más acomplejadas?), pero, ¿qué pasaría si Mas fuese el presidente de algún land alemán?

Pues quizás tendría que enfrentarse a la Constitución alemana, en concreto al artículo 21.2 que dice así: “Los partidos que por sus fines o por el comportamiento de sus adherentes tiendan a desvirtuar o eliminar el régimen fundamental de libertad y democracia, o a poner en peligro la existencia de la República Federal de Alemania, son inconstitucionales. Sobre la constitucionalidad decidirá la Corte Constitucional Federal”. Como vemos, en democracia, no se puede hacer lo que se quiera. Los alemanes lo tienen claro, los franceses lo tienen igualmente claro. ¿Cuándo España será un Estado a la altura de su entorno? ¿Cuándo nos quitaremos ese complejo de inferioridad frente al nacionalismo? ¿Cuándo nos daremos cuenta de que el nacionalismo actual es tan dañino para la democracia como lo fue a principios del siglo XX?

Para argumentar lo dicho hasta aquí podría hacer referencia a ese núcleo irracional y perverso que con tanto ahínco –y costosísima propaganda- ocultan a la opinión pública, me refiero a esa relación taumatúrgica que hacen pasar por axiomática y basada (entre otros conceptos) en la hipótesis del relativismo lingüístico, aquél que afirma la inconmensurabilidad entre las lenguas, que pensamiento, cosmovisión y ser están predeterminados por la cultura, especialmente por la lengua. Y rizando el rizo, como el individuo y su propia ontología dependen de la lengua y la lengua es la nación, quien tiene y debe tener los derechos son las naciones, no los individuos, y por tanto el ciudadano soberano se convierte en súbdito de la imaginación, de la comunidad imaginada, de una comunidad colectivizada dónde la democracia solo es forma, nunca fondo, solo apariencia, y nunca esencia.

En Cataluña no solo nos estamos jugando la unión, estamos defendiendo la libertad

Pero fijémonos en cómo continuaba Mas con el argumento en la entrevista al rotativo italiano: “No quiero usarla (la DUI), no quiero llegar a este extremo… preferiría un proceso civil y democrático”. ¿Acaso la democracia es solo una opción? ¿Acaso solo es una excusa? ¿Acaso la “construcción nacionalista” está por encima de la democracia y el Estado de Derecho? Como vemos, en Cataluña no solo nos estamos jugando la unión, estamos defendiendo la libertad.


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