La tribuna de Jesús Alfaro

¿Cuál es el invento no tecnológico que más contribuyó al progreso de la Humanidad?

Hay un conjunto de inventos no tecnológicos que contribuyeron decisivamente al “gran enriquecimientoque supuso la Revolución Industrial. Hasta entonces y desde la aparición de la agricultura, apenas lo hubo. Lo específico del gran enriquecimiento es que fue económico, porque la Humanidad había venido enriqueciéndose en aspectos no económicos a gran velocidad. La pintura, la música, la arquitectura, la filosofía de las edades pretéritas nos parecen tan valiosas (si no más)  como las actuales de modo que podemos decir que nuestros antepasados no estaban atrapados en la trampa malthusiana en los ámbitos diferentes de la Economía.

Para explicar el “gran enriquecimiento” hay teorías para todos los gustos (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí) y no parece que la ausencia de mercados sea una buena explicación. Una aproximación prometedora al problema nos la proporciona la Biología: ¿Qué hay en la constitución humana que nos lleva a despreciar oportunidades de enriquecimiento, de “mejorar nuestra condición” (Adam Smith)?

Es de sobra conocido que la Evolución nos ha hecho aversos al riesgo porque, en un entorno peligroso, la producción del “siniestro” significa, a menudo, la muerte, de modo que los que no sean incluso paranoicamente aversos al riesgo tienen muchas probabilidades de morir antes de llegar a la edad adulta y, sin reproducirse, el gen que les hace propensos al riesgo acabará por desaparecer, proliferando, por el contrario, el de los aversos al riesgo.

Pero ser averso a los riesgos que pueden causarnos la muerte (dormir bajo un árbol que puede caernos encima esa noche, andar sobre un suelo cubierto de hojas que puede esconder serpientes, comer frutos o animales que huelen mal…) es una cosa y ser averso a los riesgos que pueden producir pérdidas económicas es otra. Y la Evolución no nos preparó genéticamente para que hiciéramos esa distinción. El miedo a la ruina económica impide a los humanos poner en marcha proyectos que tienen valor positivo pero cuyos resultados son inciertos y en los que pérdidas catastróficas no pueden descartarse. Un individuo racional debe emprenderlos. Una Sociedad en la que todos puedan poner en marcha proyectos y en la que las pérdidas de los proyectos que fracasan se distribuyen será una Sociedad crecientemente rica. 

Albert Hirschman cuenta en “Las pasiones y los intereses” que, a Montesquieu, la letra de cambio le parecía el invento más maravilloso de la Historia

Albert Hirschman cuenta en “Las pasiones y los intereses” que, a Montesquieu, la letra de cambio le parecía el invento más maravilloso de la Historia. ¿Por qué? Quizá porque permitió que los créditos circularan, lo que redujo notabilísimamente los costes de comerciar aumentando, correspondientemente, el volumen de los intercambios pero, más probablemente porque, desde que se inventó la letra, la riqueza se volvió mueble, “portable” y los judíos, que tenían que poder abandonar su residencia ante la primera amenaza de expropiación, podían llevarse consigo las letras, lo que no podían hacer si eran dueños de inmuebles. La capacidad de los señores de cualquier clase para expropiar a los que financiaban a los comerciantes y a los particulares se redujeron gracias a la letra. La aversión de los prestamistas a prestar ante el riesgo de no obtener la devolución de lo prestado disminuyó. Un prestamista judío no aceptaría un inmueble como garantía si había de temer que el señor de la ciudad le expropiase la propiedad o le impidiese hacerse con ella. 

Pero el crédito al consumo no contribuyó a hacer rica a la Humanidad. Fue el crédito a los proyectos empresariales el que lo hizo. Por eso, más importante que la letra de cambio es la tríada formada por la corporación, la responsabilidad limitada y el seguro. Y lo que tienen en común estas tres instituciones es, precisamente, que contribuyeron señeramente a reducir la aversión al riesgo de los individuos.

La generalización de la corporación permitió a cualquiera emprender; permitió a cualquiera participar en los proyectos arriesgados e innovadores

La corporación es un invento estrictamente europeo. En el siglo XIX se generaliza – cualquiera podía constituir una sociedad anónima – lo que permitió a cualquiera con una buena idea intentar convencer a sus congéneres para participar en el proyecto. Compárese esta situación con una en la que sólo con permiso del Señor podía alguien desarrollar una actividad económica que, además, debía poner en marcha jugándose todo su patrimonio el cual debía ser necesariamente insuficiente para abordar proyectos de gran envergadura. Sólo algunos reyes podían emprender proyectos “históricos”. La generalización de la corporación permitió a cualquiera emprender; permitió a cualquiera participar en los proyectos arriesgados e innovadores y permitió abordar grandes proyectos al unir, sin límite, las aportaciones individuales de miles o incluso centenares de miles de personas.

La contribución de la responsabilidad limitada de los accionistas por las deudas sociales, por el contrario, es menor. The Economist, la calificó, en 1926, como una innovación tan grandiosa que “al inventor anónimo de la institución deberíamos colocarlo en el Panteón de los inventores ilustres tales como Watt, Stephenson y otros pioneros de la Revolución Industrial”. Pero no merece tal posición en la Historia. Todos los financiadores obtenían el beneficio de la responsabilidad limitada (a su inversión) a través de vías diferentes. La simple calificación de la aportación como préstamo o como cuenta en participación era suficiente para que los acreedores del “proyecto” no pudieran atacar las fortunas personales de los inversores.

Lo que diferencia al que prestaba dinero a un comerciante para que éste lo invierta en un negocio y el accionista es que el primero está sólo a las duras, mientras que el segundo está también a las maduras

Con la aparición de la corporación, los inversores pasan de ser prestamistas a ser accionistas. El efecto es abrumador. Se reducen notabilísimamente los costes de identificar los proyectos en los que invertir; el número de inversores puede aumentar hasta el infinito porque las condiciones personales del inversor son irrelevantes y los incentivos para invertir se acrecientan. Porque lo que diferencia al que prestaba dinero a un comerciante para que éste lo invierta en un negocio y el accionista es que el primero está sólo a las duras (si el negocio salía mal y el comerciante quebraba, el prestamista no recibía su dinero) mientras que el segundo está también a las maduras (si el negocio salía muy bien, el accionista recibía una parte proporcional de los beneficios). Se comprende que los proyectos muy arriesgados no pudieran financiarse con préstamos y hubiera que esperar a la corporación para poder financiarlos.

¿Y el seguro? El seguro es el colmo de la sofisticación porque permite incrementar todavía más el nivel de riesgo de los proyectos emprendidos por las corporaciones al traspasar parte de ese riesgo al asegurador que no reclamará una parte de los beneficios (igual que un prestamista) pero que tampoco aportará fondos para el desarrollo del proyecto (a diferencia de un prestamista).

Las tres instituciones, pues, contribuyen, especializadamente, a que en una Sociedad en la que cualquiera puede acceder a ellas se movilice toda la riqueza (incluido, sobre todo, el capital humano) en la realización de proyectos que aumentan la riqueza de todos. Los mercados donde esos riesgos se compran y se venden hicieron el resto. 


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