La tribuna de Jesús Alfaro

La hepatitis C y el Estado Social

Hace unos días tuiteé lo siguiente: ¿Para cuándo poner a parir a las farmacéuticas por fijar precios tan desorbitados para los medicamentos que curan la hepatitis C?” Mi intención era ser irónico pero, ya se sabe, la ironía no funciona en twitter porque 140 caracteres lo impiden. Quería llamar la atención sobre el hecho de que las izquierdas que apoyan a los ciudadanos que exigen del Estado cualquier tipo de prestación no tardan cinco minutos en avasallar a las empresas que producen los bienes que los ciudadanos reclaman del Estado. Los países pobres iniciaron, hace años, una enorme campaña para reducir el precio de los antiretrovirales que mantenían a raya el SIDA. La India, que tenía la capacidad tecnológica para producirlos, empezó a infringir las patentes correspondientes apoyándose en una excepción de “interés público” incluida en su legislación nacional. Y los economistas más sensatos explicaban que las compañías farmacéuticas titulares de esas patentes podían estar de acuerdo en discriminar a los pacientes, cobrando muy poco – el coste de producción y algo más – a los enfermos de países pobres y cobrando mucho a los enfermos de los países ricos. Para poder segmentar así el mercado, lo único que exigirían las compañías farmacéuticas es que los medicamentos no se “reexportasen” desde los países pobres a los ricos.

La discriminación es una estrategia óptima: maximiza la oferta (hay medicamentos para todos) y maximiza los ingresos de las compañías farmacéuticas

La discriminación es una estrategia óptima: maximiza la oferta (hay medicamentos para todos) y maximiza los ingresos de las compañías farmacéuticas que cobran a cada cliente el máximo precio que está dispuesto a pagar y pueden recuperar así las enormes inversiones (más de mil millones de euros y la mayor parte fracasan) que exige el desarrollo de un medicamento gracias a la ampliación del mercado. El Derecho de la Competencia europeo prohíbe estas estrategias porque los que aplican sus normas consideran erróneamente que se fragmenta el mercado europeo y que, al discriminar, las empresas retienen todo o la mayor parte del “excedente del consumidor”. O sea, aunque la Sociedad esté mejor en su conjunto si se discrimina a los clientes en función de su disposición a pagar, la distribución de las ganancias no es la preferida por los legisladores.  La política de competencia europea es, en este punto, absurda. Si se permitiera a las empresas europeas cobrar a los nacionales de cada país un precio distinto en función de cuánto están dispuestos a pagar, las empresas nacionales venderían más fuera de su país, el mercado único sería una realidad más completa y todos estaríamos mejor. No se preocupen, que esta absurda política europea no se aplica a los medicamentos porque los precios nacionales los fija, en la mayor parte de los países, el Estado como “comprador único” y tras un proceso de negociación con la empresa.

Pero el caso de los antiretrovirales de la hepatitis C da para mucho más. El sector farmacéutico es el único, probablemente, donde está justificado que sigamos teniendo un sistema de patentes. Que estos antiretrovirales hayan salido al mercado es una prueba de que, sin los incentivos adecuados, no hay innovación y que, si queremos una Sociedad mejor, hay que hacer muy rico y famoso al que genera una innovación que mejora el bienestar social. Los igualitaristas nos llevan a la pobreza de la aldea. Pero no es sólo que el medicamento patentado – sobre el que es ejerce el “monopolio” – no existiría sin la patente, es que  las patentes no dan un monopolio sobre el-medicamento-que-cura-la-hepatitis-C, dan un monopolio sobre un medicamento que cura la hepatitis C.De hecho ya hay en el mercado varios antirretrovirales. Con el paso del tiempo, saldrán otros y los precios bajarán como ha ocurrido con los que controlan el SIDA. Si el Estado fija un precio que considera razonable pero inferior al óptimo desde el punto de vista de los incentivos, el riesgo es que otros fabricantes no entren en el mercado porque no haya ganancias que justifiquen invertir ahí. Los izquierdistas del sur de Europa pueden, sin embargo, reclamar que el Estado infrinja las patentes: que paguen los altos precios los ciudadanos ingleses o los norteamericanos cuyos gobiernos respetan la libertad de la empresa farmacéutica para fijar el precio que le venga en gana. 

Los medicamentos que curan la hepatitis C son un ejemplo brutal del sentido de la idea del Estado Social

Nuestro izquierdista evita así plantear con crudeza el problema moral: ¿debemos gastar varios miles de millones de euros en ¡curar! a los pacientes de hepatitis C? (lean esto y esto gracias @sefue) Creo que la respuesta es un incondicional sí con los debidos asesoramientos técnicos. Pero los políticos tienen que decir de dónde van a recortar para atender a este nuevo gasto que aumenta tan espectacularmente el bienestar social. Para eso están, para decidir qué hacer con recursos escasos, sin ocultar a los ciudadanos el coste de oportunidad de cada medida, es decir, que si hacemos algo, tenemos que dejar de hacer otra cosa porque los recursos no son infinitos.

Los medicamentos que curan la hepatitis C son un ejemplo brutal del sentido de la idea del Estado Social. El Estado Social que nos debemos permitir es el que nos protege frente a la catástrofe, frente a la ruina, frente a la muerte evitable, frente a la vida miserable. No el que nos protege frente a un resfriado, un resbalón o una dificultad que podamos superar por nosotros mismos; no el que nos garantiza el derecho a no esforzarnos para salir adelante; no el que nos protege de nuestros propios errores, indolencia o malas elecciones vitales;  no el que nos proporciona un salario aunque sea un puro coste social porque nuestro trabajo no mejore la vida de nadie; no el que nos paga por algo que nadie nos quiere comprar. Y, desde luego, no el que nos pone un AVE, una autopista, un aeropuerto y un “centro de interpretación de la naturaleza” a la puerta de casa y un empleado público encargado del “control de los contratos de supervisión técnica de microactuaciones de reparaciones” en cada pueblo de España. 


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