La tribuna de Jesús G. Maestro

No comprendo a mi gobierno

Personalmente, no comprendo a mi gobierno. No comprendo tampoco al presidente de mi gobierno. En estos momentos, no sé para qué sirven. Tras lo ocurrido el pasado 9 de noviembre en Cataluña, no sé qué sentido tienen a día de hoy ni su presencia ni su continuidad.

Y no lo comprendo porque considero, como consideran millones de personas en España, que lo que ha hecho y sigue haciendo carece de todo sentido en la Política y en la Realidad. No comprendo para qué sirven leyes, que, si son iguales para todos, parece que solo se imponen ejecutivamente a los más débiles de la sociedad. Hoy como ayer.

Yo no soy político, es decir, no tengo entre mis obligaciones profesionales la labor de administrar la libertad —la de organizar el poder— dentro de una sociedad estatal o Estado. Soy solamente un ciudadano de una sociedad estatal que no se siente, porque de hecho no lo está, defendida políticamente por su propio gobierno, resultado este de una elección democrática.

No necesito ser político, porque me basta ser ciudadano de hecho y de derecho para vivir en la convicción de que mi gobierno actual no protege mi país, no defiende sus intereses políticos

Pero no necesito ser político, porque me basta ser ciudadano de hecho y de derecho para vivir en la convicción de que mi gobierno actual no protege mi país, no defiende sus intereses políticos, y no da muestras de saber usar la Justicia tal como sus leyes disponen y tal como parecen exigir ante una realidad como la presente. A veces, tengo la impresión de que ni siquiera da muestras de esforzarse por intentarlo.

Es cierto que mi actual gobierno sigue mortecinamente la acción de gobiernos anteriores, que, sin haber leído —con seguridad— los escritos políticos de Spinoza, ignoran, tal vez, que «es malo lo que introduce la discordia en el Estado» (Ética, 4, XI, 1670). Pero hace mucho tiempo ya que los políticos no leen nada (y aún menos a pensadores como Spinoza). Ni los españoles ni los extranjeros. Es de ingenuos y acomplejados suponer que lo foráneo es mejor, como es de necios y de ignorantes suponer que solo lo propio o lo nativo es lo único bueno.

Muchos pensamos qué habría sido de España, y de nuestra actividad profesional y social en España, sin nacionalismos. Y sin políticos que desde los sucesivos gobiernos del Estado español hubieran alimentado estos nacionalismos. Nunca lo sabremos. Ya es tarde para esperanzas vanas. Las ilusiones son siempre un cebo de diseño.

Las masas llevan sin rebelarse casi ocho décadas. Pero las élites están completamente corrompidas. El país, dividido. Y el gobierno, en la anomia

Las próximas generaciones tendrán que asumir, desde su propia voluntad o contra ella, el hecho, que hay que dar por irreversible, a la vista de nuestro presente, de que nacerán y crecerán en un país cuyos gobernantes, durante décadas, han dejado de cuidar y proteger como sociedad organizada políticamente. No diré que Rajoy ha sido y es una prolongación de Zapatero, porque algo así es retórica fácil, preterición barata, ni que la Democracia ha sido, en muchísimos aspectos, una prolongación de la Dictadura de Franco, pero esta preterición es algo que cada día resulta más evidente para mucha gente.

En estos momentos España es un país impotente respecto a sí mismo. Hay un partido emergente, novedoso, pero no nuevo —su ideología es más vieja que Jesucristo  (nunca mejor dicho)—, al que según las últimas encuestas van a votar muchos millones de personas (al partido, no a Jesucristo). Es el resultado, el recremento en realidad, de cuatro décadas de irresponsabilidad social, de ignorancia política y de fracaso democrático. Las élites del franquismo, que hicieron la «transición» pro domo sua, hoy están poseídas por la necrosis. Esa minoría selecta, discípula y admiradora de Ortega, está corrupta. ¡Quién se lo dijera al maestro Ortega…! Las masas llevan sin rebelarse casi ocho décadas. Pero las élites están completamente corrompidas. El país, dividido. Y el gobierno, en la anomia.

Cuando un gobierno no es capaz de hacer cumplir las leyes, no es carnavalesco un referéndum ilegal, no, ni mucho menos: lo verdaderamente titiritero y volatinero es toda una sociedad política manifiestamente impotente. Como la nuestra.


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