La tribuna de Jesús G. Maestro

Excalibur, el animal divino

Gustavo Bueno me permitirá usar el título de su libro, El animal divino (1985), para hablar del difunto Excalibur, el perro de la enfermera contagiada de ébola que ha sido sacrificado por las autoridades sanitarias y judiciales para evitar la propagación de esta enfermedad.

Es difícil sobrevivir de espaldas a la razón, esa facultad humana que nos permite construir criterios cuyo fin es interpretar la realidad de forma compartida. Si cada uno razona a su manera, la comunicación es imposible, y el conocimiento, también

La muerte del animal ha eclipsado, para muchas personas, la preocupación por la muerte del resto de seres humanos afectados por el ébola. Es un punto de vista que, in extremis, sitúa la vida del ser humano por debajo de la vida de los animales, o, en todo caso, al mismo nivel, imponiendo así una isovalencia o igualdad entre animales y humanos. Con todo, se observa una tendencia a considerar que hay dos tipos de animales: por un lado, los perros, y, por otro, todos los demás. Se olvida, biológicamente, que el virus del ébola es también un ser vivo y animal.

De un modo u otro, esta tendencia a preservar la vida de los animales por encima de todo impulsa a muchas personas al enfrentamiento físico, al insulto e incluso a la violencia pública. Es preocupante, porque una sociedad en la que la razón animal está por encima de la razón humana, o a su misma altura, es una sociedad que corre varios peligros. Y que no desea razonar sobre sus riesgos.

Es difícil sobrevivir de espaldas a la razón, esa facultad humana que nos permite construir criterios cuyo fin es interpretar la realidad de forma compartida. Si cada uno razona a su manera, la comunicación es imposible, y el conocimiento, también. De hecho, ser irracional equivale a negar la experiencia de un mundo compartido. Si cada cual conduce su coche a su manera, la circulación es imposible. Solo los criterios racionales, compartidos ―normas de circulación, en suma―, nos hacen iguales ante hechos y realidades comunes para todos. Saber razonar es cada día más difícil en una sociedad que ha sustituido el conocimiento y la ciencia por la ideología y la opinión.

Para mucha gente Excalibur es, sin lugar a dudas, un mártir, un animal divino. No hay nada nuevo en tales creencias religiosas. Más que un progreso es un regreso

Pero si algo ha demostrado el difundo Excalibur es que, como sostiene Gustavo Bueno, los animales vivos, físicos, reales, son el origen de la religión. Los animales son adorables. Y de hecho se les adora. Se les cuida y rinde culto. Muchísimos seres humanos recogen diariamente con sus manos excrementos caninos con toda naturalidad. La creencia en un dios implica diversas formas de sacrificio personal. La vida emocional de innumerables personas depende de su relación psicológica con los animales. En diferentes lugares hay cementerios para animales, y la industria correspondiente hace su agosto al respecto. Algunas personas se sorprenden de que determinados pueblos hindúes consideren sagradas a las vacas. No hay sorpresas. Determinados pueblos europeos contemporáneos, entre otros muchos, consideran sagrados a los perros.

Javier Benegas escribía en este mismo periódico que “Excalibur es la consigna de una sociedad que camina a cuatro patas”.

Para mucha gente Excalibur es, sin lugar a dudas, un mártir, un animal divino. No hay nada nuevo en tales creencias religiosas. Más que un progreso es un regreso. Un regreso de largo alcance. Los animales fueron los primeros dioses de las religiones humanas. Pero esto fue en el paleolítico inferior, es decir, en el pleistoceno, hace un millón de años, por lo menos, cuando el homo habilis comenzaba a desarrollarse como tal, con un cerebro de unos 700 cm cúbicos, y decoraba con figuras animales las paredes de su vivienda, la caverna. El cerebro del homo sapiens alcanza, sin embargo, los 1.500 cm cúbicos. Sin embargo, los animales vuelven a ser los dioses del mundo contemporáneo. ¿Por qué?


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