La tribuna de Jesús Alfaro

El trilema de Rodrik y los griegos: mejor la bota alemana

«La entrada del caballo en Troya» de Giovanni Domenico Tiepolo - Wikimedia

Timeo danaos et dona ferentes o de cómo los políticos griegos engañan a sus ciudadanos apelando al nacionalismo

Las elecciones griegas han traído a la actualidad una idea de Dani Rodrik que se resume diciendo que no se puede tener globalización, democracia y soberanía nacional, todo al mismo tiempo. De las tres opciones, hay que elegir dos. En el caso de Europa, los griegos no pueden elegir seguir siendo soberanos, decidiendo democráticamente entre ellos sobre su presupuesto y, a la vez, integrarse en una Europa que tiene una moneda común. Tienen que optar por renunciar a su soberanía, renunciar a decidir autónomamente su política económica y presupuestaria, renunciar a la toma democrática de decisiones o renunciar a integrarse económicamente en un espacio superior.

Los mediterráneos, sin embargo, deben preferir renunciar a la soberanía económica en aras de conservar su capacidad de co-decidir – democracia – e integrarse en una región mayo

¿Cómo deberían resolver los griegos (o los españoles, o los italianos, o incluso los franceses) este trilema? Deberían hacer lo que más les convenga. Y lo que más les conviene no es lo mismo que a los daneses o a los británicos. Los británicos preferirán, seguramente, conservar su poder soberano y decidir autónomamente aunque sea a costa de menos integración económica con los restantes países de Europa. Probablemente, a los daneses les ocurre lo mismo. Los mediterráneos, sin embargo, deben preferir renunciar a la soberanía económica en aras de conservar su capacidad de co-decidir – democracia – e integrarse en una región mayor una vez que están convencidos de que esa región – la Unión Europea – es un club al que resulta deseable pertenecer por las ventajas en formas de economías de escala y de especialización.

¿Por qué? Porque lo que Rodrik no explica es que las sociedades nacionales – los griegos, los italianos o los españoles – no son individuos, sino grupos enormes con costes de agencia elevadísimos respecto de sus propios políticos. Los políticos tienen intereses propios contradictorios con el bienestar de sus ciudadanos (beneficios privados del control del presupuesto público y de los poderes del Estado) y, en consecuencia, harán todo lo posible para que los nacionales no escojan globalización y democracia sino democracia y soberanía. Porque son los políticos nacionales los que tienen más que perder si un país deja de ser soberano y las decisiones se toman en un nivel superior al nacional. No es raro que Rajoy hiciera todo lo que estuvo en su mano para evitar el rescate aunque haya habido quien ha sostenido, con buenos argumentos, que el rescate habría sido bueno para España. De Guindos, en la presentación del libro de John Müller afirmó lo contrario señalando que la autoestima de los españoles se habría visto gravemente dañada por un rescate. Estaba hablando pro domo sua. El político español no hubiera obtenido ningún beneficio del rescate (los efectos beneficiosos del rescate se verían tras haber perdido las elecciones) y es posible que los ciudadanos se hubieran visto muy beneficiados por una reducción sustancial de los costes de agencia respecto de sus políticos. Con las manos atadas por las condiciones impuestas en el rescate, los costes de vigilancia y castigo de los políticos por parte de los ciudadanos se reducen significativamente: nunca más clientelismo a mansalva; nunca más elevados niveles de corrupción; nunca más reparto de los cargos públicos entre los cercanos a los políticos y nunca más captura de los políticos por parte de los empresarios “amigos” de los políticos. Una vez que los políticos nacionales no pueden tomar las decisiones básicas de política presupuestaria y económica, todo eso desaparece de un plumazo si los poderes se transfieren a una organización política de “mayor calidad” como lo es, sin duda, la europea y, especialmente, la de los países del norte y del centro de Europa.  

Los políticos griegos – como los españoles y los italianos – han venido engañando a sus ciudadanos históricamente a través de la devaluación sistemática de sus monedas nacionales

Lo que los políticos griegos – especialmente los de Syriza – les han dicho a los electores es que se pueden tener las tres cosas. Que pueden volver a gastar, que pueden decidirlo ellos y que pueden seguir siendo parte del euro y de Europa. Los políticos griegos – como los españoles y los italianos – han venido engañando a sus ciudadanos históricamente a través de la devaluación sistemática de sus monedas nacionales. Cada vez que la imposibilidad de Rodrik se aproximaba (porque la globalización es un fenómeno más amplio que el de la integración en Europa), los políticos devaluaban la moneda y empezaban de nuevo. La integración económica en el euro sin embargo, privó a los políticos nacionales de su principal instrumento de engaño. Y, ahora, los nacionales españoles, italianos o griegos se ven enfrentados al trilema de Rodrik en toda su crudeza. 

A los griegos les interesa más, probablemente, renunciar a la soberanía y abrazar la participación democrática en una Europa integrada política y económicamente. A los griegos bastante más que a los italianos y mucho más que a los españoles. La razón es simple de explicar: Grecia no ha logrado nunca en toda su Historia construir un Estado capaz de cumplir las funciones de prestación de servicios públicos de manera imparcial – para sus ciudadanos – y mínimamente completa. Italia tampoco, al menos, en lo que se refiere al sur del país. España ha salido mejor parada gracias a que tuvimos una administración pública más o menos meritocrática antes de tener la democracia y los partidos políticos no pudieron repartir el presupuesto entre su clientela. Por tanto, una renuncia a la soberanía por parte de los griegos está más justificada – y no es antidemocrática como explica también Rodrik – que una renuncia a la soberanía por parte de los españoles y, mucho menos, por parte de los daneses o de los británicos que disponen de Estados nacionales de “calidad” quizá superior a la de la Unión Europea. 

Como los troyanos, los griegos deberían temer a sus políticos incluso cuando les ofrecen regalos: son regalos falsos aunque se envuelvan en salvas patrióticas y nacionalistas en lugar de bonitos caballos

Porque tan importante como la renuncia a la soberanía es examinar a favor de quién se transfieren los poderes soberanos. Y aquí, de nuevo, todo habla a favor de que es en el interés de los griegos renunciar a su soberanía en favor de la Unión Europea. Porque el nuevo ruler de los griegos no es un roving bandit ni el capo de una banda mafiosa que sólo pretende extraer el máximo posible de los individuos sojuzgados o sobre los que dispone del monopolio de la violencia. Es un ogro benevolente cuyos incentivos se encuentran, al menos parcialmente y de manera muy significativa, alineados con los intereses de los griegos. Es obvio que Alemania tiene incentivos para salvar sus bancos antes que a los griegos y para limitar la redistribución entre alemanes y griegos. Pero es obvio también que Alemania no tiene el poder absoluto en el seno del euro y, mucho menos, de la Unión Europea; que los procedimientos de decisión en el euro y en Europa – incluidas instituciones independientes como el Banco Central Europeo – permiten que los intereses específicos de los griegos se tengan en cuenta y que hay un interés común en que a todos los que forman parte del euro y de la Unión “les vaya bien” aunque sólo sea porque las libertades de circulación – mínimo de integración – trasladan en buena medida de unas zonas a otras el mayor o menor crecimiento y el mejor o peor funcionamiento de los servicios públicos y de las instituciones públicas. En una zona económica en la que los intercambios de cada uno de los países tienen lugar, principalmente, con otros de los países de la zona, no puede irle bien a nadie durante mucho tiempo sin que le vaya bien al resto.

Como los troyanos, los griegos deberían temer a sus políticos incluso cuando les ofrecen regalos: son regalos falsos aunque se envuelvan en salvas patrióticas y nacionalistas en lugar de bonitos caballos. Los españoles, especialmente los catalanes, lo saben bien. 


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